Todo comenzó cuando murió la mujer de mi tío Pascual. El hermano de mi padre fue un hombre que estuvo muchos años de su vida enfermo. Prácticamente desde que en la guerra de África le pegaron un tiro en el estomago y ya siempre vivió con problemas. Era costumbre entonces que cuando un hombre mayor se quedaba viudo, alguna hija si la tenía, o en su defecto sobrina, se fueran a cuidarlo. Los hombres siempre han tenido problema para solucionarse la vida sin una mujer cerca. Así pues, escribió una carta al pueblo y le pidió a su hermano que le dejara alguna de sus hijas para no estar tan solo. Y mi padre aceptó, así que un día, por que sí, mi hermana Isabel se fue a Barcelona, nada menos que a Barcelona, a cuidar a un tío al que hasta la fecha veíamos una vez al año. Ella, con tal de ver mundo, hasta le pareció bien. Ya contaré en otro capítulo las andanzas de mi hermana en Barcelona, donde casi la detienen por juntarse, sin que ella lo supiera, con uno grupo de comunistas.
Mi hermana se fue con él a principios de año. Cerramos temporalmente el taller de costura y yo me quedé en el pueblo esperando que llegaran las fiestas de Santa Cruz, para volver a verla. En agosto vinieron a pasar unos días y, no sé como lo consiguieron, pero Isabel convenció a mis padres para que me fuera yo también a Barcelona a hacerlos compañía a ambos durante unos meses. Estuve con ellos hasta navidad que me volví sola en un tren que tardó una eternidad en cruzar España entera. Recuerdo que en el vagón donde estaba aparecieron dos guardias civiles preguntándome quien era y porque siendo menos viajaba sola.. Al principio de los años cincuenta, el país aun no era todo lo seguro que es ahora. Por entonces, para viajar había que llevar un permiso de los padres, y como no lo llevaba me fueron escoltando todo el viaje hasta Madrid.
Cuando llegué al pueblo, para entretenerme, me puse a hacer el ajuar, aunque aun no tenía novio ni pensamiento de casarme. Y retomé mi vida pero sin el taller de costura. Volví los domingos a misa y a pasear por la plaza, y al baile y el vermut.
Fue uno de esos días cuando mi amiga Gloria, prima de mi cuñada Rosi, me dijo con mucho misterio que había llegado en los días previos a mi llegada, un forastero muy gracioso y que además ya ayudaba a misa. Fue una conversación sin más y a la que no presté atención. Al pueblo no solía llegar gente nueva por que si, así que cuando una nueva familia o alguien se instalaba allí, era motivo de rumores. nunca llegaba nadie nuevo. Fuimos investigando y nos enteramos que aquel muchacho medio rubio y de ojos claros era el hermano de la nueva telefonista del pueblo.
Antiguamente, la compañía de teléfonos ponía una casa en cada pueblo, y destinaba a una persona que se encargaba de la centralita. Cuando alguien quería comunicarse con alguna número, tenían que pasar primero con la telefonista y ella conectaba unos cables en una maquina enorme y llena de agujeros donde pasaba la comunicación con el abonado. A María Luisa, mi futura cuñada, le ofrecieron Santa Cruz y decidió trasladarse desde Quintanar a allí, y a su madre, para que no estuviera sola en pueblo ajeno, se le ocurrió que le acompañara su hermano que en ese momento estaba estudiando y podía continuar a distancia.
Como mi amiga Gloria era sobrina de los dueños de la casa de teléfonos, enseguida hizo amistad con la chica y su hermano. Recuerdo que mis amigas empezaron a decir que el forastero era muy gracioso, que contaba chistes, que vestía muy bien, y a mi cuanto mas me hablaban de él peor me caía. Además de eso yo estaba medio enamorada de un muchacho del pueblo que me gustaba mas. Lo cierto es que a mi, el hermano de la telefonista, al principio, no me interesaba nada. Pero yo a él, si. Un domingo, Gloria me dijo que el chico había estado preguntando por mi. Quería saber cuantos años tenía yo, como era mi familia, si tenia mas hermanos y hermanas. Preguntas que se hacían cuando había interés, y eso fue también lo que despertó cierto interés en mi. Uno de los días me pidió bailar y yo le dije que si. Y me gustó. Y bailamos juntos ese día y al domingo siguiente, y al otro. Hasta que me di cuentas de que ya solo bailábamos uno con e otro, todos los domingos. Uno de esos días, al acabar el baile me acompañó hasta mi casa, y ese día nos hicimos novios.
estuvimos varios meses saliendo juntos a diario. EL venia a verme a la puerta de casa y yo iba a
teléfonos cuando tenía un rato libre, pero Julio era un hombre bastante recto, sobre todo con su hermana. Un hombre de su tiempo con un control fuerte sobre su hermana, a la protegía en exceso, apenas la dejaba salir y mucho menos echarse novio. Las cosas entre ellos se complicaron cuando María Luisa conoció a Gregorio, el que luego fue su marido y a Julio no le gustó. Cosas de los pueblos y del momento, donde el hombre podía hacer de todo pero la mujer no. Yo creo que fue demasiado protector con ella y eso les complico un poquito la convivencia, así que ella, mas lista que él, para deshacerse de su hermano una temporada, le buscó un trabajo en Madrid. Es comprensible, sobre todo después de que una noche de los mayos terminara dándole un guitarrazo a Gregorio por ir a rondarlas. Los mayos son unas fiestas en las que los jóvenes, entre otras cosas, van a cantar bajo el balcón de las chicas que les gustan, y Gregorio hizo lo propio, algo que a su hermano no le gustó, así que le dijo que no, el otro que si, y acabó en un guitarrazo. La mejor manera de dejar ese noviazgo tranquilo era irse a Madrid. Nosotros ya llevábamos de novios dos años y para mi fue un drama. De vernos a diario a vernos cada quince días, tiempo en el que sabía de él por las cartas que nos enviábamos. Encima, al estar ennoviada y no estar, salir con las amigas ya no estaba bien visto, así que me quedé un poca sola en el pueblo y un poco asustada de que no volviera mas. Comenzó a pasárseme por la cabeza la idea de casarnos.
Madrid, era una ciudad cara y ganaba poco dinero. Además de trabajar, compaginaba con la carrera donde estudiaba de oyente. Estuvo ocho días malo y durante ese tiempo nadie le atendió ni le visitó. Debió pasarlo realmente mal porque le llegaba para comer, y pienso que ahí también se le ocurrió la idea de casarse. Cuando mejoró, y como siempre fue muy resuelto, consiguió el contacto de una amigo de su padre, un hombre muy mayor que vivía del cuento y conocía a todo los camareros de Madrid, se hizo amigo de él con el único fin de comer y no pagar en ningún bar, y así subsistió hasta que terminó de estudiar y regresó al pueblo con la certeza de casarse conmigo. El primer problema es que, como era menos de edad, su madre no quiso darle permiso. Aunque al final recapacitó y le dejó casarse. Preparamos la boda a pesar de que ni mis padres ni su madre estaban de acuerdo en que nos casáramos tan jóvenes. Pero lo conseguimos y con veintiún años yo y veintidós él, contrajimos matrimonio en Santa Cruz. A partir de ahí comienza otra historia.

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