jueves, 3 de junio de 2021

MIS PADRES


Mi padre nació en Villamanrique de Tajo, igual que mi madre. Él se llamaba Julio y ella Francisca. Ambos eran vecinos y prácticamente se conocieron al poco de nacer. Él era algo mayor que mi madre, apenas un año. Mi abuela por parte de padre se llamaba Isabel y siempre le tuvo un gran cariño a mi madre, incluso de pequeña, ya que ella solo fue capaz de parir varones pero ninguna hembra. Su marido se llamaba Natalio, de profesión yesero. Cuando mi padre cumplió doce años se lo llevo a trabajar con él. Las yeseras estaban a dos kilómetros del pueblo y nos contaba que una mañana yendo a trabajar montado en un borrico vio una sombra sombra salir del cementerio, por donde tenía que pasar. Con miedo y sin saber que hacer, pensó que si no llegaba al trabajo su padre le regañaría. contaba que el abuelo Natalio tenía un genio muy fuerte. Se armó de valor y siguió. Cuando llegó a la yesera su padre le preguntó si había pasado miedo por el camino, pero él le dijo que no. Entonces le contestó que se alegraba por ello ya que la sombra era él y tan solo fue una prueba de lo valiente que era. Así se las gastaban en aquellos tiempos con los niños.

    Mis abuelos maternos tuvieron una vida muy triste. Mi abuela Flora, de joven tuvo un novio enfermo y todos le indicaron que no se casara con él porque mucho no le iba a durar, pero el amor pudo con ellos y se casaron y como era de esperar apenas tres meses después murió. En ese tiempo se quedó embarazada de una hija, así que fue viuda antes que madre. Con el tiempo, cuando se recuperó, se casó con mi abuelo Bernardino, también viudo. Fueron felices durante nueve años y en ese tiempo tuvieron a mi madre, a mi tío Raimundo y mas tarde al tío Félix. Pero cuando mi madre cumplió los nueve años, mi abuelo enfermó de pulmonía y falleció a los pocos días. De nuevo se quedó viuda y con cuatro hijos. Entonces no existía la pensión de viudedad ni ayuda de ningún tipo, y solo le quedó una opción para sacar a los hijos adelante, ponerse de lavandera en casa de unos ricos del pueblo. Lavaba la ropa en el Tajo, fuera invierno o verano, y a mi madre la puso a servir en la casa del cura, pero un día pasó un globo y ella como niña se fue detrás de él y los pavos y las gallinas se escaparon del corral por que había dejado la puerta abierta y el cura se enfado tanto que la despidió. Mi abuela fue entonces a pedirle perdón para que la volviera a cogerla, necesitan el dinero para subsistir, pero el hombre dijo que no le salía de los cascarones y la mandó a casa. Mi madre contaba que muchas noches cenaban cebolla asada con pan. 

Pero salieron adelante. Con apenas quince años mi padre y madre se hicieron novios y se casaron cuando mi padre tenia 22 años y mi madre uno menos. Él siguió en las yeseras. El trabajo consistía en meter barrenas y sacar la piedra para luego cocerla en hornos y extraer el polvo de yeso. El trabajo era duro y cuando el abuelo Natalio murió se fue a trabajar a las salinas donde se ganaba un poco más y se trabajaba algo menos y allí colocó a barrer a mi madre. En ese momento ya había nacido mi hermana Isabel y mi hermano Joaquín. Pero no acabó ahí. Mi tío Félix se fue en busca de fortuna a Santa Cruz de la zarza y encontró un puesto de electricista, así que se lo dijo a mi padre para que fuera también. Le ofrecían dos pesetas y media, casa y luz. No lo dudaron ni un momento y se trasladaron al pueblo vecino con unas condiciones mucho mejores.

La casa que les dieron estaba en las instalaciones de las mismas oficinas. Eran viviendas que la compañía de luz construyó para los trabajadores. Era el momento en el que se estaban instalando las líneas de luz en España y se necesitaba mucha mano de obra. Fue allí donde nacieron mis otros dos hermanos, Julin y Eleazar. Pero según se fue creciendo la familia y los dineros lo permitieron se cambiaron a una casa mejor que fue donde nací yo.

Entre tantas penurias y tristezas, la abuela Flora decidió volverse loca y dejar de sufrir. Junto a toda la familia, cuando se trasladaron a Santa Cruz, también se vino ella. Mi madre le preparó una habitación en la panta de abajo, justo bajo el dormitorio, para poderla controlar por la noche. Hizo un agujero en el suelo  con una luz y desde ahí, ella se levantaba, encendía la luz y miraba por el agujero. Tenía la cabeza tan perdida que de las sábanas hacia tiras y se comía los trozos de yeso de la calle. A veces se escapaba y había que buscarla por el pueblo. Casi siempre aparecía en la casa de unos ricos donde en tiempos de juventud sirvió. Entre tanto mi tío Félix se quedó viudo de la tía Agustina. Fue entonces cuando le mandaron a Colmenar de Oreja de jefe de la luz y allí se enamoró de una mujer y se casó con ella a los tres meses justos de enviudar. Se llamaba Valentina. Un día vinieron a ver a la abuela Flora y le propuso llevársela para que mi madre descansara. Pero esta Valentina no pareció gustarle demasiado. Accedió y le montó un dormitorio en un torreón donde la tenían encerrada para que no escapara. Una noche se levantó y como no pudo abrir la puerta abrió el balcón, en pleno invierno, con frío, lluvia... Al día siguiente cuando subieron a buscarla estaba muerta. A esta mujer nunca se le tuvo simpatía. Se le culpó de aquella muerte y de la de la hija de Félix, Carmen, que enfermó con 16 años y también murió. En aquel la tiempo la gente se moría fácilmente.

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Nací en Santa Cruz de la Zarza, provincia de Toledo, el 26 de marzo de 1936 en el seno de una familia de clase media. Llegué al mundo al fin...