Mi madre murió en el año 1972, cuando Rosana tenía apenas unos meses. Yo llegué a mi casa nueva de Alcalá pocos meses antes. La compramos porque estaba al lado de la otra. Vimos que estaban haciendo una obra grande y, lo cierto es que a mí nunca me gustó la casa en la que estábamos, sobre todo porque daba al campo, a unas huertas y a unas eras que no me gustaban. Siempre tuve miedo de que alguien atravesara las tapias del patio y se colaran en casa, asi que al ver la obra cercana nos acercamos a preguntar. Nos enseñaron los planos y el precio, 500.000 pesetas, y nos dijeron que apenas quedaban unidades, solo un primero y un quinto. Yo tenía claro que no quería casas bajas, era la razón por la que nos estábamos planteando cambiar de casi, asi que casi sin pensarlo nos lanzamos a por el quinto. En aquel momento teníamos ahorrado 80.000 pesetas y el resto nos propusieron financiarlo a letras. No lo pensamos mucho. Yo en aquel entonces cosía para una tienda de moda de la plaza y mi marido había consolidado su puesto en la Seda, con un sueldo muy por encima de la media de la media del momento. Ahora pienso que él ganaba entonces lo que muchos cobran ahora, 50 años después. Además, yo aportaba mi parte y entre los dos metíamos dinero suficiente para lanzamos a por ella. Es cierto que, poco tiempo después nos metimos tambien en la finca, al mismo tiempo que pagábamos la casa nueva y manteníamos cerrada la casa de la ruta tras la muerte de mis padres. A veces pienso que nos pasamos de ambición, pero mi marido, de eso, andaba sobrado. No tenía miedo alguno en meterse en inversiones. A veces pienso que, si no hubiera caído enfermo, tal vez hubiéramos terminado ricos, o más acomodados aun de lo que estábamos. Él quería medrar, invertir, comprar casas, crecer. No tenía miedo y siempre le salía bien, aunque tuviera que trabajar el doble. Por la mañana trabajaba en la Seda y por las tardes se iba a hacer instalaciones eléctricas con mi hermano Eleazar. Creo que lo hacía para tener más. Le gustaba comprar los mejores electrodomésticos que salían a la venta, mil cosas en las que yo no me metía demasiado. Lo cierto es que todo salió bien y gracias a eso en un momento dado tuvimos tres casas a la vez, la antigua, la nueva y la finca. A veces pienso que él quería demostrar a su familia que era capaz de crecer sin ayuda de nadie. Y asi fue.
A partir de ese año, nuestra vida se fundamentó en ir y
venir a la finca y así seguimos hasta hoy. La finca no le gustaba mucho, mejor dicho,
le gustaba venir, pero no le gustaba trabajar, pero al mismo tiempo quería
construir una casa enrome y pistas de tenis, y naves para granjas. A él lo que
le gustaba en realidad era hacer cosas. Con cada proyecto que se le ocurría teníamos
que pedir un préstamo que luego pagábamos rápidamente. Préstamos para materiales,
préstamos para ventanas, para puertas, para maquinaria, para pagar a los obreros.
Todo el dinero que ganábamos y todas las pagas extras fueron a parar a la
finca.
En aquellos años todos los hermanos nos juntábamos al menos un domingo al mes. Todos nos habíamos construido una casa en el campo, todos habíamos medrado asi que comenzamos a juntarnos cada vez en una casa. Pero no todo era campo y finca, tambien pasábamos los veranos entre la finca y la casa de Alicante.
Con Alicante siempre hemos tenido un vínculo especial porque
al terminar la guerra mi suegro decidió comprar una casa allí. Se le ocurrió
porque en la guerra, como él era militar le mandaron vigilar el canal de Isabel
II. Allí pasó frio, humedad y malas condiciones y terminó enfermando de
bronquios, enfermedad que se le complicó cuando ingresó en prisión tres meses por
equivocación. Fue entonces cuando los médicos le dijeron, poco tiempo después de
acabar la guerra que lo mejor es que se fueran a un sitio más cálido que la
meseta y decidieron que Alicante era el lugar optimo. Compraron un terreno y
mandaron construir una casa. Era un inmueble tipo casa de pueblo, de una sola
planta, con un zaguán descomunalmente grande y cuatro habitaciones, dos de
ellas tambien enormes. Al fondo mandaron hacer un gran patio. No recuerdo el
tiempo que tardaron en hacer la casa, pero en el tiempo de construcción, casi
al terminar, mi suegro falleció. Recuerdo que, en la casa de Quintanar, mi
suegra mantenía una habitación repleta de baúles con sabanas, ropa y
cachivaches para mudarse a Alicante que nunca salieron de allí. Algunos de
estos baúles ahora están en la finca.
Nunca vivieron allí. La casa se quedó terminada pero no se
trasladaron, primero por la muerte de mi suegro, después porque mi cuando se
fue a la mili y cuando ella quiso darse cuenta, había pasado demasiado tiempo y
ya no quiso irse del pueblo, por eso terminaron alquilándola. Aquella casa
estuvo alquilada casi cuarenta años, hasta principios de los años 70 que
finalmente se consiguió echar a los inquilinos.
En los 70, al recuperar la casa nos fuimos con mi cuñada a
darle una vuelta, compramos muebles, pintamos, se reformó el patio, se arregló
en general toda la casa y empezamos a ir de vacaciones allí. Casi siempre nos
íbamos 15 días a mitad de agosto y tengo muy buen recuerdo de aquellas
vacaciones. En varias ocasiones venían unos días algunos de mis hermanos, o
todos, como en una ocasión que nos juntamos todos en la casa, con colchones en
el suelo y todas las habitaciones llenas. Ir a la playa en aquellos tiempos no
era normal. El viaje duraba muchísimo porque no había carreteras rápidas, ibas
de pueblo en pueblo, parando en cada uno para refrescarnos. Los coches en aquel
momento no tenían aire acondicionado ni casi seguridad. En el coche nos montábamos
toda la familia, maletas en la baca y tarteras y neveras para el camino.
Alicante no era como es. La casa estaba justo donde acababa
la ciudad, ahora está casi en el centro. A partir de ahí solo había campo. Las
playas no estaban masificadas como ahora y podías poner la sombrilla donde
quisieras. A mi marido le gustaba ir a playa de San Juan, a pocos kilómetros
del centro. era una playa desierta y muy larga, sin edificaciones alrededor y aparcábamos
en la tierra porque no había ni siquiera paseo marítimo. A él le gustaban más
esas vacaciones que las de la finca, justo lo contrario que a mí, que siempre
me gusto más el campo que la playa. Intentábamos mantener un equilibrio. Él decía
que cuando se jubilase nos iríamos a Alicante, yo decía que a la finca.
Cuando viajábamos allí, siempre mejoraba de salud, le
sentaba bien la temperatura y la humedad. Después, con el tiempo, a finales de
los 90, aquella casa se vendió a una constructora y la demolieron para levantar
una urbanización enorme de varios edificios. Ahora ya no queda nada, y nosotros,
mucho tiempo despues de estos años, compramos otra casa en Alicante hasta hoy.
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