Cuando llevábamos un tiempo en Alcalá, mi marido
vio en el periódico que se acababa de abrir una nueva fábrica. Se llamaba la
Seda de Barcelona y buscaban personal para todas las áreas. De esta manera, escribió
a la sede y le comentaron que el acceso era a través de una prueba tipo examen.
Enseguida le llamaron para trabajar allí. Desde el principio llevaba un
cometido en la oficina, el contacto con el extranjero. Sería el año 1967 cuando
comenzó a trabajar. Enseguida comenzamos a prosperar, porque el sueldo se
multiplicó y los problemas económicos se fueron esfumando. La casa la
acabábamos de comprar. Nos costó 40.000 pesetas de las que casi pagamos
todo con lo que traíamos de Bilbao. La compramos con ilusión, pero no
tuvimos suerte con los vecinos de encima, a los que no les caímos en gracia.
Cuando nos dieron la casa hicimos un porche por debajo del balcón de los
vecinos y construimos en el patio una pequeña nave, pero al ganar más dinero,
pensamos que quizá era buena idea comprar una casa más grande.
Por pura casualidad, a pocos metros comenzaron a edificar unos bloques cercanos. Lo vimos desde que empezaron con el vaciado de la cimentación. Comentando con los vecinos nos enteramos del precio y, aunque era bastante cara para los precios del momento, nos encaprichamos con la casa y finalmente nos decidimos a comprarla. Tardaron alrededor de 4 años en hacerlas y mientras tanto fuimos pagándola y cuando nos la entregaron prácticamente estaba todo pagado.
En
el tiempo que estuvimos en la casa baja, tuve dos abortos. El segundo apenas lo
percibí, pero el primero sí. Me quedé embarazada sin más y sin apenas enterarme
y por esta razón no me preocupé de mí misma. Hicimos la mudanza a la casa nueva
y compramos papeles pintados para empapelar todo. Subí y bajé tantas veces a la
escalera que debí hacer esfuerzos y comencé a sangrar. Fue entonces cuando acudí
al médico y me indico que estaba embarazada y que debía guardar reposo. Así que
me metí en la cama durante más de cinco meses. Al sexto mes me ingresaron en La Paz y básicamente lo que volvieron a hacer es mantenerme en reposo, pero en una
ocasión, al ir al baño noté que estaba de parto. Llamé a los médicos, pero el
niño venía de pie y no pudieron hacer nada para salvarlo. Realmente tras el
parto hubiera podido vivir, pero al no estar posicionado se asfixió. Para nosotros
fue un golpe muy duro, porque el niño estaba formado y hoy en día hubiera
podido salvarse. Le vi y aun le tengo en la cabeza. Ahora tendría 57 años. Le
bautizamos y después le dimos sepultura en la Almudena.
Cuando nosotros nos trasladamos a la nueva casa, le dijimos a mis padres que se
fueran a la casa que habíamos dejado nosotros, que estaba mucho más cerca y era
más amplia que la que tenían alquilada cerca de la estación. Entre los dos decidimos
que vivieran allí. Fue triste porque apenas pudieron disfrutarla un año, quizá menos
y en ese momento me vuelvo a quedar embarazada otra vez, esta vez sí prosperó.
El
embarazo de mi hija fue muy malo, como todos mis embarazos. Los dos mayores ya
estaban bastante crecidos, José Luis tenía ya 13 años y Paqui 10. Eran dos
niños muy buenos, obedientes, nunca regañaban entre ellos. Muchas mañanas yo
les dejaba en el colegio y me iba con mi madre. A pesar de las molestias no
tuve que hacer reposo, pero todo lo que comía me sentaba mal y terminaba
vomitando. En los nueve meses que duró el embarazo nos trasladamos de una casa
a otra y a su vez, mis padres a la nuestra que acabábamos de dejar.
El nacimiento de mi hija fue el más organizado y mejor de mis
cuatro hijos. Apenas tuve problemas en la gestación y en todo momento estuve
controlada por el médico. Por aquel entonces, en 1971, no existía hospital en Alcalá,
así que todas las revisiones me las hacían en un hospital de Madrid. Cuando
cumplió el plazo que teníamos calculado me fui al hospital donde me hacían las
revisiones, pero estábamos en vísperas de Nochebuena y no me hicieron mucho
caso. Me auscultaron, pero no les pareció que estuviera para nacer. así que nos
dijeron que nos fuéramos a casa, pero mi marido, con acierto, pensó que no era
correcto y que mucho mejor si nos íbamos a la Paz, que era mi hospital de
referencia. Al llegar allí me auscultaron de nuevo y dieron en el clavo porque
me dejaron ingresada y esa misma noche nació. Recuerdo que nació sobre las 11
de la noche y enseguida se la bajaron a neonatos. Era preciosa, con tres kilos
y medio y muy muy bonita. Al fin había tenido un parto normal.
En
realidad, parí yo sola, mi marido y el resto de la familia se enteraron al día
siguiente al llegar. A pesar de que ya había muchos niños en la familia, la
llegada de Rosa Ana fue especial para todos, en especial para mi hermana Isabel
que se enamoró de la niña desde el primer momento.
Se
le puso de nombre Rosa Ana por dos razones: la primera fue porque la madrina
fue mi sobrina Rosi, y tenía que llevar su nombre. Ene se momento se estaba
emitiendo una novela en la que la protagonista se llamaba Ana Rosa, y mi
sobrina me propuso ese nombre que a mí no terminaba de gustarme, pero dándole
la vuelta si: Rosa Ana era perfecto. Así que se la bautizó con ese nombre y es
la única de todos mis hijos que no lleva nombre de sus abuelos.
En
ese momento todo era felicidad, teníamos dinero, casa nueva y una hija sana recién
llegada al mundo, nunca imaginamos que apenas cuatro meses después la vida nos volvería
a dar un duro golpe.
Ocurrió una mañana de abril en la que él se levantó como todos los días y
tras desayunar se fue a echar la quiniela a una tienda que estaba cerca de
Reyes Católicos. Al volver sintió un mareo y se desmayó en la calle. Los
vecinos le ayudaron a llegar a casa y yo enseguida llamé a mi marido para que
trajera al médico. El doctor dictamino que era una angina de pecho, y que si no
le repetía podría sobrevivir, pero si se repetía no se salvaría. Y se repitió
en apenas 24 horas y su corazón no pudo soportarlo. Aquello nos hundió a todos
en un pozo de tristeza. Acababa de nacer mi tercera hija, Rosa Ana y Paqui
tenía alrededor de 10 años. Esa mañana, tras la primera angina de pecho, le
dije a Paqui que fuera a ver como había pasado la noche el abuelo y a los pocos
minutos regreso llorando y gritando que el abuelo se había muerto. Dejé a Rosa
Ana con una vecina y salí corriendo a casa de mis padres.
Cuando
llegué, corroboré que había muerto. Enseguida vinieron todos mis hermanos y
preparamos la despedida. Tuvimos que retrasar el entierro para que Julín que
estaba de viaje pudiera llegar y despedirse también de él. Mi madre compró una lápida
en el cementerio de Alcalá y le enterramos allí.
A
partir de la muerte de mi padre, todo cambió. Mi madre inmediatamente se vino a
vivir conmigo a casa. La única manera de entretenerla era con Rosa Ana que
estaba recién nacida. Aun así, no fue capaz en ningún momento de superar la
pena. Las noches las pasaba llorando y apenas descansaba. Decidió dejar de
comer y lo único que la entretenía era tener a la niña en brazos. Pasaron unos
meses y ella no remontaba. Un día, mi hermana me dijo que la veía muy delgada y
triste, le contesté que apenas comía y que ya no sabía qué hacer. así que le
ofreció irse con ella, que la casa era más fresca y había más calma, pero creo
que Ernesto, le dijo que la habíamos echado y ella no debió sentarle bien.
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