viernes, 23 de abril de 2021

La abuela


 Entre todas estas cosas, falleció mi madre. La abuela. Falleció apenas nueve meses después de que muriera mi padre, y eso hizo que volviera sumirme en una pena muy grande. Mi madre tenía un carácter especial, muy tranquila, pero con arranques, como todos.

Tras la muerte de mi padre, mi madre se vino a vivir con nosotros porque no queremos que se quedara sola en la suya. Asi que reorganizamos la casa y en una de las habitaciones pusimos una cama de matrimonio para que durmiera ella con Paqui, que tenía en ese momento 10 años nada más. En un dormitorio estaba José, en otro ellos y la niña, que aún era muy pequeña, en una cuna con nosotros. Ella no estaba bien y yo lo sabía. Creo que su bálsamo fue tener a Rosana en brazos. Le gustaba acunarla constatemente y en cuanto que la dejaba en la cuna, lloraba. No supo superar el duelo en ningún momento. Cuando mi marido se levantaba para ir a trabajar, siempre pasaba a saludar a mi madre. Muchos días me decía, levántate y ve con ella, que no para de llorar. Mi marido siempre quiso mucho a mis padres, a los dos, y se preocupaba. Algunas veces no íbamos a la finca, pensando que como le gustaba tanto el campo ahí mejoraría. Pero no fue asi, era tal la tristeza que tenía que no le apetecía nada. Aquellos 8 meses que sobrevivió a mi padre, en realidad no los vivos.

Cuando llegó agosto, vimos que no estaba mejorando, que seguía con la misma pena y cada vez peor. No se metía en conversaciones, no tenía ilusiones de ningún tipo. No conseguía entender porque su marido se había muerto antes que ella. Apenas dormía, mucho menos comer. Cualquier cosa que cocinara, apena lo probaba. No quería seguir. Fue perdiendo peso muy rápidamente. 

Uno de los días que íbamos a misa, Isabel, mi madre y yo, cuando salimos le dije a mi hermana que estaba muy preocupada por ella. Me pregunto qué tal estaba madre y le conté todo lo que estaba pasando, lo mal que comía. Asi que ella me propuso llevarla a su casa. Como a ella le daba todo igual, le dijo que sí. Mi cuñado Ernesto que nunca tuvo filtro le dijo entonces que yo le había echado de casa. Eso le sentó muy mal, y se enfadó conmigo. Hable con ella para explicarle que todo eso no era cierto, que lo único que estaba buscando el bien para ella, que por mi mejor estaría en casa conmigo, pero ya no quiso volver. Se quedó en casa de mi hermana hasta el final, menos unos días que se fue tambien con Julín a Madrid. Ellos se llevaban muy bien, probablemente, de los chicos el que más. Todos los domingos venía a visitarla a ver si se alegraba, asi que la invito el día de la madre a irse con él, pero apenas estuvo unos días. Se constipó y pidió volverse a Alcalá. Y ya de eso no se recuperó. Murió en casa de mi hermana el 18 de diciembre del mismo año que él, apenas unos meses de diferencia. Don Luis, el médico privado que teníamos en aquel entonces, me dijo que, aunque para los que nos quedamos sea duro, hay personas que deciden que no quieren seguir viviendo, y hay que respetarlo por difícil que sea. Ella decidió que, sin mi padre, no quería seguir aquí. Creo que eso es algo que se ha mantenido en la familia, porque varios de mis hermanos parece que han decidido cuando han querido marchar.

A veces pienso que la vida de mi madre fue bastante triste. Paso una guerra, hambre, se quedaron sin dinero, criaron hijos. Poco más. Sin demasiados sobresaltos. Aun creo que fue feliz. En casa siempre nos llevamos bien y eso le satisfacía. Su matrimonio fue bueno, se quisieron, nunca regañaron. Tuvieron una vida acorde a lo que tocaba vivir en ese momento. 


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