Al terminar la guerra, todo comenzó a tranquilizarse, al menos en mi familia. El miedo se esfumó, sobre todo el miedo a que detuvieran a mi padre que había cometido el terrible crimen de no ser de campo. Dos veces acudieron los republicanos a buscarle a casa. Cerca de nosotros, vivía un vecino de nombre Milagros, que tenia mando y se buscó las mañas para borrarle de la lista de fusilamiento, y así fue librándose de morir. Tras el conflicto se reabrieron las iglesias y conventos y todos los domingos pudimos volver a escuchar misa, para dar gracias a Dios de estar vivos.
Mi hermano, Joaquín, el mayor de todos los chicos, tenía tan solo 18 años y le llamaron para hacer la mili que por aquel entonces duraba tres años. Le tocó un cuartel a las afueras de Madrid, pero lo que menos le gustaba de aquella aventura era la ropa color caqui que le recordaba a la Guardia civil y procuró no vestirla en todo el tiempo. Así que le hizo a mi madre teñirla de azul para que se pareciera un poco mas a la de falange. Aprovecho la formación militar para prepararse como policía secreta, aunque sin el beneplácito de mis padres que temían que los maquis le persiguieran. De la rabia que le dio la prohibición se alistó voluntario en las Canarias, y allí terminó los últimos meses del servicio militar.
Mi hermano Julín se hizo mayor mientras tanto y se colocó a trabajar con mi padre en la compañía. Fue un chico de carácter amable, simpático, alegre y con 17 años se hizo novio de la que es mi cuñada, Rosi. Toda la vida estuvieron juntos, hasta que murió. Le gustaba llamarla Dama. Él, tan resuelto y vivaz, fue un hombre emprendedor al que nunca le dieron miedo los negocios y gracias a esto montó varios de éxito. Ganó dinero pero la vida no le duró demasiado. Mi hermano murió con 62 años nada más. Demasiado pronto. De él hablaré mucho más.
Eleazar, el siguiente de los chicos, se metió a trabajar en el juzgado a los 15 años y allí estuvo varios. Era ayudante del secretario, pero después se fue a estudiar a Madrid para ser secretario de juzgado, pero aun había demasiado hambre en España y aunque mi madre le mandaba comida, no le daba para alimentarse por que los propios dueños de la casa que le alojaba se la quitaban para alimentarse ellos. Él aun cuenta que los cacahuetes se los comía con cascara incluida. En el tiempo que estuvo en le juzgado, hubo muchos días que regresaba a casa malo, porque en el pueblo era común que la gente se ahorcara. A él le tocaba hacer el levantamiento de los cadáveres, porque el Juez era paralitico y siempre le mandaba a el.
Mi familia, en conclusión, era normal. De los muchos del pueblo. Según transcurrieron los años tras la guerra, todo fue volviendo a su cauce. Yo comencé a ir al colegio, mi hermana se hizo modista, y todo iba mejor. Isabel, mi hermana, se hizo voluntaria tras la guerra. Iba a los comedores sociales a dar de comer a los que más lo necesitaban.
Y así fueron pasando los años, mientras acudía a la escuela.
Mi colegio estaba cerca de la plaza, subiendo la cuesta de la iglesia. Tenía un patio muy grande y varios pabellones. De pequeña tuve una profesora, doña Dorotea, que daba las clases de infantil, y mas mayor a otra que siempre tenía sobre la mesa una vara y si contestabas mal daba un varazo sobre la mesa para asustarnos. Allí solo íbamos las niñas, los chicos iban a otro sitio. El colegio, al igual que ahora, era obligatorio, pero no todos los padres decidían llevar a sus hijos a la escuela, se necesitaba mano de obra en el campo y no se veía útil tener a un niño en clase.
Mi padre sabía leer y escribir, pero mi madre no, pero ambos siempre tuvieron interés en que todos fuéramos a la escuela.
Acudí allí hasta los catorce años. En aquel entonces se estaba en la escuela hasta los 16 años, pero yo me salí a los 14. Primero por que comenzaron a exigir comprar enciclopedias y mi madre se negó, así que me puse a trabajar con mi hermana y no me dieron el certificado de estudios por lo que nunca tuve nada que justificara todo aquel tiempo.
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