Cuando nos casamos, todo cambió en mi vida. Supongo que en la de todas las personas cambia todo cuando se casan, y más antes. El que ya era mi marido seguía trabajando en los seguros Santa Lucia llevando la contabilidad en unas oficinas que estaban en Plaza de España de Madrid. Fue por esto que una vez terminada la boda y la luna de miel, yo me tuve que trasladar a la Capital con él. Previamente, para poder vivir en Madrid, mi marido buscó una habitación en Goya. Era de estos alquileres de la época en los que además del cuarto te daban derecho en la casa a usar la cocina.
Fue inmediato. En cuanto volvimos de viaje de novios nos fuimos a vivir a esa habitación. Cambiar del pueblo a Madrid no me disgustó, aunque echaba de menos a mi familia y la vida que llevaba allí, y para paliarlo, como en Madrid vivía una tía mía, Angelita, que en realidad no era tía, sino prima de mi padre, me refugié en ella. Angelina tenía una tienda de todo un poco. Lo mismo vendía estropajos, qué vasos, que ovillos de lana. Tenía un hijo, Pedro, que era capitán de barco y siempre estaba de viaje, por lo que apenas se veían y debido a esta ausencia de hijo, mi tía prácticamente me adoptó y yo, que apenas tenía 22 años y estaba en una gran ciudad, me vino bien sentir que allí también tenía a alguien y durante varios meses me pasé la vida en su tienda.
Sin saberlo, ya estaba embarazada de mi primer hijo y para matar el tiempo, aprendí a coger puntos en las medias de cristal y comencé a ayudarla en la tienda a esta tarea, sin cobrar y para matar el tiempo. Recuerdo pasar el día esperando que él llegara y nos volviéramos de paseo hasta la habitación.
A
pesar del cambio, recuerdo los meses que estuvimos allí, fuimos muy felices.
Por un momento pensé que nos quedaríamos a vivir siempre en Madrid, pero
ocurrió algo que hizo cambiar el rumbo. Fue en septiembre, a mi marido le
mandaron a llevar una caja fuerte a un hotel. Él hizo su trabajo sin saber qué
estaba haciendo. Al llegar al día siguiente a su trabajo, el portero le dijo
que la empresa en donde había trabajado acababa de cerrar. Nunca supo que pasó,
pero de repente estaba en la calle y sin cobrar. Alguien le dijo que le
pagarían, pero nunca cobró nada de nada. Él no se atrevió a decírmelo porque
tan solo llevábamos dos meses de casados y yo ya estaba embarazada y el hecho
de quedarnos sin sustento podría asustarme. Así que como empezaban las fiestas de
santa Cruz me ofreció ir con la familia, la pueblo a celebrarlas, y a mí me
hizo ver que seguía trabajando. Así que me dejo en el pueblo y en teoría se
volvió a Madrid, pero no fue así. El mismo día que me dejo allí, cogió un tren
y se fue a Bilbao. No sé si llamó a sus tías contándole lo que había pasado o
simplemente se le ocurrió la solución sobre la marcha, el caso es que se fue
sin decir nada, y cuando llego allí me mando un telegrama diciendo que estaba allí.
Me llevé un disgusto enorme, y mi suegra aprovecho para decirme que ya lo sabía,
que su hijo no valía para casado, pero no fue así. Me mando días después una
carta diciéndome lo que había pasado y que en cuanto pudiera volvería a por mí.
Mi suegra se disgustó mucho pensando que no volvería, porque siempre desconfió
de su hijo. En la carta me contó que todo lo que había pasado y que ya había
conseguido un trabajo nuevo. Él buscó una habitación y cuando estuvo
estabilizado, dos meses después, vino al pueblo a recogerme.
En ese momento yo ya estaba embarazada de mi primer hijo. Cuando le dije a mis padres que tenía que irme a Bilbao, se llevó un gran disgusto, pero entendieron que no había más opción que ir detrás de mi marido, y así tuve que hacerlo. Durante el tiempo en el que prepare el viaje, le llamaba a través de una cabina de teléfono. En esas conversaciones me pidió perdón por haberlo hecho de esa manera, pero se justificó diciendo que no había más alternativa que irse a otra ciudad. Desde la boda hasta que nos fuimos a Bi
lbao pasaron apenas 5 meses, dos en Madrid y el resto en el pueblo.
Yo me enteré de que estaba embarazada en Madrid.
Fue mi tía Angelita, la de la tienda, la que me dijo que estaba encinta. Cuando
iba allí y me ponía a coser, me daban arcadas y fue la que me dijo que eso era
por el embarazo. Al principio no me lo podía creer, pero acertó. Tuve un
embarazo malo, con mucha angustia y muchos problemas. Todo lo que comía lo
vomitaba, así que me vinieron bien los meses que estuve en el pueblo con mi
madre porque ella siempre me alimentaba y aunque lo vomitara ella decía que
algo quedaría. Engordé muchísimo en los primeros meses. Alos tres meses yo ya
tenía una barriga de seis.
De todas las veces que hablábamos por teléfono,
en una de ellas me dijo Julio que me preparara todo que venía a por mí. Así que
en el día previsto fui a buscarle a la estación y se vino a casa conmigo. Era víspera
de navidad, hacía muchísimo frio en el pueblo y enseguida cogimos el tren de
camino a Bilbao. Nos pasamos toda la noche en el tren, muchas horas de viaje y
cuando llegamos lo primero que recuerdo es lluvia La ciudad me dio una sensación
de tristeza, todo gris y lluvia constante. Tan solo llevamos un par de maletas
con algo de ropa, sabanas y poco más. Era primera hora de la mañana y enseguida
nos trasladamos a casa de Sofía.
Sofía era una de las tías de mi marido,
hermana de mi suegra. Era una mujer alta, corpulenta, rubia y muy dispuesta. De
carácter no tenía nada que ver con su hermana. Ella era la pequeña de todos
ellos. Desde muy pequeña vivió con sus hermanos en Bilbao y tenía un carácter
alegre y generoso.
Nos acogió en su casa como si fuéramos sus
hijos. Sacó una cama al pasillo y ahí nos colocó a nosotros. Ella quería que pasáramos la nochebuena con ellos y así fue.
Llegamos apenas un par de días antes de Nochebuena.
Sofía compró bacalao y unos aperitivos para la cena y lo celebramos junto a
unos amigos de ellos en la casa. Cantamos, bailamos e hicieron todo lo posible
para que la fecha me fuera amable. Recuerdo la tradición de Bilbao de los
barcos tocando las campanas a medianoche. Yo eché de menos a mi familia, no
tanto mi marido que tenía mucha capacidad para adaptarse, pero en general lo
pasamos bien. Fue la bienvenida que me hicieron y fue buena, aunque yo no paré
de acordarme de mis padres y de saber que todos estaban juntos en el pueblo
menos yo. Pero se esforzaron por hacérmelo mejor. Yo había salido alguna vez
del pueblo, pero siempre de ida y vuelta, pero cuando me fui a Bilbao sabía que
era para largo. De hecho, me pasé tres años sin ir al pueblo. A mi madre y a mi
hermana las vi en el bautizo de mi hijo, al resto pasó más tiempo para
reencontrarnos.
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