Nos
volvimos a Alcalá de Henares montados en el mismo camión de mudanza. Cargados
con las camas, los colchones y nosotros dos. Los niños se habían trasladado
previamente a Alcalá y también, previamente, estuvimos tanteando donde nos
íbamos a establecer. Valoramos la opción de irnos al pueblo con mis suegros,
pero tampoco intuimos muchas facilidades en el retorno. Santa Cruz ni siquiera
nos lo planteamos, ya no nos quedaba familia allí porque todos mis hermanos se
habían ido a vivir a las afueras de Madrid.
Hubo una partida de todos ellos que, hasta
el momento trabajaban en el pueblo. Ocurrió cuando los jefes de Madrid
decidieron agrupar oficinas y cerrar la de Santa Cruz. En ese momento mi padre
ya estaba jubilado y fue mi hermano Julín el primero que, al ver que se quedaba
sin trabajo, se puso a buscar a través del periódico nuevas opciones laborales,
y las encontró en una empresa de aviones establecida en Getafe. En la página de
empleo se indicaba que se necesitaban electricistas que revisaran motores. Como
él era muy lanzado enseguida se presentó allí y, tras una prueba le aceptaron
para trabajar. Además del cambio, irse a Getafe suponía cobrar más de lo que
ganaba hasta el momento, y así, sin darle muchas vueltas hicieron las maletas y
se fueron de Santa Cruz. El matrimonio, en ese momento solo tenían a mis dos
sobrinas mayores, Rosi y Julita.
Previamente Joaquín, desde
que se casó, se fue del pueblo a vivir a Colmenar primero y después a Chinchón.
Por mi parte, yo ya llevaba unos meses viviendo en Bilbao y en el pueblo tan
solo permanecían mi hermana Isabel y mis padres, porque Julín hablo por Eleazar
y consiguió que también le dieran trabajo en Getafe, en la misma empresa que
él.
En Getafe decidieron que, de momento, ambas
familias debían comprar una casa juntos. Se trataba de una vivienda bastante
grande con un patio común que dividía ambas casas y muchos dormitorios. Esto
hacía que pasaran muchas horas juntos y el resultado no fue del todo bueno.
Aunque entre hermanos no hubo nunca problemas, entre cuñadas parece ser
que sí que hubo algún que otro roce, aunque lo cierto es que ambas mujeres se
encargaron de cuidar a los hijos del otro, sobrinas, al fin y al cabo. Y tras
algún que otro rifirrafe tomaron al fin la decisión de no continuar viviendo juntos.
Mi hermano Eleazar siempre fue más cerrado
de mente y más temeroso en general. Él sufría con el tema de revisar
aviones, porque pensaba que quizá podría hacerlo mal y eso le generaba un
cargo de conciencia que, al final, tras dos años en Getafe, hizo que
ambos hermanos decidieran cambiarse de trabajo y fue entonces cuando se
trasladaron a Roca, a Alcalá de henares, pero en esta ocasión cada
uno decidió comprarse una casa propia.
En esos años que estuvieron en Getafe,
cuando llegaban las fiestas, Isabel se iba con ellos a pasar la verbena, y en
uno de esos viaje fue donde conoció a su futuro marido, Ernesto, que a su
vez era amigo de Julín porque trabajaban en los aviones.
Ernesto vivía con su hermano, un excelente pintor de cuadros que para sobrevivir los vendía a cuatro duros por los bares y rastros de Madrid. Ernesto era andaluz, de un pequeño pueblo de Córdoba, y como muchos españoles de la época, se había trasladado al centro en busca de una vida mejor. Mi hermana en ese momento ya estaba cerca de los cuarenta, edad que se consideraba muy elevada para contraer matrimonio, pero lo cierto es que ambos se enamoraron y tras menos de dos años de noviazgo se casaron. En ese tiempo de noviazgo, Ernesto encontró trabajo en una tienda cerca de Cascorro y le ofrecieron, además, que Isabel fuera la portera de una finca cercana, y allí estuvieron viviendo alrededor de dos años En el pueblo solo quedaban mis padres, ya jubilados.
Ante la situación generada, Julín le sugirió
a mis padres que no se quedaran solos en el pueblo y se trasladaran a Alcalá
con ellos. Al fin y al cabo, cada uno estaba en un sitio, pero en Alcalá ya estaban
dos de los hijos e Isabel muy cerca. Tras mucho meditarlo dejaron la casa del
pueblo, que en realidad nunca fue suya, ya que fue una casa que les pagaba la compañía
de la luz a la que me padre había prestado servicio la mayor parte de su vida. Supongo
que con cierta tristeza, recogieron sus cosas y cerraron la casa que habían habitado
en los últimos 30 años y se trasladaron a un pequeño apartamento en el centro
de Alcalá, una casita muy pequeña y con un par de dormitorios, pero que para
ellos suficiente.
De repente estaban todos en Alcalá de
Henares.
Cuando nosotros nos vimos obligados a
volver, no nos costó decidir que Alcalá era el destino optimo, al cobijo de la
familia. Días antes del viaje, cogimos el tren para dejar a los niños aquí y visitamos
varias casas donde poder instalarnos. En pocos días compramos un piso bajo con
un patio muy grande que se estaba construyendo, pero que cuando llegamos aun no
se había acabado terminado. Sin otra alternativa, metimos todo en un guardamuebles
y nos fuimos toda la familia a vivir con mis padres a esa pequeña casa que habían
alquilado. Recuerdo que el cuarto era pequeñísimo, pero ahí nos metimos los cuatro
hasta que meses después se terminó la casa que habíamos comprado y pudimos
instalarnos en la nueva casa.
El principal problema que tuvimos al
llegar es que, aunque traíamos algunos ahorros de Bilbao, el dinero se estaba
acabando y era necesario buscar un trabajo en Alcalá. Desde el primer día, mi
marido salió a buscar por las oficinas y fábricas de la ciudad, pero el
problema es que nadie nos conocía y además él venía aún enfermo. Visto que no
tenía éxito, una mañana me arreglé y me fui a las oficinas de Roca a hablar con
quien fuera. En aquel tiempo toda la ciudad funcionaba y vivía de la fábrica de
Roca y, aunque mis hermanos ya habían salido de allí para trabajar en un taller
eléctrico del centro, estaba segura de que yo podría persuadir a quien fuera
para que le dieran trabajo.
Hice la entrevista por él y les conté la
verdad. Les dije que nos habíamos trasladado por enfermedad y que él había estudiado
una carrera, que era muy inteligente y bueno en temas contables. Sin más me
dijeron que fuera por allí, que querian conocerle. En principio no pensaban que
fuera a la oficina, sino a producción, pero cuando le hicieron revisión médica comprobaron
que no era apto para trabajos físicos y le ubicaron en otro lado. A nivel
oficina no había puestos libres en ese momento, pero finalmente le contrataron
para el almacén. No era una gran cosa, pero en pocas semanas habíamos
conseguido un trabajo e ingresos suficientes para sustentar a la familia. Mucho
no le duro, eso si es cierto. Allí permaneció alrededor de 6 o 7 meses porque
no le gustaba ese trabajo, no tenía turnos ni nada, era simplemente una oficina
en el almacén, pero creo que sentía que el valía para más. Entre medias, por
fin, nos dieron la casa de La ruta y con ello ganamos mucho espacio y
comodidad.
Mi hermana Isabel comprendió que si ya estábamos
todos en Alcalá, ella también quería venirse a la ciudad, y de la misma manera
que busqué trabajo para mi marido, lo busqué para mi cuñado. Nuevamente, con la
misma táctica, me fui a hablar por un puesto que había visto que estaba libre en
una ferretería de la calle Mayor. Era un almacén enorme donde hable por él y
tras responder algunas preguntas decidieron contratarle.
Por
unos meses, menos Joaquín, estábamos todos viviendo en esa ciudad que finalmente
ha sido la mía.

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