sábado, 24 de abril de 2021

La Finca

Desde que se compró el terreno donde luego levantaríamos la casa, nosotros, con muchas ínfulas empezamos a llamarlo la finca. No sé si es el nombre más adecuado para nuestra propiedad, pero lo sea o no para nosotros siempre fue simplemente La finca y asi la seguimos llamando. 

Un día llegaron a casa mi marido y mi hermano y nos dijeron sin más a toda la familia: hemos comprado un terreno. ¿Cómo íbamos a imaginar entonces que aquel trozo de tierra se convertiría el proyecto de toda una vida? A la semana siguiente, para conocer la nueva propiedad, nos montamos todos en el coche y nos fuimos a verlo. Viajamos toda la familia: mi madre, los tres hijos, mi hermana Isabel y mi cuñado. Todos.

Recuerdo que al llegar, lo primero que vi fue un descampado seco y blanco, rodeado de unos montes verdes. El entorno era bonitos, pero el terreno feo y yermo. Una planicie seca a mitad de un monte al que se accedía por un camino desde la carretera. En medio de todo vi una construcción en ruinas. No era mas que un rectángulo de piedra. Unos muros desechos y derruidos de metro y medio  donde se adivinaban lo que debieron ser las puertas o ventanas. Los vendedores nos acompañaron a esta primera inspección y allí nos contaron que la ruina que estábamos comprando fue en el pasado una fábrica de yesos, abandonada desde mucho tiempo atrás y de la que apenas quedaban unas piedras encima de otras. Al seguir con el paseo vimos que junto a las ruinas existían aun un par de hornos, tambien prácticamente demolidos. Eran unas paredes redondeadas y ennegrecidas y con algo de profundidad. Alrededor y para recibir algo de sombra, tan solo existía un árbol, un almendro que ya era viejo cuando llegamos y que ha permanecido con nosotros hasta hace apenas un par de años, cuando la Filomena lo tiró al suelo.

Mi hermano Julin, muy ilusionado con la nueva adquisición, se puso a explicarnos todo lo que se podía hacer allí. Propuso limpiar de hierbas y maleza todo el terrenos y techar las ruinas. El fin no era otro que traer una sillas y unas mesas y tener un sitio fijo donde salir al campo los domingos y a pasar el día. En ningún momento se nos ocurrió levantar una casa aquí.

Y así lo hicimos. Con el afán de limpiar y acondicionar el solar comenzamos a venir todos los domingos. Mi cuñado Ernesto, que era maestro albañil, se ofreció a levantar parte de los muros hasta tener la altura correcta y, una vez llegada esta colocar unas vigas para techar. Esa parte fue la primera de todas, justo lo que hoy es la bodega de la casa. Nada más.

Para levantar eso pasamos al menos un par de años. Todo se hacía de manera artesanal. Ernesto levantaba lo que podía y José Luis le ayudaba junto con mi hermano. Mi marido nunca trabajó demasiado en la obra, no le gustaba demasiado las obras.

Según fuimos avanzando nos dimos cuenta de que la sutura casa necesitaba algo más, como por ejemplo electricidad para todo. Sin electricidad no teníamos luz, ni donde enchufar algo de maquinaria. El problema es que en kilómetros a la redonda no había postes ni líneas eléctricas.

Asi que, sin más, se fue a las oficinas de Madrid, donde había estado trabajando y donde tenía aun muchos contactos. Les hizo un plano y, por aquel entonces donde aún no existía tanta burocracia, enseguida le dijeron que sí. Que lo hiciera. Nos encontramos, no obstante, con infinidad de dificultades. Teníamos que traer la luz desde lo alto del monte de enfrente y cruzar por las tierras de varios propietarios, instalar columnas y traer cable.


Mi marido, que siempre se defendió bien en esos campos, preguntó en el catastro quienes eran los propietarios y resulto ser todo del mismo, el marqués de Barzanallana. Enseguida le recibieron en Madrid, en un palacio que no recuerdo donde estaba ubicado. Cierto es, que aquel señor, o sus herederos le recibieron y le dieron permiso sin problema para instalar los postes y cruzar sus tierras. En definitiva, hicimos una obra monumental, con kilómetros de cable para instalar dos bombillas y un enchufe. Objetivo conseguido. El siguiente problema al que nos enfrentamos fue conseguir agua. Al principio íbamos a un manantial que estaba en lo que ahora es la carretera de Pioz. Íbamos con bombonas y las traíamos en el coche para hacer el cemento, pero, obviamente, cada vez que había que hacer una pastera teníamos que ir a por agua y eso no era eficaz. Asi que enseguida se le ocurrió hacer un pozo. Mi hermano localizó a un pocero de Guadalajara y contrato la apertura de dos pozos, uno que aún nos da agua y otro que abandonamos. Ya teníamos agua tambien.

Lo cierto es que el pozo que aun funciona está muy bien pensado. Los vendedores, la familia Cuenca, nos dijo que lo hiciéramos donde finalmente se hizo, justo a la caída del arroyo. Que allí, en las tormentas, siempre se inundaba. Y haciéndole caso, dimos en el clavo. Nunca en todo este tiempo nos ha faltado agua en la finca.

El terreno se compró en abril del 1972 y en el 1975 ya teníamos todo eso construido. En esos años ya tuvimos que pedir un préstamo para todos estos avances. De entonces, a ahora, todo han sido gastos en esa casa.

Cuando terminamos de techar y con la pequeña obra hecha, se nos ocurrió que era una pena haber invertido tanto y no tener siquiera un par de dormitorios donde quedarse. Asi que, sobre el techo de la bodega, se levantó una segunda planta. Se construyó una pequeña escalera para acceder y de esta segunda planta se sacaron cuatro dormitorios, dos para mi familia y dos para la familia de mi hermano y abajo, en la parte antigua hicimos un salón, una cocina. Pero eso no duró demasiado.

No recuerdo bien en que momento fue, creo que debió ser alrededor de principios o mediados del 74 cuando mi hermano nos comentó, con acierto que al tener tanto terreno, era mejor que el, junto a su familia, se construyeran en parte del terreno otra casa. De esa manera, estaríamos juntos pero cada uno en una casa diferente. Asi pues, mientras se construyó la casa, seguíamos en la misma casa. Contrató una cuadrilla y en apenas un año, su casa estaba terminada. Nosotros nos quedamos con la casa original, arreglamos los pagaos correspondientes y cada uno en su casa.

Los inviernos en esta zona son muy fríos y mas en medio del campo, asi que como me quedé embarazada del cuarto hijo, apenas íbamos a la finca, pero mientras yo avanzaba en el embarazo, el pensó que deberíamos ganar un trozo más de monte, para poder dejar el coche cobijado, una especie de chamizo donde cobijarlo. Asi que contrató una maquina y un excavador y pidió que desmontaran un par de metros junto a la casa, dejando a los obreros solos en la finca. Cuando regresó a la semana siguiente, la excavadora había desmontado mas de 100 metros. De repente teníamos mucho más terreno. Pensamos que en vez de levantar un chamizo, mejor hacer un garaje con una terraza encima. Contratamos unos albañiles y el que nos hizo la obra nos convenció para levantar tambien una segunda planta y unir todo la vivienda original, y sin pensarlo demasiado dijimos que si. Nuevamente, casi sin darnos cuenta, teníamos mas casa, un salón grandísimo y dos habitaciones mas.

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