martes, 1 de junio de 2021

:n aquellos tiempos también teníamos mascotas

En mi casa nos gustaba tener todo tipo de animales. Por allí había dos perros de caza y varios gatos para cazar ratones y en el corral un gorrino, dos cabras, gallinas y conejos. 

En una ocasión, por nochebuena, cuando yo acababa de cumplir cuatro o cinco años, mi padre compró un cordero para la celebración. Los pastores del pueblo vendían las crías y muchas veces no sabían si te estaban dado gato por liebre. En esta ocasión en vez de cordero le vendieron una cabra y entre eso y que era muy bonita, no quise que la mataran. No se como lo conseguí pero me hicieron caso y me lo dejaron como si fuera una mascota. Estos animales necesitan ser montados por el macho para criar y dar leche, así que cuando cumplió un año mi madre se la echo a un macho y al tiempo dio a luz a dos corderitos, que si que nos comimos, y el animal empezó a dar dos litros de leche a diario. Como la cabra había crecido y necesitaba salir, acordamos con el mismo pastor que nos la vendió que la recogiera con el resto del rebaño por las mañana para llevarla al campo.

El pastor pasaba por allí a primera hora, tocaba una trompeta y sacábamos a la cabra al portal para que se la llevara y a a vuelta igual. Las cabras son listas, hasta el punto de que pronto se aprendió el camino y con oír la trompeta ya salía sola en busca del pastor, después la dejaba en la puerta de la iglesia y regresaba sola a casa.

Aquel animal estuvo en casa por lo menos diez o doce años y se hizo vieja, y en honor a su fama fue perdiendo la cabeza y con eso se le fue olvidando regresar. Cuando la soltaba el pastor en la iglesia, el animal ya no sabia volver y cuando veíamos que no llegaba teníamos que recorrer medio pueblo en su búsqueda. Como era vieja mi madre decidió que ya no tenia edad para seguir criando y dejó de echarle al macho, así que dejó también de dar leche pero como la habíamos cogido cariño no la matamos. El caso es que como cada vez estaba peor y ya no hacia caso a nadie, un día que desobedeció, el pastor se enfado con ella y le pegó un palazo en la cabeza, y la poca cordura que le quedaba la perdió de vista.  Una noche se metió en cajón y no supo salir. Se metía por la casa, se subía por las escaleras, cada vez más loca. Con mucho dolor  mi madre decidió sacrificarla y al trocearla para comérnosla, por que entonces no se tiraba la carne nunca, vimos que el cerebro lo tenía completamente desecho, como una masa de liquida.

Nos quedamos sin cabra y sin leche, pero a cambio siguió con nosotros la Pepi, una perra blanca con manchas marrones que se llevaban mis hermanos a la caza. Era buena cazadora y siempre estaba por la casa. Cuando ellos volvían de la caza, ella siempre llegaba un poquito antes,  se subía a la casa con nosotros y se tumbaba en una de las mimbreras. Era la única a la que se le permitía convivir con la familia, a ella y a un gato que siempre estaba por el comedor y que se había criado con ella. Estaban hermanados, como si fueran de la misma especie. Cuando la perra volvía de caza, el gato le lamia las orejas y la cabeza y se tumbaban los dos juntos. Cuando llegaba la noche mi madre los echaba a los dos al sótano y dormían juntos, uno envuelto en el otro.

Un día mis hermanos se fueron de caza y por supuesto se llevaron a Pepi. Era una perra nerviosa que aun siendo buena cazadora a veces espantaba a los pájaros y a los conejos. Ese día, había una perdiz a punto de cazar y la perra la espantó. A mi hermano le dio tanta rabia que con misma escopeta que llevaba al hombro le pegó un tiro a la perra. Mi madre supo que algo había pasado cuando el animal no se les adelantó. Siempre se precedía a ellos, y mi madre se extrañó. Les preguntó por ella pero no se atrevían a decirnos que le habían pegado un tiro, hasta que a Eleazar se le fue  la lengua y se lo contó. A mi madre le supuso un gran disgusto y  casi dejo de hablar a mis hermanos por unos días. 

En verano, era costumbre ir a un cerro con un arroyo de agua cristalina. Nos íbamos como si fuéramos de excursión y allí merendábamos y echábamos el día. Vimos, en una de esas, a un  Alcotán con un ala rota y sin dudarlo lo cogimos y nos lo llevamos a casa. Los animales en mi casa siempre eran bienvenidos. Lo metimos en una jaula y mi hermana Isabel le puso una venda en ala para que se juntaran los huesos y se curara, y por todo esto mi hermano Eleazar y yo le cogimos mucho cariño al pájaro y él a nosotros también. Lo supimos porque aunque nunca más pudo volver a volar, de poco a poco venia el Alcotán desde la casa al colegio a buscarnos cada día. La llevábamos en el hombro como si fuera un loro y como alguno se acercara abría las las y picoteaba para defendernos. Como  todos los animales de mi casa aquel pajaro tampoco tuvo un final feliz. Una familia de Madrid, amiga nuestra, que venía todos los veranos al pueblo sin querer se lo cargó.. Fue una mañana que fui con uno de los hijos de esta familia a cuidar la huerta que mi madre tenía. Sali con el pájaro al hombro y el hijo de los madrileños a mi lado y este por agradar le dio un trozo de chocolate. Aquello fue como si le hubiéramos dado un veneno muy fuerte porque murió a los pocos segundos. El disgusto fue muy grande. No sabíamos como decírselo a Eleazar que ya estaba trabajando y le lloramos como si fuera una persona. En casa los animales nunca terminaban bien.

No hay comentarios:

Publicar un comentario

El día que nací yo

Nací en Santa Cruz de la Zarza, provincia de Toledo, el 26 de marzo de 1936 en el seno de una familia de clase media. Llegué al mundo al fin...