No debió ser fácil criarme en semejantes circunstancias. Cuando cumplí tres meses, mi pueblo sufrió el primer bombardeo de muchos. Mi madre se asustó tanto que me dio una mala teta y yo me puse a morir. No había mucho que hacer al respecto salvo esperar. Mi madre y mi hermana, que ya tenia cumplidos los trece años lloraron junto a la cuna, lamentándose de que mejor hubiera sido no haberme conocido.
Por suerte no tengo mas recuerdos de la republica ni de la guerra que los que me han contado, y casi mejor no saber de los horrores de ambos bandos. Sé que en mi casa se pasó hambre y que apenas teníamos para comer, igual que sé que debido a esto pasé de la teta a los huevos fritos, por que durante los tres años de guerra me los pasé mamando, salvo cuando mi hermana Isabel se ponía en la cola del racionamiento para conseguir algo de leche.
Al estallar la guerra, y los bombardeos, mis hermanos excavaron una cueva desde la casa hasta debajo de la iglesia. Cuando escuchaban los aviones y tocaba la sirena, nos metíamos todos bajo tierra a esperar que pasaran.
Mi pueblo era bastante grande, en comparación con los de alrededor. ubicado en un valle. Nosotros vivíamos en el centro. Desde mi balcón veíamos la mitad del pueblo, sobre todo cuevas donde vivía gente. Me gustaba divisar las cuevas los días claros y la mayoría eran mitad casa y mitad cueva. Mi madre conocía a algunas señoras que habitaban las cuevas, se entraba por un patio desde donde se accedía a un pequeño salón. Los dormitorios eran las cuevas. Sin embargo mi casa, era amplia y tenía una enrome entrada y desde ahi9 se distribuía a los corrales, y resto de la casa con ocho habitaciones.
Mi padre era el electricista del pueblo, y siete de familia y yo era la más pequeña de todos por lo tanto la mas consentida. Recuerdo mi niñez como un momento feliz en el que nunca me faltaron caprichos, reyes generosos y muchos regalos, pero todo eso llegó después de la guerra. Recuerdo un año que me trajeron un abrigo y zapatos, y muchos juguetes, un baúl lleno de caramelos.
Cuando terminó la guerra y entraron los nacionales al pueblo, llegó el trigo de Argentina y con ello el pan, que aún racionado sabía a gloria. Lo normal es que fuera un pan de kilo para cuatro, por lo que seguíamos pasando hambre. Fue entonces cuando mi padre se fue a la fábrica de harinas, y compró un saco de harina de mil kilos, nada menos que a mil pesetas que, en aquel entonces, era una cantidad excesiva. Fue eso nos dio pan para comer. Por otro lado, mi madre consiguió hacerse con una cabra para leche. Lo cierto es que al acabar la guerra mis padres tenían dinero pero no había productos para comprar, por lo que servía de poco, y lo que había era demasiado caro, o directamente no te lo vendían. Un día antes de que llegaran los nacionales, mi madre compro una docena de huevos a duro el huevo. al fin dejamos de comer las cascaras de patata que nos daba la vecina. Ella, que era de campo, se comía las patatas y nos daba las mondaduras, y aun así agradecidos.
Fue entonces cuando a mi padre le llamaron al cuartel de la guardia civil para devolverle la escopeta que le requisaron en pleno conflicto. Él acudió pero tan solo con la idea de rechazar la devolución. No quería recuperar un arma con la que fusilaron a muchos vecinos del pueblo; Fue mi hermana Isabel, mas lista que el hambre y conocedora de las penurias pasadas, la que pensó que mejor que se la pagaran, así que la Guardia civil ordenó pagarla con dos gorrinos pequeños que ella recogió. Mi madre los crio y crecieron y tuvimos carne un año entero.

No hay comentarios:
Publicar un comentario