Días antes de llegar a Bilbao, mi marido buscó una habitación con derecho a cocina en Barakaldo. Era amplia y formaba parte de una casa muy grande y con una terraza enorme que rodeaba todo el edificio. La sensación que tuve al entrar fue de absoluta soledad. Echaba de menos a mis padres y eso me provocaba una pena constante que conseguí superar con el tiempo. Mi marido comenzó a trabajar en una empresa de barcos. Encontró el trabajo a través de su tía Sofi, que antes de llegar a Bilbao ya se lo había buscado. Era un trabajo que necesitaba de muchas horas. Se levantaba muy temprano para volver tarde. Fue allí donde conoció a un matrimonio vasco, Mila y Gerardo, y a un vallisoletano que se apellidaba Pastor y que se convirtieron en unos de nuestros mejores amigos.
En la casa donde estaba la habitación vivían los dueños con su hijo, ella se llamaba Santiaga y él Faustino y siempre estaban regañando, además de ellos convivíamos con una señora viuda con tres hijos que procedían de Cáceres. Como mi marido trabajaba todo el día y yo no conocía a nadie, me pasaba el día en la habitación esperando que dieran las 6 de la tarde y regresara mi marido y poder hacer algo.
A los 6 meses de estar allí nació mi primer hijo, Jose Luis. Fue un parto duro porque no tenía a nadie. Recuerdo que me puse de parto sobre las cuatro de la tarde y no tenía a quien localizar, así
que aguanté como pude con ayuda de las mujeres de la casa y me llevaron al hospital de Cruces donde nació él. Fue difícil porque entre la espera y los cuatro kilos que pesaba el niño, para una primeriza como yo se convirtió en algo difícil. Los médicos apretaron con el puño en la parte alta de la tripa para que el niño naciera. Llegó un poco asfixiado, pero salió adelante. Lo llamaban en el hospital el mozo de cruces, de lo grande que era. Todas las noches se lo llevaban a un nido para que yo descansara y me lo traían por la mañana. Pero el segundo día el niño no me lo subieron. A mí me extrañó y pregunté por él, pero nadie sabía donde estaba. Lo encontraron en el nido con una manta encima, y, tanto, me preocupé tanto que enseguida regresamos a la casa.
El mismo día del parto vinieron mi madre y mi hermana a visitarme y a ayudarme. Cogieron el primer tren que encontraron y viajaron a Bilbao. Todos nos quedamos en la misma habitación, cuatro adultos y un niño. Estuvieron poco tiempo, hasta el bautizo que fue ocho días después. A los dos o tres días también vinieron mi suegra y cuñado para asistir. Mi hermana regresó, pero mi madre se quedó unos días más porque a Jose Luis le comenzaron a salir una especie de salpullidos que nos asustó. Me fui al médico y me dijo que el niño estaba envenenado por algo que le habían dado en el hospital y que probablemente no saldría con vida de eso. Me cogí un berrinche enorme, recién parida y con ese susto. Regresé a casa y una vecina me vio tan mal que me preguntó que me pasaba y me recomendó un médico particular que era muy bueno, el problema es que no tenía dinero para pagarlo, así que mi madre buscó el dinero y lo llevamos y este médico me dijo que sobreviviría, que lo que padecía no era tan malo, que debía bañarle con agua de harina. Que se pelaría entero pero sobreviviría. Yo empecé con el tratamiento que era sumergirle en agua con harina de trigo y efectivamente, tras un mes, se fue pelando, pero al mismo tiempo fue recuperando.
La vida en la casa compartida comenzó a ser incómoda. La cocina, donde se convivía con el resto, era el lugar de encuentro de las familias que ocupábamos las habitaciones, y lo cierto es que con la señora viuda no me llevaba bien. Por alguna razón, no me quería y me hacía las cosas difíciles. Me apartaba la comida del fuego, quitaba mis cosas del barreño de fregar y, en definitiva, hacía la situación difícil. Un día le dijo a julio que ya no podía más con la situación y que debíamos buscar otro sitio. Así que, habló con un compañero suyo del trabajo y le preguntó si sabía de alguna casa donde pudiéramos alojarnos y nos recomendó una casa de una vecina suya que necesitaba a alguien que la cuidara y que la hiciera compañía.
Fuimos con este matrimonio a ver la casa y esta mujer, muy cariñosa, nos dijo que sí, que os fuéramos con ella. La casa tenía tres habitaciones, pagábamos la mitad y teníamos de las tres, dos habitaciones para nosotros, así que dijimos que si, el plan era perfecto. O eso pensábamos.
La mujer se llamaba Marcelina, tenía un hijo y se llevaban fatal. Vino a hablar con nosotros y nos advirtió que su madre no estaba bien de la cabeza, que la soledad no le sentaba bien, y que fuéramos con ella incluso gratis. Así que nos mudamos allí. De repente teníamos dos habitaciones y un cuarto de estar donde mi marido, cuando terminaba de trabajar, daba clases, parecía que todo iba mejor.
Empezamos a notar cosas raras cuando nos dijo a los pocos días que por las noches venía su difunto marido a visitarla, que unas veces la insultaba y otras hablaba con ella. A mí empezó a darme un poco de respeto. Esta mujer le hacía muchas carantoñas a Jose Luis, pero el niño no dejaba de llorar desde que llegamos alli. Se despertaba por las noches con los ojos fijos en un rincón como si viera algo. Cada vez estaba peor. Mi amiga Mila, esposa del compañero de trabajo de Julio me recomendó para coser otra casa. Era una familia que vivía en la sede de Falange, que estaba justo enfrente, y por las tardes me iba allí a coserle el ajuar al hijo. Hablando un dia me preguntó que donde vivia, y le dije que con Marcelina. Entonces me dijo que me nadara con cuidado, que tenía mala fama, de bruja o de mala persona. Entonces le comenté lo que estaba pasando con mi hijo, que no paraba de llorar y que se despertaba por la noche. Así que me recomendó ir a san Felicísimo, un santo incorrupto que había al otro lado de la ría y que tenía fama de hacer muchos milagros. Me dijo que fuéramos a escondidas, sin decirle nada a ella. Y asi lo hicimos, oímos misa y le pusieron unos escapularios, y en cuanto llegamos a la casa, la vieja adivinó de donde veníamos. El niño dejó de llorar y se tranquilizó, pero yo, nuevamente, ya no estaba a gusto, asi que decidimos que era el momento de comprar una casa en Bilbao, una casa para nosotros solos.
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