
Poco antes de nacer Paqui, mi marido trabajaba en Valcobilco, una empresa de barcos en la que realizaba las instalaciones de motores y demás. No estuvo mucho tiempo, apenas unos meses y de ahí se cambió a Altos hornos. Allá donde le ofrecían más, allá que iba. Lo cierto es que ninguno de esos trabajos le gustaban y siempre estuvo mirando por periódicos ofertas de empleo más acordes a lo que él quería. Y lo encontró. Fue en una oficina donde se lleva el control administrativo de una fábrica de electricidad y el cambio, tanto en lo económico como en todo lo demás, fue notable. Pasó de 350 pesetas a 500 a la semana. Aparte de eso, yo cosía para una tienda y eso hizo que vendiéramos la casa que habíamos comprado poco tiempo antes y compramos otra más grande. Julio encontró un nuevo trabajo en una tienda de electrodomésticos y volvió a cambiarse. Ahí compramos el primer frigorífico que yo tuve. Yo tenía en ese momento 25 años y dos hijos: José Luis de tres años y Paqui recién nacido. La vida hacíamos en Barakaldo y él iba y venía a Bilbao en autobús. Recuerdo que todos los días iba a la plaza de los fueros a buscarle y nos íbamos a merendar por ahí. Los domingos solíamos irnos al monte o al cine. Eran buenos tiempos y todo iba bien. A la casa nueva vinieron a visitarnos mi suegra y mi cuñado. Pero lo cierto es que aquella casa nos cambió la vida para mal. Con todo el entusiasmo, Julio quiso poner un timbre musical con la mala fortuna que se pinchó en un dedo y fue a lavárselo a un bidón que debía estar contaminada. Fue raro, porque estaba vacunado de tétanos, pero lo cierto es que pasado unos días comenzó a amoratarse la mano. Fuimos al médico a decírselo, pero nos indicó que estando vacunado no debía haber problema. Lo cierto es que al día siguiente tenía la boca como encajada y una vecina nos alarmó y nos dijo que llamáramos rápidamente al médico, que no pintaba bien. Yo nunca pensé que aquello fuera a ser una enfermedad tan grave. Vino una ambulancia y enseguida le llevaron al hospital. De inmediato le operaron la mano para intentar zanjar la infección. La noticia tras la operación o pudo ser peor, el médico me dijo que lo que tenía era tétanos y que de esa enfermedad no se curaba nadie. Él me pidió que avisara a la familia porque no parecía que tuviera solución. La noticia me cayó como un jarro de agua fría, de estar todo bien, habíamos pasado a que todo pudiera acabarse. Asustada, llamé a mi hermana Isabel que inmediatamente cogieron un tren y vivieron a Bilbao a acompañarme. El final parecía inminente. De la operación salió prácticamente muerte. Tenía el pecho hinchado y muy mal aspecto. Estuve 25 días metido en el hospital sin salir. Sin visitas, sin luz, sin ruidos. Estaba lleno de dolores e inconsciente. Poco a poco fui asumiendo que se moría. Yo me senté al lado y esperé. Cada día le ponían más de 25 inyecciones diarias. Creo que experimentaron con él. En la boca le metieron unos trapos para que no se mordiera la lengua en los espasmos. Fue uno de los peores momentos de mi vida. Mis padres y mi hermana se hicieron cargo de mis hijos porque yo no salía de allí. Como estábamos esperando el fatal desenlace, no se movieron de allí. Pero lo cierto es que los días iban pasando y todo estaba igual, ni empeoraba ni mejoraba. Transcurrieron casi veinte días sin comer, ni moverse. Se alimentó de zumos de naranja que muy despacio absorbía.
Un día me bajé a comer a la cafetería del hospital y me encontré con el médico. Le pregunté como veía

a mi marido, y me dijo que mal. Yo le dije que me parecía que le veía mejor y me dijo: no tenga esperanza, si no se muere de la enfermedad se muere de la cantidad de medicamentos que le pinchamos. Cada noche, me iba a la capilla a rezar y a pedir que se salvara. Y un día pasó. Me lo dijo una enfermera. Me dijo, no sé como ha sido, pero se va a salvar. Aquello fue un milagro, porque nadie daba un duro por él. Cuando le dieron el alta, lo cierto es que estaba muy débil. -Veía doble y no podía trabajar. Pasaban los días y no mejoraba. E esta segunda etapa, ya en casa, estuvimos más de un mes con mucha debilidad. Poco a poco nos íbamos desgastando y una vecina me recomendó a un médico y este mismo médico volvió a recomendarme que nos fuéramos al centro de nuevo, a Madrid, más concretamente a Alcalá. Así que con la casa recién comprada, la pusimos a la venta rápidamente, los cuatro muebles que teníamos nos lo llevamos en un camión y nos volvimos para Madrid a empezar de nuevo.
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