Después de lo que pasó en la casa de esta señora, estábamos más que nunca decidimos a comprar una casa para nosotros. Nos enteramos de que en Barakaldo, no muy lejos de la casa anterior, se estaban construyendo unos bloques de edificios que podrían interesarnos, así que fuimos a enterarnos de los precios y las características y la verdad es que nos gustaron. Era una casa interior pero con sus tres habitaciones, y sobre todo era toda ella para nosotros, pero teníamos un problema: no había dinero para comprarla. Desde que llegamos a Bilbao hasta ese momento, habían pasado ya tres años, y aun así no fuimos capaces de ahorrar nada. Fue entonces cuando a Julio se le ocurrió pedirle a su hermano, Pepe, y me dijo que fuera al pueblo y se lo pidiera yo, y así lo hice. Él sabía que Pepe podría resolvernos la entrada, porque tenía dinero y sabíamos que le había prestado a varios familiares, así que esta era la única alternativa. Siempre he pensado que mi marido le tenía cierto miedo, o respeto a su hermano, y por eso me mandó a mí. En general creo que le costaba tener que pedirle nada a nadie, pero supongo que se vio en la tesitura de tener que hacerlo. Fui aposta a
l pueblo y le transmití lo que Julio me había dicho y lo cierto es que creo que no le gustó mucho la petición porque se puso nervioso o pensativo, pero finalmente, tars meditarlo, nos lo prestó con la condición de que le firmáramos un documento para que se lo devolviéramos. Así lo hicimos y nos lo dejó. Recuerdo que la casa valía cincuenta mil pesetas y que por aquellos entonces los bancos no daban dinero para las compras, o lo ahorrabas, o alguien te lo dejaba. Con el dinero compramos la que fue nuestra primera vivienda, una casa solo para nosotros. Durante varios años tuvimos que hacer un gran esfuerzo para poder devolverle todo, pero lo hicimos. Yo me puse a coser, que es lo que mejor es sabido hacer. Mi madre me compró una máquina y con ella hacía guantes, camisones, lo que me pidieran. Por otro lado, Julio trabajaba en todo lo que le salía e incluso se llevaba los restos de cobre de la línea para venderlos y sacar algunas pesetas más. Mi hermana me sugirió que alquiláramos una de las habitaciones a otras personas y así lo hicimos. En uno de los cuartos metimos a tres hombres que trabajaban en los hornos a turnos. Recuerdo que eran Andaluces y buena gente, pero extraños al fin y al cabo.
Meses antes, y como ya teníamos casa propia, se vino mi hermana Isabel y mi padre, y unos días después mi madre. Los necesitaba para ayudarme con el embarazo de Paqui.
Me quedé embarazada de ella estando en esa casa, aunque exactamente nunca supe cuando. El caso es que ella se vino del pueblo porque yo estaba ya a punto de dar a luz. Yo, que siempre tuve muy malos embarazos, necesitaba ayuda. Me sentaban muy mal porque devolvía todo lo que comía y me dolía todo. El embarazo de Paqui, además, fue especialmente raro y demasiado largo. Según mis cálculos estuve once meses embarazada, pero eso es imposible, así que probablemente debí perder a otro antes y de inmediato me quedaría embarazada de ella y por eso tuve once faltas. No obstante, esto me hizo pensar que todas las noches me iba a poner de parto. Era meterme en la cama y me ponía malísima, con mucho dolor. Apenas dormía y despertaba a mi marido a cada momento porque me desvelaba pensando que el parto era inminente, hasta que en una de esas fue de verdad.
Los embarazos de antes se controlaban con comadronas. Eran enfermeras que iban por las casas y controlaban que todo fuera bien. El día que me puse de parto la llamaron para que fuera asistirme, y fue, pero consideró que, a pesar de que yo ya había roto aguas, aún no estaba para a parir, así que se fue a atender otra urgencia y me dejó allí. Sin embargo, sí que era urgente y la niña quería salir. Viendo que no iba a haber comadrona, mi hermana avisó a una vecina que en su pueblo fue partera, y entre ella y esta mujer ayudaron a nacer a la muchacha, le cortaron el cordón y todo salió bien, aunque podría haberse torcido. Mi hermana Isabel era muy dura, no se perdía un parto. No le asustaba la sangre ni nada, todo lo contrario que mis padres que durante todo el proceso no fueron capaces de salir de la cocina.
A los ocho días preparamos el bautizo, pero a la ceremonia apenas fueron mis padres y mi hermana, que fue la madrina, además de Pastor, que fue el padrino. Tras esto, regresaron todos al pueblo, y yo volví a quedarme sola en Bilbao con los dos niños. Isabel ya estaba de novia con Ernesto y no quería quedarse mucho tiempo tan lejos.
Lo cierto es que, a pesar de la falta de dinero y de estar solos allí, aquellos años fueron felices, aunque Barakaldo era una ciudad triste. Llovía a todas horas. Eran lluvias constantes que no daban un respiro. Los días solían ser oscuros, sobre todo en invierno, y como además no teníamos dinero, nuestro entretenimiento era jugar a las cartas delante de una estufa de leña donde pasábamos los ratos libres. Julio siempre me ganaba porque yo nunca supe jugar a los juegos de mesa. El castigo para el que perdiera era ir a por unos pasteles, castigo que siempre me tocaba a mí. Esa era a diversión que podíamos permitirnos.
En muchos de esos días, también venía a visitarnos Pastor, el amigo del que ya he hablado. Se llamaba Bonifacio, pero todo el mundo le llamaba por el apellido. Se hizo amigo de Julio en el primer trabajo que encontró en Bilbao y hasta el último día que estuvimos en el País Vasco fuimos como hermanos. Juntos trabajaban en una empresa como instaladores de cable de eléctrico, trabajo que no le gustaba y al que no estaba acostumbrado. Era un trabajo duro, físico y Julio no estaba preparado para ello. Por eso se le ponían las manos en carne viva con unos taladros que hacían en el hormigón para ir pasando los hilos con un escoplo y martillazos.
Bonifacio tampoco era vasco, era como nosotros un emigrante que nació en Valladolid y, que cuando su madre enviudó, se trasladaron allí en busca de fortuna. Era común estos movimientos entre provincias porque en aquella zona había mucho trabajo y todos íbamos a parar allí. Lo recuerdo como un hombre muy alto y corpulento. Moreno, con el pelo rizado, pero sobre todo muy buena persona. Para nosotros fue como un hermano que nos ayudó a hacernos la vida más fácil allí.


