viernes, 30 de abril de 2021

Y llegó Paqui...

    Después de lo que pasó en la casa de esta señora, estábamos más que nunca decidimos a comprar una casa para nosotros. Nos enteramos de que en Barakaldo, no muy lejos de la casa anterior, se estaban construyendo unos bloques de edificios que podrían interesarnos, así que fuimos a enterarnos de los precios y las características y la verdad es que nos gustaron. Era una casa interior pero con sus tres habitaciones, y sobre todo era toda ella para nosotros, pero teníamos un problema: no había dinero para comprarla. Desde que llegamos a Bilbao hasta ese momento, habían pasado ya tres años, y aun así no fuimos capaces de ahorrar nada. Fue entonces cuando a Julio se le ocurrió pedirle a su hermano, Pepe, y me dijo que fuera al pueblo y se lo pidiera yo, y así lo hice. Él sabía que Pepe podría resolvernos la entrada, porque tenía dinero y sabíamos que le había prestado a varios familiares, así que esta era la única alternativa. Siempre he pensado que mi marido le tenía cierto miedo, o respeto a su hermano, y por eso me mandó a mí. En general creo que le costaba tener que pedirle nada a nadie, pero supongo que se vio en la tesitura de tener que hacerlo. Fui aposta a


l pueblo y le transmití lo que Julio me había dicho y lo cierto es que creo que no le gustó mucho la petición porque se puso nervioso o pensativo, pero finalmente, tars meditarlo, nos lo prestó con la condición de que le firmáramos un documento para que se lo devolviéramos. Así lo hicimos y nos lo dejó. Recuerdo que la casa valía cincuenta mil pesetas y que por aquellos entonces los bancos no daban dinero para las compras, o lo ahorrabas, o alguien te lo dejaba. Con el dinero compramos la que fue nuestra primera vivienda, una casa solo para nosotros. Durante varios años tuvimos que hacer un gran esfuerzo para poder devolverle todo, pero lo hicimos. Yo me puse a coser, que es lo que mejor es sabido hacer. Mi madre me compró una máquina y con ella hacía guantes, camisones, lo que me pidieran. Por otro lado, Julio trabajaba en todo lo que le salía e incluso se llevaba los restos de cobre de la línea para venderlos y sacar algunas pesetas más. Mi hermana me sugirió que alquiláramos una de las habitaciones a otras personas y así lo hicimos. En uno de los cuartos metimos a tres hombres que trabajaban en los hornos a turnos. Recuerdo que eran Andaluces y buena gente, pero extraños al fin y al cabo. 

    Meses antes, y como ya teníamos casa propia, se vino mi hermana Isabel y mi padre, y unos días después mi madre. Los necesitaba para ayudarme con el embarazo de Paqui. 

  
 
Me quedé embarazada de ella estando en esa casa, aunque exactamente nunca supe cuando. El caso es que ella se vino del pueblo porque yo estaba ya a punto de dar a luz.  Yo, que siempre tuve muy malos embarazos, necesitaba ayuda. Me sentaban muy mal porque devolvía todo lo que comía y me dolía todo. El embarazo de Paqui, además, fue especialmente raro y demasiado largo. Según mis cálculos estuve once meses embarazada, pero eso es imposible, así que probablemente debí perder a otro antes y de inmediato me quedaría embarazada de ella y por eso tuve once faltas. No obstante, esto me hizo pensar que todas las noches me iba a poner de parto. Era meterme en la cama y me ponía malísima, con mucho dolor. Apenas dormía y despertaba a mi marido a cada momento porque me desvelaba pensando que el parto era inminente, hasta que en una de esas fue de verdad.

    Los embarazos de antes se controlaban con comadronas. Eran enfermeras que iban por las casas y controlaban que todo fuera bien. El día que me puse de parto la llamaron para que fuera asistirme, y fue, pero consideró que, a pesar de que yo ya había roto aguas, aún no estaba para a parir, así que se fue a atender otra urgencia y me dejó allí. Sin embargo, sí que era urgente y la niña quería salir. Viendo que no iba a haber comadrona, mi hermana avisó a una vecina que en su pueblo fue partera, y entre ella y esta mujer ayudaron a nacer a la muchacha, le cortaron el cordón y todo salió bien, aunque podría haberse torcido. Mi hermana Isabel era muy dura, no se perdía un parto. No le asustaba la sangre ni nada, todo lo contrario que mis padres que durante todo el proceso no fueron capaces de salir de la cocina.

A los ocho días preparamos el bautizo, pero a la ceremonia apenas fueron mis padres y mi hermana, que fue la madrina, además de Pastor, que fue el padrino. Tras esto, regresaron todos al pueblo, y yo volví a quedarme sola en Bilbao con los dos niños. Isabel ya estaba de novia con Ernesto y no quería quedarse mucho tiempo tan lejos. 

    Lo cierto es que, a pesar de la falta de dinero y de estar solos allí, aquellos años fueron felices, aunque Barakaldo era una ciudad triste. Llovía a todas horas. Eran lluvias constantes que no daban un respiro. Los días solían ser oscuros, sobre todo en invierno, y como además no teníamos dinero, nuestro entretenimiento era jugar a las cartas delante de una estufa de leña donde pasábamos los ratos libres. Julio siempre me ganaba porque yo nunca supe jugar a los juegos de mesa. El castigo para el que perdiera era ir a por unos pasteles, castigo que siempre me tocaba a mí. Esa era a diversión que podíamos permitirnos. 

    En muchos de esos días, también venía a visitarnos Pastor, el amigo del que ya he hablado. Se llamaba Bonifacio, pero todo el mundo le llamaba por el apellido. Se hizo amigo de Julio en el primer trabajo que encontró en Bilbao y hasta el último día que estuvimos en el País Vasco fuimos como hermanos. Juntos trabajaban en una empresa como instaladores de cable de eléctrico, trabajo que no le gustaba y al que no estaba acostumbrado. Era un trabajo duro, físico y Julio no estaba preparado para ello. Por eso se le ponían las manos en carne viva con unos taladros que hacían en el hormigón para ir pasando los hilos con un escoplo y martillazos.  

Bonifacio tampoco era vasco, era como nosotros un emigrante que nació en Valladolid y, que cuando su madre enviudó, se trasladaron allí en busca de fortuna. Era común estos movimientos entre provincias porque en aquella zona había mucho trabajo y todos íbamos a parar allí. Lo recuerdo como un hombre muy alto y corpulento. Moreno, con el pelo rizado, pero sobre todo muy buena persona. Para nosotros fue como un hermano que nos ayudó a hacernos la vida más fácil allí.

jueves, 29 de abril de 2021

El primer susto

Poco antes de nacer Paqui, mi marido trabajaba en Valcobilco, una empresa de barcos en la que realizaba las instalaciones de motores y demás. No estuvo mucho tiempo, apenas unos meses y de ahí se cambió a Altos hornos. Allá donde le ofrecían más, allá que iba. Lo cierto es que ninguno de esos trabajos le gustaban y siempre estuvo mirando por periódicos ofertas de empleo más acordes a lo que él quería. Y lo encontró. Fue en una oficina donde se lleva el control administrativo de una fábrica de electricidad y el cambio, tanto en lo económico como en todo lo demás, fue notable. Pasó de 350 pesetas a 500 a la semana. Aparte de eso, yo cosía para una tienda y eso hizo que vendiéramos la casa que habíamos comprado poco tiempo antes y compramos otra más grande. Julio encontró un nuevo trabajo en una tienda de electrodomésticos y volvió a cambiarse. Ahí compramos el primer frigorífico que yo tuve. Yo tenía en ese momento 25 años y dos hijos: José Luis de tres años y Paqui recién nacido. La vida hacíamos en Barakaldo y él iba y venía a Bilbao en autobús. Recuerdo que todos los días iba a la plaza de los fueros a buscarle y nos íbamos a merendar por ahí. Los domingos solíamos irnos al monte o al cine. Eran buenos tiempos y todo iba bien. A la casa nueva vinieron a visitarnos mi suegra y mi cuñado. Pero lo cierto es que aquella casa nos cambió la vida para mal. Con todo el entusiasmo, Julio quiso poner un timbre musical con la mala fortuna que se pinchó en un dedo y fue a lavárselo a un bidón que debía estar contaminada. Fue raro, porque estaba vacunado de tétanos, pero lo cierto es que pasado unos días comenzó a amoratarse la mano. Fuimos al médico a decírselo, pero nos indicó que estando vacunado no debía haber problema. Lo cierto es que al día siguiente tenía la boca como encajada y una vecina nos alarmó y nos dijo que llamáramos rápidamente al médico, que no pintaba bien. Yo nunca pensé que aquello fuera a ser una enfermedad tan grave. Vino una ambulancia y enseguida le llevaron al hospital. De inmediato le operaron la mano para intentar zanjar la infección. La noticia tras la operación o pudo ser peor, el médico me dijo que lo que tenía era tétanos y que de esa enfermedad no se curaba nadie. Él me pidió que avisara a la familia porque no parecía que tuviera solución. La noticia me cayó como un jarro de agua fría, de estar todo bien, habíamos pasado a que todo pudiera acabarse. Asustada, llamé a mi hermana Isabel que inmediatamente cogieron un tren y vivieron a Bilbao a acompañarme. El final parecía inminente. De la operación salió prácticamente muerte. Tenía el pecho hinchado y muy mal aspecto. Estuve 25 días metido en el hospital sin salir. Sin visitas, sin luz, sin ruidos. Estaba lleno de dolores e inconsciente. Poco a poco fui asumiendo que se moría. Yo me senté al lado y esperé. Cada día le ponían más de 25 inyecciones diarias. Creo que experimentaron con él. En la boca le metieron unos trapos para que no se mordiera la lengua en los espasmos. Fue uno de los peores momentos de mi vida. Mis padres y mi hermana se hicieron cargo de mis hijos porque yo no salía de allí. Como estábamos esperando el fatal desenlace, no se movieron de allí. Pero lo cierto es que los días iban pasando y todo estaba igual, ni empeoraba ni mejoraba. Transcurrieron casi veinte días sin comer, ni moverse. Se alimentó de zumos de naranja que muy despacio absorbía. 

Un día me bajé a comer a la cafetería del hospital y me encontré con el médico. Le pregunté como veía


a mi marido, y me dijo que mal. Yo le dije que me parecía que le veía mejor y me dijo: no tenga esperanza, si no se muere de la enfermedad se muere de la cantidad de medicamentos que le pinchamos. Cada noche, me iba a la capilla a rezar y a pedir que se salvara. Y un día pasó. Me lo dijo una enfermera. Me dijo, no sé como ha sido, pero se va a salvar. Aquello fue un milagro, porque nadie daba un duro por él. Cuando le dieron el alta, lo cierto es que estaba muy débil. -Veía doble y no podía trabajar. Pasaban los días y no mejoraba. E esta segunda etapa, ya en casa, estuvimos más de un mes con mucha debilidad. Poco a poco nos íbamos desgastando y una vecina me recomendó a un médico y este mismo médico volvió a recomendarme que nos fuéramos al centro de nuevo, a Madrid, más concretamente a Alcalá. Así que con la casa recién comprada, la pusimos a la venta rápidamente, los cuatro muebles que teníamos nos lo llevamos en un camión y nos volvimos para Madrid a empezar de nuevo.


miércoles, 28 de abril de 2021

Regreso al centro


Nos volvimos a Alcalá de Henares montados en el mismo camión de mudanza. Cargados con las camas, los colchones y nosotros dos. Los niños se habían trasladado previamente a Alcalá y también, previamente, estuvimos tanteando donde nos íbamos a establecer. Valoramos la opción de irnos al pueblo con mis suegros, pero tampoco intuimos muchas facilidades en el retorno. Santa Cruz ni siquiera nos lo planteamos, ya no nos quedaba familia allí porque todos mis hermanos se habían ido a vivir a las afueras de Madrid. 

Hubo una partida de todos ellos que, hasta el momento trabajaban en el pueblo. Ocurrió cuando los jefes de Madrid decidieron agrupar oficinas y cerrar la de Santa Cruz. En ese momento mi padre ya estaba jubilado y fue mi hermano Julín el primero que, al ver que se quedaba sin trabajo, se puso a buscar a través del periódico nuevas opciones laborales, y las encontró en una empresa de aviones establecida en Getafe. En la página de empleo se indicaba que se necesitaban electricistas que revisaran motores. Como él era muy lanzado enseguida se presentó allí y, tras una prueba le aceptaron para trabajar. Además del cambio, irse a Getafe suponía cobrar más de lo que ganaba hasta el momento, y así, sin darle muchas vueltas hicieron las maletas y se fueron de Santa Cruz. El matrimonio, en ese momento solo tenían a mis dos sobrinas mayores, Rosi y Julita. 

    Previamente Joaquín, desde que se casó, se fue del pueblo a vivir a Colmenar primero y después a Chinchón. Por mi parte, yo ya llevaba unos meses viviendo en Bilbao y en el pueblo tan solo permanecían mi hermana Isabel y mis padres, porque Julín hablo por Eleazar y consiguió que también le dieran trabajo en Getafe, en la misma empresa que él.

En Getafe decidieron que, de momento, ambas familias debían comprar una casa juntos. Se trataba de una vivienda bastante grande con un patio común que dividía ambas casas y muchos dormitorios. Esto hacía que pasaran muchas horas juntos y el resultado no fue del todo bueno. Aunque entre hermanos no hubo nunca problemas, entre cuñadas parece ser que sí que hubo algún que otro roce, aunque lo cierto es que ambas mujeres se encargaron de cuidar a los hijos del otro, sobrinas, al fin y al cabo. Y tras algún que otro rifirrafe tomaron al fin la decisión de no continuar viviendo juntos. 

Mi hermano Eleazar siempre fue más cerrado de mente y más temeroso en general. Él sufría con el tema de revisar aviones, porque pensaba que quizá podría hacerlo mal y eso le generaba un cargo de conciencia que, al final, tras dos años en Getafe, hizo que ambos hermanos decidieran cambiarse de trabajo y fue entonces cuando se trasladaron a Roca, a Alcalá de henares, pero en esta ocasión cada uno decidió comprarse una casa propia.

En esos años que estuvieron en Getafe, cuando llegaban las fiestas, Isabel se iba con ellos a pasar la verbena, y en uno de esos viaje fue donde conoció a su futuro marido, Ernesto, que a su vez era amigo de Julín porque trabajaban en los aviones.

Ernesto vivía con su hermano, un excelente pintor de cuadros que para sobrevivir los vendía a cuatro duros por los bares y rastros de Madrid. Ernesto era andaluz, de un pequeño pueblo de Córdoba, y como muchos españoles de la época, se había trasladado al centro en busca de una vida mejor. Mi hermana en ese momento ya estaba cerca de los cuarenta, edad que se consideraba muy elevada para contraer matrimonio, pero lo cierto es que ambos se enamoraron y tras menos de dos años de noviazgo se casaron. En ese tiempo de noviazgo, Ernesto encontró trabajo en una tienda cerca de Cascorro y le ofrecieron, además, que Isabel fuera la portera de una finca cercana, y allí estuvieron viviendo alrededor de dos años En el pueblo solo quedaban mis padres, ya jubilados.


Ante la situación generada, Julín le sugirió a mis padres que no se quedaran solos en el pueblo y se trasladaran a Alcalá con ellos. Al fin y al cabo, cada uno estaba en un sitio, pero en Alcalá ya estaban dos de los hijos e Isabel muy cerca. Tras mucho meditarlo dejaron la casa del pueblo, que en realidad nunca fue suya, ya que fue una casa que les pagaba la compañía de la luz a la que me padre había prestado servicio la mayor parte de su vida. Supongo que con cierta tristeza, recogieron sus cosas y cerraron la casa que habían habitado en los últimos 30 años y se trasladaron a un pequeño apartamento en el centro de Alcalá, una casita muy pequeña y con un par de dormitorios, pero que para ellos suficiente. 

De repente estaban todos en Alcalá de Henares. 

Cuando nosotros nos vimos obligados a volver, no nos costó decidir que Alcalá era el destino optimo, al cobijo de la familia. Días antes del viaje, cogimos el tren para dejar a los niños aquí y visitamos varias casas donde poder instalarnos. En pocos días compramos un piso bajo con un patio muy grande que se estaba construyendo, pero que cuando llegamos aun no se había acabado terminado. Sin otra alternativa, metimos todo en un guardamuebles y nos fuimos toda la familia a vivir con mis padres a esa pequeña casa que habían alquilado. Recuerdo que el cuarto era pequeñísimo, pero ahí nos metimos los cuatro hasta que meses después se terminó la casa que habíamos comprado y pudimos instalarnos en la nueva casa.

El principal problema que tuvimos al llegar es que, aunque traíamos algunos ahorros de Bilbao, el dinero se estaba acabando y era necesario buscar un trabajo en Alcalá. Desde el primer día, mi marido salió a buscar por las oficinas y fábricas de la ciudad, pero el problema es que nadie nos conocía y además él venía aún enfermo. Visto que no tenía éxito, una mañana me arreglé y me fui a las oficinas de Roca a hablar con quien fuera. En aquel tiempo toda la ciudad funcionaba y vivía de la fábrica de Roca y, aunque mis hermanos ya habían salido de allí para trabajar en un taller eléctrico del centro, estaba segura de que yo podría persuadir a quien fuera para que le dieran trabajo.

Hice la entrevista por él y les conté la verdad. Les dije que nos habíamos trasladado por enfermedad y que él había estudiado una carrera, que era muy inteligente y bueno en temas contables. Sin más me dijeron que fuera por allí, que querian conocerle. En principio no pensaban que fuera a la oficina, sino a producción, pero cuando le hicieron revisión médica comprobaron que no era apto para trabajos físicos y le ubicaron en otro lado. A nivel oficina no había puestos libres en ese momento, pero finalmente le contrataron para el almacén. No era una gran cosa, pero en pocas semanas habíamos conseguido un trabajo e ingresos suficientes para sustentar a la familia. Mucho no le duro, eso si es cierto. Allí permaneció alrededor de 6 o 7 meses porque no le gustaba ese trabajo, no tenía turnos ni nada, era simplemente una oficina en el almacén, pero creo que sentía que el valía para más. Entre medias, por fin, nos dieron la casa de La ruta y con ello ganamos mucho espacio y comodidad. 

Mi hermana Isabel comprendió que si ya estábamos todos en Alcalá, ella también quería venirse a la ciudad, y de la misma manera que busqué trabajo para mi marido, lo busqué para mi cuñado. Nuevamente, con la misma táctica, me fui a hablar por un puesto que había visto que estaba libre en una ferretería de la calle Mayor. Era un almacén enorme donde hable por él y tras responder algunas preguntas decidieron contratarle.

Por unos meses, menos Joaquín, estábamos todos viviendo en esa ciudad que finalmente ha sido la mía.


martes, 27 de abril de 2021

Nuestra vida en Alcala


Nuestra primera casa, la que acabábamos de comprar, estaba en ese momento a las afueras de la ciudad. Lo que rodeaba al edificio era tan solo huertas y norias, y un poco más allá el Rio Henares. Comprar esa casa se debió  una serie de circunstancias, la primera es que ya habíamos escogido el colegio para los niños y caía relativamente cerca, y la segunda es que yo quería que la casa fuera nueva y esa era la que se estaba construyendo en ese momento. 

La casa disponía de una entrada muy pequeña y un patio enorme que daba a las huertas de alrededor. José Luis, el mayor de mis hijos tenía entonces cinco años y Paqui tan solo tres. La vida nos cambió totalmente de Bilbao a Alcalá. Como ya he contado, mi marido trabajaba en Roca y yo me busqué trabajo en Saldaña, unos almacenes de tejidos y confección, donde elaboraba arreglos de ropa, como coger bajos, mangas, ajustar hombreras, etc... aunque con el tiempo terminé haciendo la confección de las prendas de principio a fin. 

Este trabajo me gustó bastante porque se parecía mucho a lo que hacia en el pueblo. Lo encontré a través de un vecino que era guardia civil y tenía una hija que trabajaba en los almacenes. Fue ella la que me sugirió que me dedicara a lo que mejor sabía hacer. El trabajo lo elaboraba desde casa. Cada mañana, un muchacho me traía las prendas a casa con las notas cosidas con un alfiler, indicando lo que había que hacer y el tiempo del que disponía para ello. A pesar de que la tarea era grande, yo comenzaba mi jornada sobre las nueve de la mañana y terminaba al medio dia. 

Mientras tanto mi marido entraba a las cinco de la mañana y salía a las tres, y por las tardes se iba con mi hermano Eleazar a instalar la luz en Meco, o la iluminación de la catedral, todo lo que saliera a nivel electrico lo cogian para ganarse un sobresueldo. Alcala, poco a poco iba ganando vecinos, y creo que cuando llegamos nosotros, también llegaron mas habitantes de varios sitios de centro del país, así que había mucho trabajo en la ciudad.

Ocurrió también que en los primeros meses de vivir en Alcalá, volví a quedarme embarazada, pero a la par tuvimos que viajar  de nuevo a Bilbao a firmar las escrituras del piso que habíamos vendido, y aprovechamos para comprar papeles pintados para la nueva casa de Alcalá. Los niños se quedaron mientras en Alcalá con la abuela y en Madrid con Isabel. Realmente yo no sabía que estaba embaraza, me enteré cuando lo perdí. Regresamos a Alcalá y con la ilusión de empapelar la casa, me subí y baje de la escalera y trabajé demasiado y por el esfuerzo debí perder a la niña que estaba esperando. Fue justo al perderlo cuando me enteré que había estado encinta. No lo sabía porque siempre fui mi irregular en el periodo. En ocasiones se em retrasaba sin razón dos meses y a veces se adelantaba, lo que nunca me permitía saber si estaba o no. Mi hermana determinó, tras ver al pequeño feto, que se trataba de una niña. En aquel entonces no se prestaba demasiada a atención posterior, pase dos días de reposo y algún sangrado y regresé a mi vida habitual. Igualmente, al ser tan inesperado, lo cierto es que apenas me dio tiempo a asimilarlo. Dejé pasar el tiempo y poco a poco se volvió a la normalidad.


En ese casa vivimos momentos muy felices. Estábamos todos en Alcalá, y eso nos permitía volver a juntarnos todos los domingos a comer, normalmente en el patio de casa. Económicamente comenzamos también a prosperar, en aquel momento era relativamente fácil y, aparte de la casa, nos hicimos con un coche para poder salir de la ciudad. Compramos un Seat 1500  azul claro, siendo de los primeros que disponíamos coche en la familia, junto con Julín.

Al tener coche, descubrimos que alrededor de Alcalá había algunos lugares que nos gustaban para hacer pequeñas escapadas los domingos. Cada semana, cuando llegaba la primavera y hasta que llegaba el frio, nos ibamos a unas fincas que rodeaban el Rio Torote, un pequeño arroyo de agua clara y muchos peces y hacíamos picnic con la familia. Íbamos todos, Eleazar que no tenía coche pero si moto, llevaba a su mujer y a tres de sus hijos en la vespa, y Julín que si tenía coche, también iba con toda la familia a bañarse al río, y nosotros recogíamos a mis padres y con el coche cargado hasta arriba nos íbamos cada semana a un lugar diferente de los alrededores. A mi padre le gustaba mucho el campo, al igual que a mi y a mis hermanos.

Entre medias, mi marido vio en el periódico que se necesitaba personal de oficina en una nueva fábrica que se abría en Alcalá. Se trataba de una empresa catalana que se llamaba la Seda de Barcelona y para acceder era necesario hacer un examen para demostrar conocimientos. Julio siempre tuvo en mente prosperar y vio que ahí tenía una buena oportunidad. Ni corto ni perezas, se inscribió en la oferta de empleo y se preparó el examen de acceso. Algunas semanas después se presentó a la prueba de acceso en Madrid y consiguió el puesto, lo que nos hizo medrar y que en casa entrara mucho mas dinero. En esa empresa permaneció hasta el último de sus días. Yo dejé de coser y aprovechamos para matricular a los niños en los dos mejores colegios que había en Alcalá: Paqui a las Filipenses y José Luis a  Santo Tomás. 

lunes, 26 de abril de 2021

El abuelo


Cuando llevábamos un tiempo en Alcalá, mi marido vio en el periódico que se acababa de abrir una nueva fábrica. Se llamaba la Seda de Barcelona y buscaban personal para todas las áreas. De esta manera, escribió a la sede y le comentaron que el acceso era a través de una prueba tipo examen. Enseguida le llamaron para trabajar allí. Desde el principio llevaba un cometido en la oficina, el contacto con el extranjero. Sería el año 1967 cuando comenzó a trabajar. Enseguida comenzamos a prosperar, porque el sueldo se multiplicó y los problemas económicos se fueron esfumando. La casa la acabábamos de comprar. Nos costó 40.000 pesetas de las que casi pagamos todo con lo que traíamos de Bilbao. La compramos con ilusión, pero no tuvimos suerte con los vecinos de encima, a los que no les caímos en gracia. Cuando nos dieron la casa hicimos un porche por debajo del balcón de los vecinos y construimos en el patio una pequeña nave, pero al ganar más dinero, pensamos que quizá era buena idea comprar una casa más grande.


Por pura casualidad, a pocos metros comenzaron a edificar unos bloques cercanos. Lo vimos desde que empezaron con el vaciado de la cimentación. Comentando con los vecinos nos enteramos del precio y, aunque era bastante cara para los precios del momento, nos encaprichamos con la casa y finalmente nos decidimos a comprarla. Tardaron alrededor de 4 años en hacerlas y mientras tanto fuimos pagándola y cuando nos la entregaron prácticamente estaba todo pagado. 

En el tiempo que estuvimos en la casa baja, tuve dos abortos. El segundo apenas lo percibí, pero el primero sí. Me quedé embarazada sin más y sin apenas enterarme y por esta razón no me preocupé de mí misma. Hicimos la mudanza a la casa nueva y compramos papeles pintados para empapelar todo. Subí y bajé tantas veces a la escalera que debí hacer esfuerzos y comencé a sangrar. Fue entonces cuando acudí al médico y me indico que estaba embarazada y que debía guardar reposo. Así que me metí en la cama durante más de cinco meses. Al sexto mes me ingresaron en La Paz y básicamente lo que volvieron a hacer es mantenerme en reposo, pero en una ocasión, al ir al baño noté que estaba de parto. Llamé a los médicos, pero el niño venía de pie y no pudieron hacer nada para salvarlo. Realmente tras el parto hubiera podido vivir, pero al no estar posicionado se asfixió. Para nosotros fue un golpe muy duro, porque el niño estaba formado y hoy en día hubiera podido salvarse. Le vi y aun le tengo en la cabeza. Ahora tendría 57 años. Le bautizamos y después le dimos sepultura en la Almudena.

     Cuando nosotros nos trasladamos a la nueva casa, le dijimos a mis padres que se fueran a la casa que habíamos dejado nosotros, que estaba mucho más cerca y era más amplia que la que tenían alquilada cerca de la estación. Entre los dos decidimos que vivieran allí. Fue triste porque apenas pudieron disfrutarla un año, quizá menos y en ese momento me vuelvo a quedar embarazada otra vez, esta vez sí prosperó.

El embarazo de mi hija fue muy malo, como todos mis embarazos. Los dos mayores ya estaban bastante crecidos, José Luis tenía ya 13 años y Paqui 10. Eran dos niños muy buenos, obedientes, nunca regañaban entre ellos. Muchas mañanas yo les dejaba en el colegio y me iba con mi madre. A pesar de las molestias no tuve que hacer reposo, pero todo lo que comía me sentaba mal y terminaba vomitando. En los nueve meses que duró el embarazo nos trasladamos de una casa a otra y a su vez, mis padres a la nuestra que acabábamos de dejar. 

    El nacimiento de mi hija fue el más organizado y mejor de mis cuatro hijos. Apenas tuve problemas en la gestación y en todo momento estuve controlada por el médico. Por aquel entonces, en 1971, no existía hospital en Alcalá, así que todas las revisiones me las hacían en un hospital de Madrid. Cuando cumplió el plazo que teníamos calculado me fui al hospital donde me hacían las revisiones, pero estábamos en vísperas de Nochebuena y no me hicieron mucho caso. Me auscultaron, pero no les pareció que estuviera para nacer. así que nos dijeron que nos fuéramos a casa, pero mi marido, con acierto, pensó que no era correcto y que mucho mejor si nos íbamos a la Paz, que era mi hospital de referencia. Al llegar allí me auscultaron de nuevo y dieron en el clavo porque me dejaron ingresada y esa misma noche nació. Recuerdo que nació sobre las 11 de la noche y enseguida se la bajaron a neonatos. Era preciosa, con tres kilos y medio y muy muy bonita. Al fin había tenido un parto normal.

En realidad, parí yo sola, mi marido y el resto de la familia se enteraron al día siguiente al llegar. A pesar de que ya había muchos niños en la familia, la llegada de Rosa Ana fue especial para todos, en especial para mi hermana Isabel que se enamoró de la niña desde el primer momento. 

Se le puso de nombre Rosa Ana por dos razones: la primera fue porque la madrina fue mi sobrina Rosi, y tenía que llevar su nombre. Ene se momento se estaba emitiendo una novela en la que la protagonista se llamaba Ana Rosa, y mi sobrina me propuso ese nombre que a mí no terminaba de gustarme, pero dándole la vuelta si: Rosa Ana era perfecto. Así que se la bautizó con ese nombre y es la única de todos mis hijos que no lleva nombre de sus abuelos.

En ese momento todo era felicidad, teníamos dinero, casa nueva y una hija sana recién llegada al mundo, nunca imaginamos que apenas cuatro meses después la vida nos volvería a dar un duro golpe.

Mi padre falleció de repente. Él decía que siempre que "jaula nueva, pájaro muerto". El tiempo que vivió en Alcalá le gustaba irse a cazar pajarillos cerca de la estación. Mi padre se adaptó bien a la ciudad. Recuerdo que lo primero que hizo tras venirse de Santa Cruz fue ir a la oficina de la luz para presentarse y decirles que él pertenecía a la compañía de siempre. Así que muchas mañanas iba a visitarlos y terminó haciéndose amigo de los trabajadores que estaban haciendo lo que él hizo antes de jubilarse en el pueblo. Mi padre tenía un carácter muy tranquilo. Era bonachón y nunca se enfadaba con nadie. Iba a su aire, despistado, poco amigo de las broncas y muy fácil de tratar. Cuando falleció tenía 75 años, que para el momento era una edad normal para morir.

    Ocurrió una mañana de abril en la que él se levantó como todos los días y tras desayunar se fue a echar la quiniela a una tienda que estaba cerca de Reyes Católicos. Al volver sintió un mareo y se desmayó en la calle. Los vecinos le ayudaron a llegar a casa y yo enseguida llamé a mi marido para que trajera al médico. El doctor dictamino que era una angina de pecho, y que si no le repetía podría sobrevivir, pero si se repetía no se salvaría. Y se repitió en apenas 24 horas y su corazón no pudo soportarlo. Aquello nos hundió a todos en un pozo de tristeza. Acababa de nacer mi tercera hija, Rosa Ana y Paqui tenía alrededor de 10 años. Esa mañana, tras la primera angina de pecho, le dije a Paqui que fuera a ver como había pasado la noche el abuelo y a los pocos minutos regreso llorando y gritando que el abuelo se había muerto. Dejé a Rosa Ana con una vecina y salí corriendo a casa de mis padres.

Cuando llegué, corroboré que había muerto. Enseguida vinieron todos mis hermanos y preparamos la despedida. Tuvimos que retrasar el entierro para que Julín que estaba de viaje pudiera llegar y despedirse también de él. Mi madre compró una lápida en el cementerio de Alcalá y le enterramos allí. 

A partir de la muerte de mi padre, todo cambió. Mi madre inmediatamente se vino a vivir conmigo a casa. La única manera de entretenerla era con Rosa Ana que estaba recién nacida. Aun así, no fue capaz en ningún momento de superar la pena. Las noches las pasaba llorando y apenas descansaba. Decidió dejar de comer y lo único que la entretenía era tener a la niña en brazos. Pasaron unos meses y ella no remontaba. Un día, mi hermana me dijo que la veía muy delgada y triste, le contesté que apenas comía y que ya no sabía qué hacer. así que le ofreció irse con ella, que la casa era más fresca y había más calma, pero creo que Ernesto, le dijo que la habíamos echado y ella no debió sentarle bien.




domingo, 25 de abril de 2021

Rosa Ana


 Rosa Ana nació en la Paz. Fue un parto y sin complicaciones. Llevaba de parto desde un día antes, cuando empecé con los dolores. Lo cierto es que salvo los dos primeros, el resto de los embarazos nunca me hacían mucha gracia, pero al final siempre me acostumbraba y terminaba queriendo. En el hospital me quedé ingresada porque en teoría aun no tocaba nacer, pero yo notaba que si, asi que a las tres de la mañana llamé a las enfermeras y les dije que me atendieran que ya nacía y nació. Sobre las seis de la mañana di a luz. Era muy nerviosa y se rozaba los tobillos de darse uno con otro.

Estuve alrededor de cuatro días y a casa, a Alcalá. Ya vivíamos en la casa nueva.

Era monísima, como una muñeca, pero muy mala. Con muy mala leche y siempre tirando del pelo y de las faldas. De todos siempre fue la mas espabilada, y de hecho antes del año ya andaba. En muy poco tiempo también empezaron a salirle los dientes y como mi padre murió a los pocos meses de nacer, mi madre se centró en ella. Mi hermana, mientras tanto, siempre subía a ver a mi madre y la niña, que desde que nació tuvieron predilección por ella. Como yo estaba pendiente de los demás, la niña fue aprendiendo todo por parte de mi madre y de mi hermana. Comía muy mal, no le gustaba nada. He de decir que como en ese tiempo pasaron tantas cosas que apenas recuerdo los primeros años de vida de ella. Primero murió mi padre y poco después mi madre y eso no conseguí superarlo en mucho tiempo. Mientras tanto, Paqui que se llevaba diez años también se hizo cargo de los primeros años de vida de la niña. Después del parto de Rosa, además de las muerte de mis padres, también comencé a sufrir graves infecciones que me hacían permanecer en cama. Lo cierto es que ni física ni emocionalmente no estaba bien para cuidarla como debía. Lo hacía, le daba el pecho, hacia todo lo que podía, pero fueron buenos años. Por suerte nunca estuvo enferma, y a pesar de lo pizpireta, tampoco era guerrera. 

Quizá por eso, en muchas ocasiones, tenía que dejarla con mi hermana Isabel y su marido. A su vez, mi marido tenía fases de enfermedad en las que en muchas ocasiones teníamos que salir corriendo al hospital y los mayores aun eran demasiado pequeños para hacerse cargo, asi que cada vez se iba quedando más tiempo con ellos. Llegó un punto en el que incluso la cartilla del medico la solían tener ellos, porque cada vez pasaba mas tiempo allí.

Cuando empezó el colegio, seguía estando allí, cada vez más. Hasta el punto de que casi terminó viviendo allí, y quizá no fuera lo correcto pero a mi me aliviaba mucho trabajo el que se la llevaran. Eran tantas cosas las que teníamos encima que nos perdimos sus primeros años de vida. Trabajar, enfermedad, problemas...

Cada vez se acercaba más a ellos y un día nos dimos cuenta de que la niña tenía mas apego a ellos que a


nosotros. Además al no tener hijos le daban todos los caprichos y ella, como niña, se sintió mas cercana a ellos. Una tarde en la que fuimos a recogerla, vimos que con quien quería estar era con sus tíos y no con nosotros. Fue entonces cuando comprendimos que debíamos llevarla a casa y que se quedara en todo momento con nosotros. A los cuatro o cinco años dejó de quedarse con los tíos y se quedó definitivamente en casa. 

Fueron unos años muy duros.

José Luis, que se llevaba trece años con ella, cuando la niña tenia cinco o seis años se la llevaba a la calle con los amigos. A los tres años y medio empezó a ir al colegio. 

Simultáneamente en los primeros años de vida de la niña, nosotros ya teníamos la finca. Nuestra finca.

Todo pasó porque en aquel tiempo mi hermano Julin se fue a vivir a Madrid y todos los fines de semana venían a Alcalá y nosotros nos compramos un coche, un Seat 1500 que era el único coche que había en el barrio. Asi que todos los domingos nos íbamos al rio a comer, cada domingo a un sitio diferente y un domingo que se fueron ellos solos, terminaron en Pezuela y casi sin pensarlo hicieron trato con uno que le ofrecieron unas tierras. De repente teníamos un terreno donde ir a pasar los fines de semana. Lo que compraron tenia una pequeña construcción en ruinas que de poco a poco fue creciendo. Todo coincidió con los primeros años de Rosa Ana, que desde muy pequeña comenzó a ir. Todo el dinero que ganábamos fue a parar a la Finca, las pagas, los ahorros, todo fue a parar a la casa del campo.  Ernesto que era albañil fue levantando a trozos, primero un techado, luego un porche, después otro techado, una planta mas,  y asi, sin darnos cuenta construimos una casa.

sábado, 24 de abril de 2021

La Finca

Desde que se compró el terreno donde luego levantaríamos la casa, nosotros, con muchas ínfulas empezamos a llamarlo la finca. No sé si es el nombre más adecuado para nuestra propiedad, pero lo sea o no para nosotros siempre fue simplemente La finca y asi la seguimos llamando. 

Un día llegaron a casa mi marido y mi hermano y nos dijeron sin más a toda la familia: hemos comprado un terreno. ¿Cómo íbamos a imaginar entonces que aquel trozo de tierra se convertiría el proyecto de toda una vida? A la semana siguiente, para conocer la nueva propiedad, nos montamos todos en el coche y nos fuimos a verlo. Viajamos toda la familia: mi madre, los tres hijos, mi hermana Isabel y mi cuñado. Todos.

Recuerdo que al llegar, lo primero que vi fue un descampado seco y blanco, rodeado de unos montes verdes. El entorno era bonitos, pero el terreno feo y yermo. Una planicie seca a mitad de un monte al que se accedía por un camino desde la carretera. En medio de todo vi una construcción en ruinas. No era mas que un rectángulo de piedra. Unos muros desechos y derruidos de metro y medio  donde se adivinaban lo que debieron ser las puertas o ventanas. Los vendedores nos acompañaron a esta primera inspección y allí nos contaron que la ruina que estábamos comprando fue en el pasado una fábrica de yesos, abandonada desde mucho tiempo atrás y de la que apenas quedaban unas piedras encima de otras. Al seguir con el paseo vimos que junto a las ruinas existían aun un par de hornos, tambien prácticamente demolidos. Eran unas paredes redondeadas y ennegrecidas y con algo de profundidad. Alrededor y para recibir algo de sombra, tan solo existía un árbol, un almendro que ya era viejo cuando llegamos y que ha permanecido con nosotros hasta hace apenas un par de años, cuando la Filomena lo tiró al suelo.

Mi hermano Julin, muy ilusionado con la nueva adquisición, se puso a explicarnos todo lo que se podía hacer allí. Propuso limpiar de hierbas y maleza todo el terrenos y techar las ruinas. El fin no era otro que traer una sillas y unas mesas y tener un sitio fijo donde salir al campo los domingos y a pasar el día. En ningún momento se nos ocurrió levantar una casa aquí.

Y así lo hicimos. Con el afán de limpiar y acondicionar el solar comenzamos a venir todos los domingos. Mi cuñado Ernesto, que era maestro albañil, se ofreció a levantar parte de los muros hasta tener la altura correcta y, una vez llegada esta colocar unas vigas para techar. Esa parte fue la primera de todas, justo lo que hoy es la bodega de la casa. Nada más.

Para levantar eso pasamos al menos un par de años. Todo se hacía de manera artesanal. Ernesto levantaba lo que podía y José Luis le ayudaba junto con mi hermano. Mi marido nunca trabajó demasiado en la obra, no le gustaba demasiado las obras.

Según fuimos avanzando nos dimos cuenta de que la sutura casa necesitaba algo más, como por ejemplo electricidad para todo. Sin electricidad no teníamos luz, ni donde enchufar algo de maquinaria. El problema es que en kilómetros a la redonda no había postes ni líneas eléctricas.

Asi que, sin más, se fue a las oficinas de Madrid, donde había estado trabajando y donde tenía aun muchos contactos. Les hizo un plano y, por aquel entonces donde aún no existía tanta burocracia, enseguida le dijeron que sí. Que lo hiciera. Nos encontramos, no obstante, con infinidad de dificultades. Teníamos que traer la luz desde lo alto del monte de enfrente y cruzar por las tierras de varios propietarios, instalar columnas y traer cable.


Mi marido, que siempre se defendió bien en esos campos, preguntó en el catastro quienes eran los propietarios y resulto ser todo del mismo, el marqués de Barzanallana. Enseguida le recibieron en Madrid, en un palacio que no recuerdo donde estaba ubicado. Cierto es, que aquel señor, o sus herederos le recibieron y le dieron permiso sin problema para instalar los postes y cruzar sus tierras. En definitiva, hicimos una obra monumental, con kilómetros de cable para instalar dos bombillas y un enchufe. Objetivo conseguido. El siguiente problema al que nos enfrentamos fue conseguir agua. Al principio íbamos a un manantial que estaba en lo que ahora es la carretera de Pioz. Íbamos con bombonas y las traíamos en el coche para hacer el cemento, pero, obviamente, cada vez que había que hacer una pastera teníamos que ir a por agua y eso no era eficaz. Asi que enseguida se le ocurrió hacer un pozo. Mi hermano localizó a un pocero de Guadalajara y contrato la apertura de dos pozos, uno que aún nos da agua y otro que abandonamos. Ya teníamos agua tambien.

Lo cierto es que el pozo que aun funciona está muy bien pensado. Los vendedores, la familia Cuenca, nos dijo que lo hiciéramos donde finalmente se hizo, justo a la caída del arroyo. Que allí, en las tormentas, siempre se inundaba. Y haciéndole caso, dimos en el clavo. Nunca en todo este tiempo nos ha faltado agua en la finca.

El terreno se compró en abril del 1972 y en el 1975 ya teníamos todo eso construido. En esos años ya tuvimos que pedir un préstamo para todos estos avances. De entonces, a ahora, todo han sido gastos en esa casa.

Cuando terminamos de techar y con la pequeña obra hecha, se nos ocurrió que era una pena haber invertido tanto y no tener siquiera un par de dormitorios donde quedarse. Asi que, sobre el techo de la bodega, se levantó una segunda planta. Se construyó una pequeña escalera para acceder y de esta segunda planta se sacaron cuatro dormitorios, dos para mi familia y dos para la familia de mi hermano y abajo, en la parte antigua hicimos un salón, una cocina. Pero eso no duró demasiado.

No recuerdo bien en que momento fue, creo que debió ser alrededor de principios o mediados del 74 cuando mi hermano nos comentó, con acierto que al tener tanto terreno, era mejor que el, junto a su familia, se construyeran en parte del terreno otra casa. De esa manera, estaríamos juntos pero cada uno en una casa diferente. Asi pues, mientras se construyó la casa, seguíamos en la misma casa. Contrató una cuadrilla y en apenas un año, su casa estaba terminada. Nosotros nos quedamos con la casa original, arreglamos los pagaos correspondientes y cada uno en su casa.

Los inviernos en esta zona son muy fríos y mas en medio del campo, asi que como me quedé embarazada del cuarto hijo, apenas íbamos a la finca, pero mientras yo avanzaba en el embarazo, el pensó que deberíamos ganar un trozo más de monte, para poder dejar el coche cobijado, una especie de chamizo donde cobijarlo. Asi que contrató una maquina y un excavador y pidió que desmontaran un par de metros junto a la casa, dejando a los obreros solos en la finca. Cuando regresó a la semana siguiente, la excavadora había desmontado mas de 100 metros. De repente teníamos mucho más terreno. Pensamos que en vez de levantar un chamizo, mejor hacer un garaje con una terraza encima. Contratamos unos albañiles y el que nos hizo la obra nos convenció para levantar tambien una segunda planta y unir todo la vivienda original, y sin pensarlo demasiado dijimos que si. Nuevamente, casi sin darnos cuenta, teníamos mas casa, un salón grandísimo y dos habitaciones mas.

viernes, 23 de abril de 2021

La abuela


 Entre todas estas cosas, falleció mi madre. La abuela. Falleció apenas nueve meses después de que muriera mi padre, y eso hizo que volviera sumirme en una pena muy grande. Mi madre tenía un carácter especial, muy tranquila, pero con arranques, como todos.

Tras la muerte de mi padre, mi madre se vino a vivir con nosotros porque no queremos que se quedara sola en la suya. Asi que reorganizamos la casa y en una de las habitaciones pusimos una cama de matrimonio para que durmiera ella con Paqui, que tenía en ese momento 10 años nada más. En un dormitorio estaba José, en otro ellos y la niña, que aún era muy pequeña, en una cuna con nosotros. Ella no estaba bien y yo lo sabía. Creo que su bálsamo fue tener a Rosana en brazos. Le gustaba acunarla constatemente y en cuanto que la dejaba en la cuna, lloraba. No supo superar el duelo en ningún momento. Cuando mi marido se levantaba para ir a trabajar, siempre pasaba a saludar a mi madre. Muchos días me decía, levántate y ve con ella, que no para de llorar. Mi marido siempre quiso mucho a mis padres, a los dos, y se preocupaba. Algunas veces no íbamos a la finca, pensando que como le gustaba tanto el campo ahí mejoraría. Pero no fue asi, era tal la tristeza que tenía que no le apetecía nada. Aquellos 8 meses que sobrevivió a mi padre, en realidad no los vivos.

Cuando llegó agosto, vimos que no estaba mejorando, que seguía con la misma pena y cada vez peor. No se metía en conversaciones, no tenía ilusiones de ningún tipo. No conseguía entender porque su marido se había muerto antes que ella. Apenas dormía, mucho menos comer. Cualquier cosa que cocinara, apena lo probaba. No quería seguir. Fue perdiendo peso muy rápidamente. 

Uno de los días que íbamos a misa, Isabel, mi madre y yo, cuando salimos le dije a mi hermana que estaba muy preocupada por ella. Me pregunto qué tal estaba madre y le conté todo lo que estaba pasando, lo mal que comía. Asi que ella me propuso llevarla a su casa. Como a ella le daba todo igual, le dijo que sí. Mi cuñado Ernesto que nunca tuvo filtro le dijo entonces que yo le había echado de casa. Eso le sentó muy mal, y se enfadó conmigo. Hable con ella para explicarle que todo eso no era cierto, que lo único que estaba buscando el bien para ella, que por mi mejor estaría en casa conmigo, pero ya no quiso volver. Se quedó en casa de mi hermana hasta el final, menos unos días que se fue tambien con Julín a Madrid. Ellos se llevaban muy bien, probablemente, de los chicos el que más. Todos los domingos venía a visitarla a ver si se alegraba, asi que la invito el día de la madre a irse con él, pero apenas estuvo unos días. Se constipó y pidió volverse a Alcalá. Y ya de eso no se recuperó. Murió en casa de mi hermana el 18 de diciembre del mismo año que él, apenas unos meses de diferencia. Don Luis, el médico privado que teníamos en aquel entonces, me dijo que, aunque para los que nos quedamos sea duro, hay personas que deciden que no quieren seguir viviendo, y hay que respetarlo por difícil que sea. Ella decidió que, sin mi padre, no quería seguir aquí. Creo que eso es algo que se ha mantenido en la familia, porque varios de mis hermanos parece que han decidido cuando han querido marchar.

A veces pienso que la vida de mi madre fue bastante triste. Paso una guerra, hambre, se quedaron sin dinero, criaron hijos. Poco más. Sin demasiados sobresaltos. Aun creo que fue feliz. En casa siempre nos llevamos bien y eso le satisfacía. Su matrimonio fue bueno, se quisieron, nunca regañaron. Tuvieron una vida acorde a lo que tocaba vivir en ese momento. 


martes, 20 de abril de 2021

Casas y más casas

 Mi madre murió en el año 1972, cuando Rosana tenía apenas unos meses. Yo llegué a mi casa nueva de Alcalá pocos meses antes. La compramos porque estaba al lado de la otra. Vimos que estaban haciendo una obra grande y, lo cierto es que a mí nunca me gustó la casa en la que estábamos, sobre todo porque daba al campo, a unas huertas y a unas eras que no me gustaban. Siempre tuve miedo de que alguien atravesara las tapias del patio y se colaran en casa, asi que al ver la obra cercana nos acercamos a preguntar. Nos enseñaron los planos y el precio, 500.000 pesetas, y nos dijeron que apenas quedaban unidades, solo un primero y un quinto. Yo tenía claro que no quería casas bajas, era la razón por la que nos estábamos planteando cambiar de casi, asi que casi sin pensarlo nos lanzamos a por el quinto. En aquel momento teníamos ahorrado 80.000 pesetas y el resto nos propusieron financiarlo a letras. No lo pensamos mucho. Yo en aquel entonces cosía para una tienda de moda de la plaza y mi marido había consolidado su puesto en la Seda, con un sueldo muy por encima de la media de la media del momento. Ahora pienso que él ganaba entonces lo que muchos cobran ahora, 50 años después. Además, yo aportaba mi parte y entre los dos metíamos dinero suficiente para lanzamos a por ella. Es cierto que, poco tiempo después nos metimos tambien en la finca, al mismo tiempo que pagábamos la casa nueva y manteníamos cerrada la casa de la ruta tras la muerte de mis padres. A veces pienso que nos pasamos de ambición, pero mi marido, de eso, andaba sobrado. No tenía miedo alguno en meterse en inversiones. A veces pienso que, si no hubiera caído enfermo, tal vez hubiéramos terminado ricos, o más acomodados aun de lo que estábamos. Él quería medrar, invertir, comprar casas, crecer. No tenía miedo y siempre le salía bien, aunque tuviera que trabajar el doble. Por la mañana trabajaba en la Seda y por las tardes se iba a hacer instalaciones eléctricas con mi hermano Eleazar. Creo que lo hacía para tener más. Le gustaba comprar los mejores electrodomésticos que salían a la venta, mil cosas en las que yo no me metía demasiado. Lo cierto es que todo salió bien y gracias a eso en un momento dado tuvimos tres casas a la vez, la antigua, la nueva y la finca. A veces pienso que él quería demostrar a su familia que era capaz de crecer sin ayuda de nadie. Y asi fue.


A partir de ese año, nuestra vida se fundamentó en ir y venir a la finca y así seguimos hasta hoy. La finca no le gustaba mucho, mejor dicho, le gustaba venir, pero no le gustaba trabajar, pero al mismo tiempo quería construir una casa enrome y pistas de tenis, y naves para granjas. A él lo que le gustaba en realidad era hacer cosas. Con cada proyecto que se le ocurría teníamos que pedir un préstamo que luego pagábamos rápidamente. Préstamos para materiales, préstamos para ventanas, para puertas, para maquinaria, para pagar a los obreros. Todo el dinero que ganábamos y todas las pagas extras fueron a parar a la finca.

En aquellos años todos los hermanos nos juntábamos al menos un domingo al mes. Todos nos habíamos construido una casa en el campo, todos habíamos medrado asi que comenzamos a juntarnos cada vez en una casa. Pero no todo era campo y finca, tambien pasábamos los veranos entre la finca y la casa de Alicante.


Con Alicante siempre hemos tenido un vínculo especial porque al terminar la guerra mi suegro decidió comprar una casa allí. Se le ocurrió porque en la guerra, como él era militar le mandaron vigilar el canal de Isabel II. Allí pasó frio, humedad y malas condiciones y terminó enfermando de bronquios, enfermedad que se le complicó cuando ingresó en prisión tres meses por equivocación. Fue entonces cuando los médicos le dijeron, poco tiempo después de acabar la guerra que lo mejor es que se fueran a un sitio más cálido que la meseta y decidieron que Alicante era el lugar optimo. Compraron un terreno y mandaron construir una casa. Era un inmueble tipo casa de pueblo, de una sola planta, con un zaguán descomunalmente grande y cuatro habitaciones, dos de ellas tambien enormes. Al fondo mandaron hacer un gran patio. No recuerdo el tiempo que tardaron en hacer la casa, pero en el tiempo de construcción, casi al terminar, mi suegro falleció. Recuerdo que, en la casa de Quintanar, mi suegra mantenía una habitación repleta de baúles con sabanas, ropa y cachivaches para mudarse a Alicante que nunca salieron de allí. Algunos de estos baúles ahora están en la finca.

Nunca vivieron allí. La casa se quedó terminada pero no se trasladaron, primero por la muerte de mi suegro, después porque mi cuando se fue a la mili y cuando ella quiso darse cuenta, había pasado demasiado tiempo y ya no quiso irse del pueblo, por eso terminaron alquilándola. Aquella casa estuvo alquilada casi cuarenta años, hasta principios de los años 70 que finalmente se consiguió echar a los inquilinos. 


Mientras tanto, cuando nos casamos nos fuimos allí de luna de miel y mi marido y yo fuimos a verla. Nos presentamos en la puerta llamamos y la inquilina amablemente nos la enseñó. A mí me decepcionó mucho porque aquellas personas tenían la casa como una chatarrería, llena de trastos y de cosas, y muy deteriorada, nada que ver con después, cuando la familia por fin volvió aquella casa.

En los 70, al recuperar la casa nos fuimos con mi cuñada a darle una vuelta, compramos muebles, pintamos, se reformó el patio, se arregló en general toda la casa y empezamos a ir de vacaciones allí. Casi siempre nos íbamos 15 días a mitad de agosto y tengo muy buen recuerdo de aquellas vacaciones. En varias ocasiones venían unos días algunos de mis hermanos, o todos, como en una ocasión que nos juntamos todos en la casa, con colchones en el suelo y todas las habitaciones llenas. Ir a la playa en aquellos tiempos no era normal. El viaje duraba muchísimo porque no había carreteras rápidas, ibas de pueblo en pueblo, parando en cada uno para refrescarnos. Los coches en aquel momento no tenían aire acondicionado ni casi seguridad. En el coche nos montábamos toda la familia, maletas en la baca y tarteras y neveras para el camino. 

Alicante no era como es. La casa estaba justo donde acababa la ciudad, ahora está casi en el centro. A partir de ahí solo había campo. Las playas no estaban masificadas como ahora y podías poner la sombrilla donde quisieras. A mi marido le gustaba ir a playa de San Juan, a pocos kilómetros del centro. era una playa desierta y muy larga, sin edificaciones alrededor y aparcábamos en la tierra porque no había ni siquiera paseo marítimo. A él le gustaban más esas vacaciones que las de la finca, justo lo contrario que a mí, que siempre me gusto más el campo que la playa. Intentábamos mantener un equilibrio. Él decía que cuando se jubilase nos iríamos a Alicante, yo decía que a la finca.

Cuando viajábamos allí, siempre mejoraba de salud, le sentaba bien la temperatura y la humedad. Después, con el tiempo, a finales de los 90, aquella casa se vendió a una constructora y la demolieron para levantar una urbanización enorme de varios edificios. Ahora ya no queda nada, y nosotros, mucho tiempo despues de estos años, compramos otra casa en Alicante hasta hoy.


El día que nací yo

Nací en Santa Cruz de la Zarza, provincia de Toledo, el 26 de marzo de 1936 en el seno de una familia de clase media. Llegué al mundo al fin...