Nuestra primera casa, la que acabábamos de comprar, estaba en ese momento a las afueras de la ciudad. Lo que rodeaba al edificio era tan solo huertas y norias, y un poco más allá el Rio Henares. Comprar esa casa se debió una serie de circunstancias, la primera es que ya habíamos escogido el colegio para los niños y caía relativamente cerca, y la segunda es que yo quería que la casa fuera nueva y esa era la que se estaba construyendo en ese momento.
La casa disponía de una entrada muy pequeña y un patio enorme que daba a las huertas de alrededor. José Luis, el mayor de mis hijos tenía entonces cinco años y Paqui tan solo tres. La vida nos cambió totalmente de Bilbao a Alcalá. Como ya he contado, mi marido trabajaba en Roca y yo me busqué trabajo en Saldaña, unos almacenes de tejidos y confección, donde elaboraba arreglos de ropa, como coger bajos, mangas, ajustar hombreras, etc... aunque con el tiempo terminé haciendo la confección de las prendas de principio a fin.
Este trabajo me gustó bastante porque se parecía mucho a lo que hacia en el pueblo. Lo encontré a través de un vecino que era guardia civil y tenía una hija que trabajaba en los almacenes. Fue ella la que me sugirió que me dedicara a lo que mejor sabía hacer. El trabajo lo elaboraba desde casa. Cada mañana, un muchacho me traía las prendas a casa con las notas cosidas con un alfiler, indicando lo que había que hacer y el tiempo del que disponía para ello. A pesar de que la tarea era grande, yo comenzaba mi jornada sobre las nueve de la mañana y terminaba al medio dia.
Mientras tanto mi marido entraba a las cinco de la mañana y salía a las tres, y por las tardes se iba con mi hermano Eleazar a instalar la luz en Meco, o la iluminación de la catedral, todo lo que saliera a nivel electrico lo cogian para ganarse un sobresueldo. Alcala, poco a poco iba ganando vecinos, y creo que cuando llegamos nosotros, también llegaron mas habitantes de varios sitios de centro del país, así que había mucho trabajo en la ciudad.
Ocurrió también que en los primeros meses de vivir en Alcalá, volví a quedarme embarazada, pero a la par tuvimos que viajar de nuevo a Bilbao a firmar las escrituras del piso que habíamos vendido, y aprovechamos para comprar papeles pintados para la nueva casa de Alcalá. Los niños se quedaron mientras en Alcalá con la abuela y en Madrid con Isabel. Realmente yo no sabía que estaba embaraza, me enteré cuando lo perdí. Regresamos a Alcalá y con la ilusión de empapelar la casa, me subí y baje de la escalera y trabajé demasiado y por el esfuerzo debí perder a la niña que estaba esperando. Fue justo al perderlo cuando me enteré que había estado encinta. No lo sabía porque siempre fui mi irregular en el periodo. En ocasiones se em retrasaba sin razón dos meses y a veces se adelantaba, lo que nunca me permitía saber si estaba o no. Mi hermana determinó, tras ver al pequeño feto, que se trataba de una niña. En aquel entonces no se prestaba demasiada a atención posterior, pase dos días de reposo y algún sangrado y regresé a mi vida habitual. Igualmente, al ser tan inesperado, lo cierto es que apenas me dio tiempo a asimilarlo. Dejé pasar el tiempo y poco a poco se volvió a la normalidad.
En ese casa vivimos momentos muy felices. Estábamos todos en Alcalá, y eso nos permitía volver a juntarnos todos los domingos a comer, normalmente en el patio de casa. Económicamente comenzamos también a prosperar, en aquel momento era relativamente fácil y, aparte de la casa, nos hicimos con un coche para poder salir de la ciudad. Compramos un Seat 1500 azul claro, siendo de los primeros que disponíamos coche en la familia, junto con Julín.
Al tener coche, descubrimos que alrededor de Alcalá había algunos lugares que nos gustaban para hacer pequeñas escapadas los domingos. Cada semana, cuando llegaba la primavera y hasta que llegaba el frio, nos ibamos a unas fincas que rodeaban el Rio Torote, un pequeño arroyo de agua clara y muchos peces y hacíamos picnic con la familia. Íbamos todos, Eleazar que no tenía coche pero si moto, llevaba a su mujer y a tres de sus hijos en la vespa, y Julín que si tenía coche, también iba con toda la familia a bañarse al río, y nosotros recogíamos a mis padres y con el coche cargado hasta arriba nos íbamos cada semana a un lugar diferente de los alrededores. A mi padre le gustaba mucho el campo, al igual que a mi y a mis hermanos.
Entre medias, mi marido vio en el periódico que se necesitaba personal de oficina en una nueva fábrica que se abría en Alcalá. Se trataba de una empresa catalana que se llamaba la Seda de Barcelona y para acceder era necesario hacer un examen para demostrar conocimientos. Julio siempre tuvo en mente prosperar y vio que ahí tenía una buena oportunidad. Ni corto ni perezas, se inscribió en la oferta de empleo y se preparó el examen de acceso. Algunas semanas después se presentó a la prueba de acceso en Madrid y consiguió el puesto, lo que nos hizo medrar y que en casa entrara mucho mas dinero. En esa empresa permaneció hasta el último de sus días. Yo dejé de coser y aprovechamos para matricular a los niños en los dos mejores colegios que había en Alcalá: Paqui a las Filipenses y José Luis a Santo Tomás.
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