domingo, 30 de mayo de 2021

Joaquin



Mi hermano Joaquín fue toda la vida un alma libre. Tanto que apenas sabíamos en casa lo que pasaba con su vida,  y no por discreción sino por su forma de ser. De pura casualidad conocíamos, por que se le escapaba, que tenia una novia en Madrid o en Colmenar o en algún pueblo de los alrededores. El recuerdo que tengo de él, como el de todos mis hermanos, es muy bueno. A mi siempre me quiso muchísimo, no se si por ser la pequeña o porque congeniábamos bien, pero siempre nos quisimos muchos. No pasaba lo mismo con mi hermana Isabel, con la que se llevaba bastante mal. Él pasaba de todo, e Isabel siempre le estaba picando por todo. Joaquín, fue el segundo en orden de nacimiento, el primer varón de la casa y por eso fue acogido por mis padres con mucha alegría. Fue el primero que Nació en Santa Cruz, al muy poco tiempo de trasladarse allí. Con mis padres era difícil llevarse mal, tenían muy buen carácter ambos, pero él en particular, empatizaba muy bien con ellos. Además de esto, no se le ponía nada por delante, si quería hacer algo lo hacia, sin pedir permiso a nadie ni dar explicaciones. Era divertido y con una enorme afición por la música y tocaba con bastante destreza el Laúd. De soltero solía juntarse con mis otros hermanos en las casas de los amigos y allí ensayaban. Un señor mayor de nombre Agapito Gabaldón, mas borracho que una cuba, fue el que le enseñó a tocar. Mi hermano fue una persona muy social, dulce y cariñoso, con una gran capacidad de hacer amistades con todo el mundo.
Había una señora en el pueblo que ayudaba a todos los partos, Marcelina, a la que él le tuvo mucho cariño. En verano, cuando salía a cobrar la luz por el pueblo, pasaba a verla cuando tenía mucho calor y ella le preparaba un agua de anís y se sentaba con ella a hablar hasta que pasaba la tarde.  Igual que cuando le dolía algo, que siempre acudía a la tía Marcelina. Esa mujer le quiso como un hijo y él a ella.

Como ya he comentado con todos los hermanos se llevó bien menos con Isabel, aunque se quisieron


mucho y con el tiempo volvieron a congeniar. Tuvieron serios problemas porque ella, que al ser la mayor era muy fisgona y mandona, le abría las cartas que le enviaban las novias y después le contaba a mi madre intimidades que no debía contar. 

Lo cierto es que de joven, hasta que se casó, Joaquín fue un hombre que tuvo mucho éxito con las mujeres. En una ocasión se hizo

novio de una muchacha de Madrid que se llamaba Sofia y que  veraneaba con sus padres en Santa Cruz. Se hicieron novietes en verano y en invierno, como iba mucho a Madrid a cualquier recado o cuando el jefe le enviaba a llevar la recaudación, siguió visitándola. Tomaba un tren en el pueblo que tardaba un par de horas y allí él aprovechaba para pasar el día con ella hasta el tren de regreso a las 6 de la tarde.

Yo entonces era muy joven y apenas me enteré de nada. El tema es que, a la par que con Sofía, se echó a otra novia en Madrid que llamaba Rolindres y que por azares de la vida se convirtió en la novia oficial. Pero él no dejo a la anterior. Y no solo esa fue la casualidad sino que además ambas mujeres trabajaban de costureras en la misma tienda. Pero él lo desconocía. Un día  Rolindres le dijo a Sofia que estaba feliz por que esa misma tarde iba a ver a su novio. Sofia le indico que también iba a verla ella, así que decidieron juntarse los cuatro que en realidad eran tres.

Quedaron en una parada de metro y cuando las vio salir a las dos del brazo, tuvo que meterse al metro y salir corriendo a Santa Cruz. Así que las dos dedujeron que era el mismo y le dejaron. Y de todo esto en casa nos enteramos no porque el lo contara, sino por las cartas que abría Isabel.

No escarmentó y enseguida se echo a otra novia en Santa cruz, que se llamaba Pili y era tartamuda. Aquella mujer no era guapa ni de buena familia, pero a él le gustaban todas. Para esa familia mi hermano era un buen partido y le acogieron con ímpetu pero le mandaron a Colmenar a trabajar y allí conoció a Lucia, de la que se enamoró de verdad y con la que finalmente se casó y acabó su vida de soltero.

Lucia era hija única. Provenía de una familia acomodada. Su padre trabajaba en la eléctrica igual que mi familia. Cuando mi hermano llegó allí precisamente a quien primero conoció fue al padre de Lucia. Este matrimonio  había heredado tierras por ambas partes, y las tenían arrendadas por lo que vivían cómodamente.

En cuanto conoció a Pepe, su futuro suegro al que llamaban el tio pequeño porque media dos metros, enseguida hizo amistades con el y la familia, y lo cierto es que Lucia le gusto mucho mas que las anteriores. Noe s de extrañar. Era un mujer muy guapa, tenia porte y un aire especial, único. Estuvieron de novios muy poco tiempo, quizá un año o año y medio durante los cuales todos los domingos fue a visitarla en bicicleta hasta que le dieron traslado allí. 

Se casaron en Colmenar y se celebró la boda en una casa que tenían cerrada. Mi madre se llevó un cordero, tortas y garrafas de vino. Una furgoneta enorme cargada de comida y bebida. Fue mucha gente de ambos pueblos, la familia y el jefe y su señora que fueron los padrinos 

Al poco tiempo de casados, Lucia se quedó embarazada y transcurrieron los nueves meses de embarazo, pero en el parto la niña se asfixio. Aquello fue una desgracia para todos pero sobre todo para mi madre que lloró muchísimo por esa primera nieta perdida. Lucia lo pasó muy mal, tuvo serias infecciones por el mal parto. Asustados, un día nos fuimos mi madre, mi hermano Eleazar y yo a verlos a, y cuando la vio se dio cuenta de que debía verla un médico. Le exigió llevarla a Madrid para que la revisaran en la equitativa.


Pasaron bastantes años hasta que volvieron a poder tener hijos. Por suerte llegó Angelines y luego Carlos, y estoy segura que fueron muy felices durante todo su matrimonio. En Colmenar estuvieron cinco o seis años hasta que le trasladaron a Chinchón. Allí la compañía de la luz le ofreció un buen puesto y una casa enorme, con un bonito  patio empedrado y rodeado de columnas y parras que siempre daban sombra. 

Joaquín era el más alto de todos mis hermanos, delgado, con el pelo oscuro y muchísimo sentido del humos. Jamás lo perdió, ni el humor ni su forma de disfrutar de la vida. Siempre tuvo un chiste, o algo que contar. A su mujer la quiso muchísimo, y estoy segura que toda su vida estuvieron enamorados como al principio. Ambos fueron haciéndose mayores. Mi recuerdo de Lucía es que según fue madurando fue adquiriendo aun más porte del que ya traía. Guapa, muy guapa, siempre perfumada y bien vestida, pero sobre todo fue una mujer muy dulce. En Chinchón vivieron casi hasta el final.  Tuvieron varias casa. Angelines creció y estudió medicina y enseguida tuvo que marchar a trabajar a otras ciudades. Se construyeron una casa en la vega, con un molino y y mucho terreno.  Cuando Lucía enfermó tuvieron que marchar cerca de su hija a Málaga y allí acabaron sus días. Lucia falleció cinco o seis años antes que él. Joaquín se marcho un 24 de diciembre, en plena navidad tras un problema provocado por la diabetes, enfermedad que arrastraba desde juventud a los 86 años. Los dos volvieron para ser enterrados en Colmenar.

viernes, 28 de mayo de 2021

Y me hice novia

Todo comenzó cuando murió la mujer de mi tío Pascual. El hermano de mi padre fue un hombre que estuvo muchos años de su vida enfermo. Prácticamente desde que en la guerra de África le pegaron un tiro en el estomago y ya siempre vivió con problemas. Era costumbre entonces que cuando un hombre mayor se quedaba viudo, alguna hija si la tenía, o en su defecto sobrina, se fueran a cuidarlo. Los hombres siempre han tenido problema para solucionarse la vida sin una mujer cerca. Así pues,  escribió una carta al pueblo y le pidió a su hermano que le dejara alguna de sus hijas para no estar tan solo. Y mi padre aceptó, así que un día, por que sí, mi hermana Isabel se fue a Barcelona, nada menos que a Barcelona, a cuidar a un tío al que hasta la fecha veíamos una vez al año.  Ella, con tal de ver mundo, hasta le pareció bien. Ya contaré en otro capítulo las andanzas de mi hermana en Barcelona, donde casi la detienen por juntarse, sin que ella lo supiera, con uno grupo de comunistas.


Mi hermana se fue con él a principios de año. Cerramos temporalmente el taller de costura y yo me quedé en el pueblo esperando que llegaran las fiestas de Santa Cruz, para volver a verla. En agosto vinieron a pasar unos días y, no sé como lo consiguieron, pero Isabel convenció a mis padres para que me fuera yo también a Barcelona a hacerlos compañía a ambos durante unos meses. Estuve con ellos hasta navidad que me volví sola en un tren que tardó una eternidad en cruzar España entera. Recuerdo que en el vagón donde estaba aparecieron dos guardias civiles preguntándome quien era y porque siendo menos viajaba sola.. Al principio de los años cincuenta, el país aun no era todo lo seguro que es ahora. Por entonces, para viajar había que llevar un permiso de los padres, y como no lo llevaba me fueron escoltando todo el viaje hasta Madrid.

Cuando llegué al pueblo, para entretenerme, me puse a hacer el ajuar, aunque aun no tenía novio ni pensamiento de casarme. Y retomé mi vida pero sin el taller de costura. Volví los domingos a misa y a pasear por la plaza, y al baile y el vermut. 

Fue uno de esos días cuando mi amiga Gloria, prima de mi cuñada Rosi,  me dijo con mucho misterio que había llegado en los días previos a mi llegada, un forastero  muy gracioso y que además ya ayudaba a misa. Fue una conversación sin más y a la que no presté atención. Al pueblo no solía llegar gente nueva por que si, así que cuando una nueva familia o alguien se instalaba allí, era motivo de rumores. nunca llegaba nadie nuevo. Fuimos investigando y nos enteramos que aquel muchacho medio rubio y de ojos claros era el hermano de la nueva telefonista del pueblo. 

Antiguamente, la compañía de teléfonos ponía una casa en cada pueblo, y destinaba a una persona que se encargaba de la centralita. Cuando alguien quería comunicarse con alguna número, tenían que pasar primero con la telefonista y ella conectaba unos cables en una maquina enorme y llena de agujeros donde pasaba la comunicación con el abonado. A María Luisa, mi futura cuñada, le ofrecieron Santa Cruz y decidió trasladarse desde Quintanar a allí, y a su madre, para que no estuviera sola en pueblo ajeno, se le ocurrió que le acompañara su hermano que en ese momento estaba estudiando y podía continuar a distancia. 

Como mi amiga Gloria era sobrina de los dueños de la casa de teléfonos, enseguida hizo amistad con la chica y su hermano. Recuerdo que mis amigas empezaron a decir que el forastero era muy gracioso, que contaba chistes, que vestía muy bien, y a mi cuanto mas me hablaban de él peor me caía. Además de eso yo estaba medio enamorada de un muchacho del pueblo que me gustaba mas. Lo cierto es que a mi, el hermano de la telefonista, al principio, no me interesaba nada. Pero yo a él, si. Un domingo, Gloria me dijo que el chico había estado preguntando por mi.  Quería saber cuantos años tenía yo, como era mi familia, si tenia mas hermanos y hermanas. Preguntas que se hacían cuando había interés, y eso fue también lo que despertó cierto interés en mi. Uno de los días me pidió bailar y yo le dije que si. Y me gustó. Y bailamos juntos ese día y al domingo siguiente, y al otro. Hasta que me di cuentas de que ya solo bailábamos uno con e otro, todos los domingos. Uno de esos días, al acabar el baile me acompañó hasta mi casa, y ese día nos hicimos novios. 

estuvimos varios meses saliendo juntos a diario. EL venia a verme a la puerta de casa y yo iba a


teléfonos cuando tenía un rato libre, pero Julio era un hombre bastante recto, sobre todo con su hermana. Un hombre de su tiempo con un control fuerte sobre su hermana, a la protegía en exceso, apenas la dejaba salir y mucho menos echarse novio. Las cosas entre ellos se complicaron cuando María Luisa conoció a Gregorio, el que luego fue su marido y a Julio no le gustó. Cosas de los pueblos y del momento, donde el hombre podía hacer de todo pero la mujer no. Yo creo que fue demasiado protector con ella y eso les complico un poquito la convivencia, así que ella, mas lista que él,  para deshacerse de su hermano una temporada, le buscó un trabajo en Madrid. Es comprensible, sobre todo después de que una noche de los mayos terminara dándole un guitarrazo a Gregorio por ir a rondarlas. Los mayos son unas fiestas en las que los jóvenes, entre otras cosas, van a cantar bajo el balcón de las chicas que les gustan, y Gregorio hizo lo propio, algo que a su hermano no le gustó, así que le dijo que no, el otro que si, y acabó en un guitarrazo. La mejor manera de dejar ese noviazgo tranquilo era irse a Madrid. Nosotros ya llevábamos de novios dos años y para mi fue un drama. De vernos a diario a vernos cada quince días, tiempo en el que sabía de él por las cartas que nos enviábamos. Encima, al estar ennoviada y no estar, salir con las amigas ya no estaba bien visto, así que me quedé un poca sola en el pueblo y un poco asustada de que no volviera mas. Comenzó a pasárseme por la cabeza la idea de casarnos.

Madrid, era una ciudad cara y ganaba poco dinero. Además de trabajar, compaginaba con la carrera donde estudiaba de oyente.  Estuvo ocho días malo y durante ese tiempo nadie le atendió ni le visitó. Debió pasarlo realmente mal porque le llegaba para comer, y pienso que ahí también se le ocurrió la idea de casarse. Cuando mejoró, y como siempre fue muy resuelto, consiguió el contacto de una amigo de su padre, un hombre muy mayor que vivía del cuento y conocía a todo los camareros de Madrid, se hizo amigo de él con el único fin de comer y no pagar en ningún bar, y así subsistió hasta que terminó de estudiar y regresó al pueblo con la certeza de casarse conmigo. El primer problema es que, como era menos de edad, su madre no quiso darle permiso. Aunque al final recapacitó y le dejó casarse. Preparamos la boda a pesar de que ni mis padres ni su madre estaban de acuerdo en que nos casáramos tan jóvenes. Pero lo conseguimos y con veintiún años yo y veintidós él, contrajimos matrimonio en Santa Cruz. A partir de ahí comienza otra historia.

martes, 4 de mayo de 2021

Julín

Julín fue el penúltimo de los varones. Nació en Santa Cruz, como casi todos nosotros. Me contaron que cuando yo nací  y él tenía ya siete años, fue a verme a la cuna  y lo primero que hizo fue preguntar a mis padres como había llegado hasta allí. Para dar respuesta a la cuestión no se les ocurrió otra cosa que decir que me habían encontrado en un agujero junto a la línea de la luz. No eran tiempos aquellos de  explicar nada a los niños y menos aún sobre estas cuestiones. Asé que él estuvo un rato junto a la cuna pensando no se sabe qué y después desapareció. Pasaron las horas y cuando llegó la hora de comer aún no había vuelto y en casa empezaron a preocuparse. Lo único que hizo fue ir en busca del agujero donde me habían encontrado asegurando que era cierto, que el lugar exacto estaba junto a la línea. Ese era Julín desde pequeño, una persona inquieta y curiosa. 


Los primeros recuerdos que tengo de él son de cuando mi hermano era adolescente, sobre quince años o dieciséis años, y prácticamente ya era novio de quien fue su mujer toda la vida, asi pues, él y la que durante toda la vida fue su mujer vienen a mis recuerdos casi a la par. 

Julín fue un hombre guapo, como todos mis hermanos. Tenía el pelo muy negro, ligeramente ondulado y coqueto, porque siempre se cuidó el pelo mucho. Todas las noches se lo lavaba antes de meterse en la cama. Mi madre le regañaba porque decía que si hacía eso y después se acostaba con el pelo mojado, se le  pudriría y se acabaría cayendo. Y así fue, aunque nunca se supo si por lavarse el pelo o porque simplemente le tocaba, pero pronto empezó a notar que clareaba la cabeza y que se le caía con frecuencia, así que fue al médico y este le dijo que para mantener el pelo sano tan solo debía tomarse una cucharada de azufre diluida en agua. Desde luego el remedio no fue eficaz, porque a los 23 años se quedó calvo para siempre. 

La alopecia coincidió con el inicio del servicio militar en África y cuando regresó de este ya era calvo del todo. Allí, otro médico sentenció que se le caía el pelo porque le había picado una mosca africana. Yo creo que ni una cosa ni otra. Se quedó sin pelo porque le tocaba, nada más. 

En el servicio militar se pasó dos años y desde allí nos enviaba cartas con regularidad donde incluía pequeños obsequios: lazos para mis trenzas, medias de cristal y otras cosas exóticas que en España aún no existían.

Julín tenía la cara redondita. Era algo más bajo que Joaquín pero más alto que Eleazar. Los ojos oscuros y achinados fue un rasgo que nunca supimos de donde salió pero que debió heredar de algún antepasado y que él ha legado a algunos de sus descendientes que siguen manteniendo esa mirada especial que parece siempre sonreír. Era moreno, y como durante la adolescencia tuvo algo de acné (que también dijeron que se le solucionaría con azufre) se le quedó en la piel alguna pequeña marca que él solo se hizo por ponerse delante del espejo y apretarse los granitos. 


Siempre se le llamó Julín, desde que nació. Se le adjudicó el diminutivo con el único fin de distinguirlo de mi padre que también se llamaba Julio. Tanto se usó  que cuando creció se le siguió llamando igual. Tenía un carácter muy dulce. No regañaba nunca con nadie. Era hombre tranquilo que únicamente se enfadaba cuando el tío Faustino, el padre de su novia, los seguía por la calle y tenían que salir disparados cada uno por un lado, para que no les pillaran de la mano o del brazo. En ese momento regresaba a casa echando humo, pero a los diez minutos se le pasaba y volvía a su calma natural. Desde joven fue tan afable que cuando mis padres le decían algo su respuesta tan solamente era una sonrisa. Así es como siempre recuerdo a mi hermano, sonriendo.

También recuerdo su gusto por la música. Le gustaba mucho tocar el laúd, como a todos mis hermanos. Fue una afición que mis padres fomentaron en todos ellos, así que en un cumpleaños le regalaron uno y todos los días con paciencia fue aprendiendo a pulsar las cuerdas y hacer que sonaran bien. Con los años tocó el laud con destreza.  Él era muy autodidacta y siempre le gustó estudiar. Con veinte años hizo una galena. Una galena es una caja de madera que lleva dentro unas pilas y unos auriculares para escuchar la radio. Se matriculó en Barcelona para hacer un curso de radio y televisión a distancia. Desde allí le enviaban los libros y se examinaba sacándolo todo con buena nota. Después con los mismos libros estudiaron el resto de mis hermanos.

Con esto aprendió tanto que  llegó incluso a hacer una emisora de radio. Así que se juntaba con los amigos y  hacía programas y lo mismo radiaban un partido de futbol, que tocaban el laúd, o hacían tertulias. Tuvo éxito  y medio pueblo escuchaba los programas que emitía desde casa.

Viendo que funcionaba comenzó a fabricar aparatos de radio que vendía por el pueblo. En realidad es que él siempre fue un hombre emprendedor y lleno de ideas. 


Mis hermanos se llevaban muy bien los tres, no había preferencia unos por otros. Siempre iban juntos. Juntos tocaban la guitarra, juntos salían a los mayos. Juntos trabajaron codo con codo. Fuimos, en definitiva,  unos hermanos que nos quisimos de verdad. 

A los 14 años conoció a la que fue su primera y única novia, y después mujer, Rosa, Rosi, Rosalía, Rosario... Nunca se aclaró el verdadero nombre de mi cuñada, pero para nosotros siempre fue La Rosi. Por aquellos entonces ella trabajaba en una sastrería muy cercana a la oficina de la luz y contaba que desde la ventana de la sastrería le miraba de reojo. Así fue como se hicieron novios pronto y nunca ni uno ni otro conocieron otra pareja diferente. Nunca se dejaron y cuando Julín se fue a la mili, poco menos que le guardó luto porque apenas salió de casa hasta su regreso. En aquellos tiempos todo era muy difícil. Su padre, por ejemplo, no la dejaba a nuestra casa porque era la casa del novio y eso estaba mal visto en el pueblo. Así que, como para nosotras era como una hermana más, ella se escapaba para venir a vernos y rodeaba todo el pueblo para que no la viera nadie. No pudimos disfrutar plenamente de su compañía en casa hasta que se casaron, a partir de ese momento ella fue una hermana mas, una hija más, simplemente una más de la casa.

Rosi se quedo huerfana de madre a los nueve años, con un hermano aun más pequeño. Su padre, Faustino, enseguida volvio a contraer nupcias con otra mujer que se llamaba Corona y enseguida esta mujer la puso a trabajar en la sastrería del pueblo. El tio Faustino tenía fama de tener mal humor, muy serio. Fue un hombre al que no recuerdo verlo sonreir. Era alguacil del ayuntamiento y el que tenía que llevar las denuncias. Como ya he dicho, nosotros siempre la llamabamos Rosi, su padre Rosalia y Julín la Dama. Ella siempre ha dicho que su nombre es Sabina Rosario.  

Estuvieron de novios casi diez años, hasta que se casaron, y quiso hacerlo de negro como respeto a su difunta madre. A partir de entonces todo cambio. Se hicieron una casa en Santa Cruz, cerca la nuestra, y cuando mi hermano se iba a trabajar ella se venía con nosotras todo el día. Creció con nosotros como y siempre nos hemos querido mucho mutuamente. Casarse le sentó bien porque le cambió el humor, siempre le gastaba bromas a mi hermana Isabel.

Alrededor de un año despues nació mi sobrina, a la que también llamaron Rosi. Fue la segunda nieta y en mi casa fue la vida entera. No era la mayor de los nietos pero si la mas cercana, y cuando nació fue como el capricho de todos porque vivian al lado y se crió en casa, con mi madre, mi hermana y conmigo. 

En el pueblo estuvieron algunos años mas, hasta que los dueños de las oficinas de la luz decidieron quitarlas de alli y ya no estaban a gusto con el trabajo. Mi padre aprovechó para jubilarse, pero Julín y Eleazar todavía eran muy jóvenes, así que como siempre fue muy echado para adelante, mandó una carta a Getafe, donde había una instalación de aviones, y se ofreció para trabajar verificando motores. No tardaron en llamarle y como el trabajo le pareció bien, aprovecho para meter también a Eleazar que tambien se había casado y juntos emigraron del pueblo a Getafe. Serían los años 50 decada en la que en España hubo una gran migración de los pueblos a las ciudades. Allí cogieron una casa a medias, pero a Eleazar no le gustaba demasiado el trabajo y la responsabilidad de los aviones. Supongo que a Julín tampoco porque busco trabajo en Alcalá, en Roca, y nuevamente se llevó a Eleazar con él.

A Eleazar le pusieron una casa de Roca, pero entonces fue Julín al que no le gustó, así que enseguida buscó otro trabajo, en esta ocasión en estudios Moro en Madrid, y se trasladó allí, donde residió hasta el final de sus días.

Todo esto coincidió con nuestro regreso de Bilbao. Mis padres, como ya no le quedaba nadie en el pueblo tambien se trasladaron a Alcala y aunque ellos ya vivian venían todos los fines de semana a Alcala, a pasarlo con la familia. Entre medias nacieron mis otros dos sobrinos: Julita y Miguel Angel.

Julín tenía un coche beige y cuando llegaba el verano y el buen tiempo nos gustaba ir con toda la familia a unas praderas que exisitian al lado del rio Torote. Cada uno con sus hijos, nos montabamos en nuestros coches, cargados de neveras, bebidas, tortillas y filetes empanados, y pasabamos el día juntos, los hermanos y un montón de niños. Fue un tiempo en el que todo parecía marchar bien hasta que murio mi padre de repente y todocambió. Nos pusimos de luto y dejamos de salir al campo y de tener vida social. Lo unico que pensamos en ese momento fue en acompañar a mi madre, nada más. 

Mientras duró el luto, Julín y mi marido fueron a dar una vuelta con los coches y terminaron en un pueblo cercano a Alcala, Pezuela de las Torres. Los dos se llevaban muy bien, como si fueran hermanos. Fueron recorriendo pueblos y pararon a tomar una cerveza en la venta del cojo, un bar de carretera ubicado en un cruce cercano a Mondejar. Como Julín hablaba con todo el mundo, conocieron al alcalde de Pezuela y conversando, este hombre les ofreció una tierra de su propiedad que quería vender. Sin pensarlo dos veces se fueron a verla y como les gustó, en el momento cerraron el trato, sin consultar a nadie. Asi que regresaron a casa y nos dieron la noticia a las mujeres que eramos propietarios de un terreno en medio de un monte. Los dos estaban entusiasmados con  la idea de tner un sitio fijo donde poder juntarnos. Y asi nació la finca. Pero lo de la finca da para muchos capitulos más. 

Mi hermano siempre estuvo a mi lado, hasta el ultimo de sus días fue hermano, amigo y complice. De todos fue el primero en marchar, cuando aun no era su momento y dejó un vacío en la familia que nunca se superó del todo. Su muerte lo cambió todo.





lunes, 3 de mayo de 2021

La boda

 La idea de casarnos surgió a partir de que el que iba a ser mi marido, enfermó. Estando en Madrid estudiando la carrera en San Isidro, cogió frío que fue transformándose en una bronquitis que le tuvo en cama más de ocho días, sin comer, sin atención y sin que nadie le atendiera. Creo que la soledad que sufrió durante la enfermedad fue lo que le hizo decidirse por pedirme matrimonio. Cuando pudo levantarse de la cama, regresó al pueblo y me dijo que no quería pasar más tiempo solo. Habló con mi madre y con mi padre, y lo cierto es que no les pareció bien. Yo era la pequeña de casa y a mis padres nos les gustó la idea. Igualmente, a su madre tampoco le pareció bien y al ser menor de edad no podíamos casarnos. 


Se preparó la boda sin el beneplácito de mi padre, que no quería ir a firmar ni mi suegra, que pensaba que me casaba porque estaba embarazada o algo similar, pero lo cierto es que simplemente queríamos casarnos. Nos casamos un 23 de julio, apenas unos días antes de que cumpliera la mayoría de edad a los 23 años.

Desde que decidimos casarnos hasta la boda apenas pasaron cuatro o cinco meses. Yo quería casarme porque tenía miedo que un día se quedara en Madrid y no regresara a por mí. Como mi suegra y mi cuñado no querían boda, mis padres decidieron que si, que se debía celebrar. Finalmente, buscaron un restaurante y se preparó el banquete. Mientras tanto, el vestido lo hicimos entre mi hermana y yo. Compramos la tela en Tarancón y decían que yo no podía tocarlo porque daba mala suerte. Así que mi hermana se encargó del corte y de la confección. Mientras, mi madre y yo nos fuimos a Madrid a comprar una corona  para adornar el pelo y encargamos el ramo de flores. 

Nos casamos en la iglesia de Santiago y fue todo el pueblo, porque como fue tan rápido y había malas lenguas que hablaban, todos querían verme. Y mi madre me dijo que atravesara todo el pueblo vestida de novia para que vieran que no estaba embarazada. 

En las bodas de antes apenas daban dinero. Se regalaban unos vasos, o cualquier cosa de escaso valor, adornos, un azucarero, una sartén... En definitiva, apenas había ajuar. Por mi parte si, por la de él nada. 

Nos casamos, hicimos el banquete y por la tarde cogimos un tren con destino a Madrid. Subieron mis amigas a despedirme y mientras hacia la maleta, mi padre me dio mil pesetas para el viaje de novios. Llegamos por la noche y dormimos en un hotel que habíamos reservado por dos días. Al día siguiente nos fuimos con unos amigos a unas bodegas y volvimos por la noche contentos de tanto vino. Fue al día siguiente cuando él me propuso que nos fuéramos a Alicante. Cogimos un tren por la noche y llegamos de madrugada y nos dirigimos a la casa de unos amigos del abuelo Luis, mi suegro, que coincidieron en la guerra.

En realidad él ya no vivía, tan solo su viuda. Era una mujer cariñosa que nos recibió con agrado. En

principio únicamente íbamos a dejar las maletas y a buscar otro sitio donde dormir, pero ella se nos ofreció para que pasáramos el resto de la luna de miel en su casa. Así pues, allí nos quedamos. Recorrimos medio Alicante. Conocimos la playa de san Juan y como hacía un día soleado, mi marido se insoló de tal manera que ya de vuelta se puso malísimo. En el camino de vuelta un médico, viendo como estaba, nos recomendó que al llegar a casa le diera mucha agua y oscuridad porque llevaba una grandísima insolación y él era muy blanco de piel. Pasó una noche muy mala y por la mañana, cuando se recuperó, la mujer que nos había acogido nos llevó a ver la casa de Alicante de mis suegros. Fue la primera vez que vi aquella casa. Estaba sucísima, llena de gente y chatarra. Esa casa no se recuperó hasta varias décadas después. 

Estuvimos un par de días y nos volvimos a Madrid. En la luna de miel me quedé embarazada de Jose Luis. Con apenas 21 años era demasiado fácil quedarse embarazada. Y en Madrid fue donde realmente empezó nuestra vida de casados.

Recien casados

     Cuando nos casamos, todo cambió en mi vida. Supongo que en la de todas las personas cambia todo cuando se casan, y más antes.  El que ya era mi marido seguía trabajando en los seguros Santa Lucia llevando la contabilidad en unas oficinas que estaban en Plaza de España de Madrid. Fue por esto que una vez terminada la boda y la luna de miel, yo me tuve que trasladar a la Capital con él. Previamente, para poder vivir en Madrid, mi marido buscó una habitación en Goya. Era de estos alquileres de la época en los que además del cuarto te daban derecho en la casa a usar la cocina. 

Fue inmediato. En cuanto volvimos de viaje de novios nos fuimos a vivir a esa habitación. Cambiar del pueblo a Madrid no me disgustó, aunque echaba de menos a mi familia y la vida que llevaba allí, y para paliarlo, como en Madrid vivía una tía mía, Angelita, que en realidad no era tía, sino prima de mi padre, me refugié en ella. Angelina tenía una tienda de todo un poco. Lo mismo vendía estropajos, qué vasos, que ovillos de lana. Tenía un hijo, Pedro, que era capitán de barco y siempre estaba de viaje, por lo que apenas se veían y debido a esta ausencia de hijo, mi tía prácticamente me adoptó y yo, que apenas tenía 22 años y estaba en una gran ciudad, me vino bien sentir que allí también tenía a alguien y durante varios meses me pasé la vida en su tienda. 

Sin saberlo, ya estaba embarazada de mi primer hijo y para matar el tiempo, aprendí a coger puntos en las medias de cristal y comencé a ayudarla en la tienda a esta tarea, sin cobrar y para matar el tiempo. Recuerdo pasar el día esperando que él llegara y nos volviéramos de paseo hasta la habitación. 

A pesar del cambio, recuerdo los meses que estuvimos allí, fuimos muy felices. Por un momento pensé que nos quedaríamos a vivir siempre en Madrid, pero ocurrió algo que hizo cambiar el rumbo. Fue en septiembre, a mi marido le mandaron a llevar una caja fuerte a un hotel. Él hizo su trabajo sin saber qué estaba haciendo. Al llegar al día siguiente a su trabajo, el portero le dijo que la empresa en donde había trabajado acababa de cerrar. Nunca supo que pasó, pero de repente estaba en la calle y sin cobrar. Alguien le dijo que le pagarían, pero nunca cobró nada de nada. Él no se atrevió a decírmelo porque tan solo llevábamos dos meses de casados y yo ya estaba embarazada y el hecho de quedarnos sin sustento podría asustarme. Así que como empezaban las fiestas de santa Cruz me ofreció ir con la familia, la pueblo a celebrarlas, y a mí me hizo ver que seguía trabajando. Así que me dejo en el pueblo y en teoría se volvió a Madrid, pero no fue así. El mismo día que me dejo allí, cogió un tren y se fue a Bilbao. No sé si llamó a sus tías contándole lo que había pasado o simplemente se le ocurrió la solución sobre la marcha, el caso es que se fue sin decir nada, y cuando llego allí me mando un telegrama diciendo que estaba allí. Me llevé un disgusto enorme, y mi suegra aprovecho para decirme que ya lo sabía, que su hijo no valía para casado, pero no fue así. Me mando días después una carta diciéndome lo que había pasado y que en cuanto pudiera volvería a por mí. Mi suegra se disgustó mucho pensando que no volvería, porque siempre desconfió de su hijo. En la carta me contó que todo lo que había pasado y que ya había conseguido un trabajo nuevo. Él buscó una habitación y cuando estuvo estabilizado, dos meses después, vino al pueblo a recogerme.

En ese momento yo ya estaba embarazada de mi primer hijo. Cuando le dije a mis padres que tenía que irme a Bilbao, se llevó un gran disgusto, pero entendieron que no había más opción que ir detrás de mi marido, y así tuve que hacerlo. Durante el tiempo en el que prepare el viaje, le llamaba a través de una cabina de teléfono. En esas conversaciones me pidió perdón por haberlo hecho de esa manera, pero se justificó diciendo que no había más alternativa que irse a otra ciudad. Desde la boda hasta que nos fuimos a Bi


lbao pasaron apenas 5 meses, dos en Madrid y el resto en el pueblo.

Yo me enteré de que estaba embarazada en Madrid. Fue mi tía Angelita, la de la tienda, la que me dijo que estaba encinta. Cuando iba allí y me ponía a coser, me daban arcadas y fue la que me dijo que eso era por el embarazo. Al principio no me lo podía creer, pero acertó. Tuve un embarazo malo, con mucha angustia y muchos problemas. Todo lo que comía lo vomitaba, así que me vinieron bien los meses que estuve en el pueblo con mi madre porque ella siempre me alimentaba y aunque lo vomitara ella decía que algo quedaría. Engordé muchísimo en los primeros meses. Alos tres meses yo ya tenía una barriga de seis.

De todas las veces que hablábamos por teléfono, en una de ellas me dijo Julio que me preparara todo que venía a por mí. Así que en el día previsto fui a buscarle a la estación y se vino a casa conmigo. Era víspera de navidad, hacía muchísimo frio en el pueblo y enseguida cogimos el tren de camino a Bilbao. Nos pasamos toda la noche en el tren, muchas horas de viaje y cuando llegamos lo primero que recuerdo es lluvia La ciudad me dio una sensación de tristeza, todo gris y lluvia constante. Tan solo llevamos un par de maletas con algo de ropa, sabanas y poco más. Era primera hora de la mañana y enseguida nos trasladamos a casa de Sofía. 

Sofía era una de las tías de mi marido, hermana de mi suegra. Era una mujer alta, corpulenta, rubia y muy dispuesta. De carácter no tenía nada que ver con su hermana. Ella era la pequeña de todos ellos. Desde muy pequeña vivió con sus hermanos en Bilbao y tenía un carácter alegre y generoso.

Nos acogió en su casa como si fuéramos sus hijos. Sacó una cama al pasillo y ahí nos colocó a nosotros. Ella quería que pasáramos la nochebuena con ellos y así fue. 

Llegamos apenas un par de días antes de Nochebuena. Sofía compró bacalao y unos aperitivos para la cena y lo celebramos junto a unos amigos de ellos en la casa. Cantamos, bailamos e hicieron todo lo posible para que la fecha me fuera amable. Recuerdo la tradición de Bilbao de los barcos tocando las campanas a medianoche. Yo eché de menos a mi familia, no tanto mi marido que tenía mucha capacidad para adaptarse, pero en general lo pasamos bien. Fue la bienvenida que me hicieron y fue buena, aunque yo no paré de acordarme de mis padres y de saber que todos estaban juntos en el pueblo menos yo. Pero se esforzaron por hacérmelo mejor. Yo había salido alguna vez del pueblo, pero siempre de ida y vuelta, pero cuando me fui a Bilbao sabía que era para largo. De hecho, me pasé tres años sin ir al pueblo. A mi madre y a mi hermana las vi en el bautizo de mi hijo, al resto pasó más tiempo para reencontrarnos.

 


domingo, 2 de mayo de 2021

Mis suegros

A mi suegro no le conocí. Tan solo sé de él a través de una fotografía que andaba en casa escondida en una caja metálica de galletas, pero sé que fue un militar de rango, aunque el rango nunca lo supe. Me contaba mi marido, que tampoco recordaba mucho de él, que nació en Lucena, donde seguramente aún queden muchos Laras, aunque es una rama de la familia de la que apenas nunca se habló. Luis, así se llamó, fue hijo de militar y siendo muy joven ingresó en la academia. Al licenciarse parece ser que le destinaron a Madrid y allí conoció a la que fue su primera mujer, una muchacha acomodada y de buena familia de la capital. Se llamaba María Menéndez y una vez casados se trasladaron a un pueblo perdido de la Mancha llamado Quintanar de la Orden, traslado que tuvo que asumir como militar. Allí tuvieron a su primer hijo, Pepe.

    Por casualidades de la vida, en Quintanar también veraneaba mi suegra con su hermana, la que fue la segunda mujer de mi suegro. Las dos trabajaban para unos marqueses, una de doncella y la otra de cocinera, y al ir allí todos los años, la mujer del abuelo Luis y mi suegra se hicieron buenas amigas.

    El caso es que esta primera mujer se puso enferma, de pulmonía contaban, y como eran amigas, mi suegra iba a visitarla mucho a la casa. Ella siempre dijo que cuando María se puso al borde de la muerte le hizo jurar a ella que se haría cargo de Pepe, quien apenas tenía nueve años. 

    Mi suegra, también Maria de nombre, siempre contó esta historia como cierta y la verdad es que cuando ella murió, a los tres meses, se casó con el viudo. Por la rapidez con la que todo se hizo, la familia de la primera mujer le retiró la palabra y nunca quisieron saber de Pepe. No debió caer bien una boda tan rápida.

Una vez casada, mi suegra dejó de servir y se dedicó a cuidar al primer hijo de su marido. Compraron una nueva casa en Quintanar y allí vivió hasta su muerte. Varios años después nació Maria Luisa y tres años después de ella mi marido. 


Mi suegra me contó que su marido era militar las 24 horas del día. Que fue una persona seria, disciplinada y poco dada a la broma. De rictus severo, entrecejo fruncido y ojos claros y profundos que han heredado alguno de mis hijos y varios nietos. Mi conclusión, sin que tenga demasiados datos, es que, o él era algo mujeriego o ella muy celosa y que no debieron tener una relación de confianza, porque cuando él salía a visitar cuarteles por la noche, ella desconfiaba y pensaba que los días que pasaba fuera no eran solo para hacer guardias. Son conclusiones mías porque mi suegra también fue una mujer hermética, seria y disciplinada. Cuando me contaba cosas sobre él, no lo hacía entusiasmada, sino con cierta rabia y siempre justificó su matrimonio en el juramento que le hizo a su amiga más que en el amor que sintió por él. Fueron otros tiempos. 

Cuando empezó la guerra a mi suegro le mandaron a cuidar el canal de agua de Madrid, pero cuando avanzó el ejército nacional, le detuvieron pensando que era rojo y le metieron en la cárcel modelo. Estuvo preso varios meses hasta que comprobaron su identidad y que no formaba parte del bando contrario, e inmediatamente le volvieron a poner en libertad. A la familia apenas le dijeron nada, simplemente desapareció, y ante la desesperación, mi suegra y mi cuñado se fueron a buscarle hasta que dieron con él, reunieron documentación y evitaron así que su propio bando le fusilara. Mientras hacían todo esto, a mi marido le dejaron con cuatro o cinco años en el Alcazar de Toledo, al cuidado de otro militar amigo del abuelo.

Mi suegro enfermó en la cárcel y ya no levantó cabeza. Padecía de bronquios, mal que ha perseguido a los Lara durante varias generaciones y pensando en la jubilación compraron un terreno y se construyeron una casa en Alicante, tierra más cálida y húmeda y mejor para las enfermedades pulmonares que la árida Castilla. Llenaron la casa de baúles para la mudanza y prepararon el viaje con tan mala suerte que antes de partir, él se puso enfermo y murió en apenas tres días. Debido a esto, mi suegra, ya viuda, decidió no moverse del pueblo. Se quedó sola con 40 años y dos hijos naturales, más el que había acogido como tal. El más mayor tenía quince años y el más pequeño seis años y una posguerra dura por delante.

Julio apenas tenía recuerdos de él. Dice recordarle en la caja, más que vivo, y yo pienso que a partir de ese momento a mi suegra se le agrió el carácter. 

De ella recuerdo todo. Era una mujer seca, poco cariñosa, árida y de gesto serio. Siempre vistió de luto, con el pelo largo y blanco recogido en un moño pequeño. Bajita, muy delgada, recia y sobre todo de mucho genio. Ella y yo nunca nos llevamos bien, aunque muchas veces, ya de mayor, cuando enfermaba, me iba al pueblo a cuidarla. Julio me pedía que me fuera con ella para quedarme una semana o algo más y que no estuviera sola. Entonces, me sentaba junto a la cama y como María dormía poco, por las noches me iba contando todas estas cosas que ahora narro aquí. 

Con el tiempo he aprendido a no juzgarla, su vida fue difícil y se endureció. 


Yo nunca supe si me tuvo en estima o no, si terminó aceptándome como nuera o simplemente trago porque no le quedaba otra. Por su carácter yo siempre sentí que no me trataba del todo bien, pero tal vez fue solo por su forma de ser. A veces me decía a la cara cosas que me hacían daño, pero luego recapacitaba y regresaba más suave para intentar solventarlo. Con el tiempo nos fuimos conociendo y creo que consiguió quererme y respetarme. Prefiero quedarme con esa sensación y no con otras.

Ella murió casi con noventa años. En vida siempre dijo que quería ser amortajada con el hábito de la virgen del Carmen y cuando entendimos que llegaba el final, compre tela marrón y le cosí a mano la mortaja para que se la pusieran en su último viaje. Nunca me pesó cuidarla a pesar de que nuestra relación no fue buena. Hice lo que debí y pienso que ella lo supo ver. 

sábado, 1 de mayo de 2021

Bilbao

    Días antes de llegar a Bilbao, mi marido buscó una habitación con derecho a cocina en Barakaldo. Era amplia y formaba parte de una casa muy grande y con una terraza enorme que rodeaba todo el edificio. La sensación que tuve al entrar fue de absoluta soledad. Echaba de menos a mis padres y eso me provocaba una pena constante que conseguí superar con el tiempo. Mi marido comenzó a trabajar en una empresa de barcos. Encontró el trabajo a través de su tía Sofi, que antes de llegar a Bilbao ya se lo había buscado. Era un trabajo que necesitaba de muchas horas. Se levantaba muy temprano para volver tarde. Fue allí donde conoció a un matrimonio vasco, Mila y Gerardo, y a un vallisoletano que se apellidaba Pastor y que se convirtieron en unos de nuestros mejores amigos.

En la casa donde estaba la habitación vivían los dueños con su hijo, ella se llamaba Santiaga y él Faustino y siempre estaban regañando, además de ellos convivíamos con una señora viuda con tres hijos que procedían de Cáceres. Como mi marido trabajaba todo el día y yo no conocía a nadie, me pasaba el día en la habitación esperando que dieran las 6 de la tarde y regresara mi marido y poder hacer algo. 

A los 6 meses de estar allí nació mi primer hijo, Jose Luis. Fue un parto duro porque no tenía a nadie. Recuerdo que me puse de parto sobre las cuatro de la tarde y no tenía a quien localizar, así


que aguanté como pude con ayuda de las mujeres de la casa y me llevaron al hospital de Cruces donde nació él. Fue difícil porque entre la espera y los cuatro kilos que pesaba el niño, para una primeriza como yo se convirtió en algo difícil. Los médicos apretaron con el puño en la parte alta de la tripa para que el niño naciera. Llegó un poco asfixiado, pero salió adelante. Lo llamaban en el hospital el mozo de cruces, de lo grande que era. Todas las noches se lo llevaban a un nido para que yo descansara y me lo traían por la mañana. Pero el segundo día el niño no me lo subieron. A mí me extrañó y pregunté por él, pero nadie sabía donde estaba. Lo encontraron en el nido con una manta encima, y, tanto, me preocupé tanto que enseguida regresamos a la casa.

El mismo día del parto vinieron mi madre y mi hermana a visitarme y a ayudarme. Cogieron el primer tren que encontraron y viajaron a Bilbao. Todos nos quedamos en la misma habitación, cuatro adultos y un niño. Estuvieron poco tiempo, hasta el bautizo que fue ocho días después. A los dos o tres días también vinieron mi suegra y cuñado para asistir. Mi hermana regresó, pero mi madre se quedó unos días más porque a Jose Luis le comenzaron a salir una especie de salpullidos que nos asustó. Me fui al médico y me dijo que el niño estaba envenenado por algo que le habían dado en el hospital y que probablemente no saldría con vida de eso. Me cogí un berrinche enorme, recién parida y con ese susto. Regresé a casa y una vecina me vio tan mal que me preguntó que me pasaba y me recomendó un médico particular que era muy bueno, el problema es que no tenía dinero para pagarlo, así que mi madre buscó el dinero y lo llevamos y este médico me dijo que sobreviviría, que lo que padecía no era tan malo, que debía bañarle con agua de harina. Que se pelaría entero pero sobreviviría. Yo empecé con el tratamiento que era sumergirle en agua con harina de trigo y efectivamente, tras un mes, se fue pelando, pero al mismo tiempo fue recuperando.

La vida en la casa compartida comenzó a ser incómoda. La cocina, donde se convivía con el resto, era el lugar de encuentro de las familias que ocupábamos las habitaciones, y lo cierto es que con la señora viuda no me llevaba bien. Por alguna razón, no me quería y me hacía las cosas difíciles. Me apartaba la comida del fuego, quitaba mis cosas del barreño de fregar y, en definitiva, hacía la situación difícil. Un día le dijo a julio que ya no podía más con la situación y que debíamos buscar otro sitio. Así que, habló con un compañero suyo del trabajo y le preguntó si sabía de alguna casa donde pudiéramos alojarnos y nos recomendó una casa de una vecina suya que necesitaba a alguien que la cuidara y que la hiciera compañía.

Fuimos con este matrimonio a ver la casa y esta mujer, muy cariñosa, nos dijo que sí, que os fuéramos con ella. La casa tenía tres habitaciones, pagábamos la mitad y teníamos de las tres, dos habitaciones para nosotros, así que dijimos que si, el plan era perfecto. O eso pensábamos.

La mujer se llamaba Marcelina, tenía un hijo y se llevaban fatal. Vino a hablar con nosotros y nos advirtió que su madre no estaba bien de la cabeza, que la soledad no le sentaba bien, y que fuéramos con ella incluso gratis. Así que nos mudamos allí. De repente teníamos dos habitaciones y un cuarto de estar donde mi marido, cuando terminaba de trabajar, daba clases, parecía que todo iba mejor.

Empezamos a notar cosas raras cuando nos dijo a los pocos días que por las noches venía su difunto marido a visitarla, que unas veces la insultaba y otras hablaba con ella. A mí empezó a darme un poco de respeto. Esta mujer le hacía muchas carantoñas a Jose Luis, pero el niño no dejaba de llorar desde que llegamos alli. Se despertaba por las noches con los ojos fijos en un rincón como si viera algo. Cada vez estaba peor. Mi amiga Mila, esposa del compañero de trabajo de Julio me recomendó para coser otra casa. Era una familia que vivía en la sede de Falange, que estaba justo enfrente, y por las tardes me iba allí a coserle el ajuar al hijo. Hablando un dia me preguntó que donde vivia, y le dije que con Marcelina. Entonces me dijo que me nadara con cuidado, que tenía mala fama, de bruja o de mala persona. Entonces le comenté lo que estaba pasando con mi hijo, que no paraba de llorar y que se despertaba por la noche. Así que me recomendó ir a san Felicísimo, un santo incorrupto que había al otro lado de la ría y que tenía fama de hacer muchos milagros. Me dijo que fuéramos a escondidas, sin decirle nada a ella. Y asi lo hicimos, oímos misa y le pusieron unos escapularios, y en cuanto llegamos a la casa, la vieja adivinó de donde veníamos. El niño dejó de llorar y se tranquilizó, pero yo, nuevamente, ya no estaba a gusto, asi que decidimos que era el momento de comprar una casa en Bilbao, una casa para nosotros solos.

El día que nací yo

Nací en Santa Cruz de la Zarza, provincia de Toledo, el 26 de marzo de 1936 en el seno de una familia de clase media. Llegué al mundo al fin...