A mi suegro no le conocí. Tan solo sé de él a través de una fotografía que andaba en casa escondida en una caja metálica de galletas, pero sé que fue un militar de rango, aunque el rango nunca lo supe. Me contaba mi marido, que tampoco recordaba mucho de él, que nació en Lucena, donde seguramente aún queden muchos Laras, aunque es una rama de la familia de la que apenas nunca se habló. Luis, así se llamó, fue hijo de militar y siendo muy joven ingresó en la academia. Al licenciarse parece ser que le destinaron a Madrid y allí conoció a la que fue su primera mujer, una muchacha acomodada y de buena familia de la capital. Se llamaba María Menéndez y una vez casados se trasladaron a un pueblo perdido de la Mancha llamado Quintanar de la Orden, traslado que tuvo que asumir como militar. Allí tuvieron a su primer hijo, Pepe.
Por casualidades de la vida, en Quintanar también veraneaba mi suegra con su hermana, la que fue la segunda mujer de mi suegro. Las dos trabajaban para unos marqueses, una de doncella y la otra de cocinera, y al ir allí todos los años, la mujer del abuelo Luis y mi suegra se hicieron buenas amigas.
El caso es que esta primera mujer se puso enferma, de pulmonía contaban, y como eran amigas, mi suegra iba a visitarla mucho a la casa. Ella siempre dijo que cuando María se puso al borde de la muerte le hizo jurar a ella que se haría cargo de Pepe, quien apenas tenía nueve años.
Mi suegra, también Maria de nombre, siempre contó esta historia como cierta y la verdad es que cuando ella murió, a los tres meses, se casó con el viudo. Por la rapidez con la que todo se hizo, la familia de la primera mujer le retiró la palabra y nunca quisieron saber de Pepe. No debió caer bien una boda tan rápida.
Una vez casada, mi suegra dejó de servir y se dedicó a cuidar al primer hijo de su marido. Compraron una nueva casa en Quintanar y allí vivió hasta su muerte. Varios años después nació Maria Luisa y tres años después de ella mi marido.
Mi suegra me contó que su marido era militar las 24 horas del día. Que fue una persona seria, disciplinada y poco dada a la broma. De rictus severo, entrecejo fruncido y ojos claros y profundos que han heredado alguno de mis hijos y varios nietos. Mi conclusión, sin que tenga demasiados datos, es que, o él era algo mujeriego o ella muy celosa y que no debieron tener una relación de confianza, porque cuando él salía a visitar cuarteles por la noche, ella desconfiaba y pensaba que los días que pasaba fuera no eran solo para hacer guardias. Son conclusiones mías porque mi suegra también fue una mujer hermética, seria y disciplinada. Cuando me contaba cosas sobre él, no lo hacía entusiasmada, sino con cierta rabia y siempre justificó su matrimonio en el juramento que le hizo a su amiga más que en el amor que sintió por él. Fueron otros tiempos.
Cuando empezó la guerra a mi suegro le mandaron a cuidar el canal de agua de Madrid, pero cuando avanzó el ejército nacional, le detuvieron pensando que era rojo y le metieron en la cárcel modelo. Estuvo preso varios meses hasta que comprobaron su identidad y que no formaba parte del bando contrario, e inmediatamente le volvieron a poner en libertad. A la familia apenas le dijeron nada, simplemente desapareció, y ante la desesperación, mi suegra y mi cuñado se fueron a buscarle hasta que dieron con él, reunieron documentación y evitaron así que su propio bando le fusilara. Mientras hacían todo esto, a mi marido le dejaron con cuatro o cinco años en el Alcazar de Toledo, al cuidado de otro militar amigo del abuelo.
Mi suegro enfermó en la cárcel y ya no levantó cabeza. Padecía de bronquios, mal que ha perseguido a los Lara durante varias generaciones y pensando en la jubilación compraron un terreno y se construyeron una casa en Alicante, tierra más cálida y húmeda y mejor para las enfermedades pulmonares que la árida Castilla. Llenaron la casa de baúles para la mudanza y prepararon el viaje con tan mala suerte que antes de partir, él se puso enfermo y murió en apenas tres días. Debido a esto, mi suegra, ya viuda, decidió no moverse del pueblo. Se quedó sola con 40 años y dos hijos naturales, más el que había acogido como tal. El más mayor tenía quince años y el más pequeño seis años y una posguerra dura por delante.
Julio apenas tenía recuerdos de él. Dice recordarle en la caja, más que vivo, y yo pienso que a partir de ese momento a mi suegra se le agrió el carácter.
De ella recuerdo todo. Era una mujer seca, poco cariñosa, árida y de gesto serio. Siempre vistió de luto, con el pelo largo y blanco recogido en un moño pequeño. Bajita, muy delgada, recia y sobre todo de mucho genio. Ella y yo nunca nos llevamos bien, aunque muchas veces, ya de mayor, cuando enfermaba, me iba al pueblo a cuidarla. Julio me pedía que me fuera con ella para quedarme una semana o algo más y que no estuviera sola. Entonces, me sentaba junto a la cama y como María dormía poco, por las noches me iba contando todas estas cosas que ahora narro aquí.
Con el tiempo he aprendido a no juzgarla, su vida fue difícil y se endureció.
Yo nunca supe si me tuvo en estima o no, si terminó aceptándome como nuera o simplemente trago porque no le quedaba otra. Por su carácter yo siempre sentí que no me trataba del todo bien, pero tal vez fue solo por su forma de ser. A veces me decía a la cara cosas que me hacían daño, pero luego recapacitaba y regresaba más suave para intentar solventarlo. Con el tiempo nos fuimos conociendo y creo que consiguió quererme y respetarme. Prefiero quedarme con esa sensación y no con otras.
Ella murió casi con noventa años. En vida siempre dijo que quería ser amortajada con el hábito de la virgen del Carmen y cuando entendimos que llegaba el final, compre tela marrón y le cosí a mano la mortaja para que se la pusieran en su último viaje. Nunca me pesó cuidarla a pesar de que nuestra relación no fue buena. Hice lo que debí y pienso que ella lo supo ver.

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