sábado, 5 de junio de 2021

El día que nací yo

Nací en Santa Cruz de la Zarza, provincia de Toledo, el 26 de marzo de 1936 en el seno de una familia de clase media. Llegué al mundo al final de la segunda república, apenas tres meses antes de que estallara la guerra. No debió ser buen momento para nacer. Contaba mi madre que se pasó de parto siete días con sus siete noches. En ese momento no había médicos en el pueblo, ya que de los dos que había en Santa Cruz uno se escapó para que no lo fusilaran los republicanos y el no tuvo tanta suerte, así que le atendió una señora que se encargada de estos menesteres. Obviamente el parto no fue bien. Yo nací con una vuelta al cuello de un tripa de mi madre y con ella arrastré su matriz. En ese momento no se supo si podría sobrevivir ya que por entonces no existían los medios de ahora, pero salí y aquí sigo. La partera volvió a colocar como pudo el estropicio causado, pero como estalló la guerra  y con ella la ausencia de médicos, se pasó hasta su fin con el útero descolocado. 

No debió ser fácil criarme en semejantes circunstancias. Cuando cumplí tres meses, mi pueblo sufrió el primer bombardeo de muchos. Mi madre se asustó tanto que me dio una mala teta y yo me puse a morir. No había mucho que hacer al respecto salvo esperar. Mi madre y mi hermana, que ya tenia cumplidos los trece años lloraron junto a la cuna, lamentándose de que mejor hubiera sido no haberme conocido.

Por suerte no tengo mas recuerdos de la republica ni de la guerra que los que me han contado, y casi mejor no saber de los horrores de ambos bandos. Sé que en mi casa se pasó hambre y que apenas teníamos para comer, igual que sé que debido a esto  pasé de la teta a los huevos fritos, por que durante los tres años de guerra me los pasé mamando, salvo cuando mi hermana Isabel se ponía en la cola del racionamiento para conseguir algo de leche. 

Al estallar la guerra, y los bombardeos, mis hermanos excavaron una cueva desde la casa hasta debajo de la iglesia. Cuando escuchaban los aviones y tocaba la sirena, nos metíamos todos bajo tierra a esperar que pasaran. 

Mi pueblo era bastante grande, en comparación con los de alrededor. ubicado en un valle. Nosotros vivíamos en el centro. Desde mi balcón veíamos la mitad del pueblo, sobre todo cuevas donde vivía gente. Me gustaba divisar las cuevas los días claros y la mayoría eran mitad casa y mitad cueva. Mi madre conocía a algunas señoras que habitaban las cuevas, se entraba por un patio desde donde se accedía a un pequeño salón. Los dormitorios eran las cuevas. Sin embargo mi casa, era amplia y tenía una enrome entrada y desde ahi9 se distribuía a los corrales, y resto de la casa con ocho habitaciones.


Mi padre era el electricista del pueblo, y siete de familia y yo era la más pequeña de todos por lo tanto la mas consentida. Recuerdo mi niñez como un momento feliz en el que nunca me faltaron caprichos, reyes generosos y muchos regalos, pero todo eso llegó después de la guerra. Recuerdo un año que me trajeron un abrigo y zapatos, y muchos juguetes, un baúl lleno de caramelos.

Cuando terminó la guerra y entraron los nacionales al pueblo, llegó el trigo de Argentina y con ello el pan, que aún racionado sabía a gloria. Lo normal es que fuera un pan de kilo para cuatro, por lo que seguíamos pasando hambre. Fue entonces cuando mi padre se fue a la fábrica de harinas, y compró un saco de harina de mil kilos, nada menos que a mil pesetas que, en aquel entonces, era una cantidad excesiva. Fue eso nos dio pan para comer. Por otro lado, mi madre consiguió hacerse con una cabra para leche. Lo cierto es que al acabar la guerra mis padres tenían dinero pero no había productos para comprar, por lo que servía de poco, y lo que había era demasiado caro, o directamente no te lo vendían. Un día antes de que llegaran los nacionales, mi madre compro una docena de huevos a duro el huevo. al fin dejamos de comer las cascaras de patata que nos daba la vecina. Ella, que era de campo, se comía las patatas y nos daba las mondaduras, y aun así agradecidos.

Fue entonces cuando a mi padre le llamaron al cuartel de la guardia civil para devolverle la escopeta que le requisaron en pleno conflicto. Él acudió pero tan solo con la idea de rechazar la devolución. No quería recuperar un arma con la que fusilaron a muchos vecinos del pueblo; Fue mi hermana Isabel, mas lista que el hambre y conocedora de las penurias pasadas, la que pensó que mejor que se la pagaran, así que la Guardia civil ordenó pagarla con dos gorrinos pequeños que ella recogió. Mi madre los crio y crecieron y tuvimos carne un año entero.  


viernes, 4 de junio de 2021

¿Qué pasó entonces?





    
Al terminar la guerra, todo comenzó a tranquilizarse, al menos en mi familia. El miedo se esfumó, sobre todo el miedo a que detuvieran a mi padre que había cometido el terrible crimen de no ser de campo. Dos veces acudieron los republicanos a buscarle a casa. Cerca de nosotros, vivía un vecino de nombre Milagros, que tenia mando y se buscó las mañas para borrarle de la lista de fusilamiento, y así fue librándose de morir. Tras el conflicto se reabrieron las iglesias y conventos y todos los domingos pudimos volver a escuchar misa, para dar gracias a Dios de estar vivos.
Mi hermano, Joaquín, el mayor de todos los chicos, tenía tan solo 18 años y le llamaron para hacer la mili que por aquel entonces duraba tres años. Le tocó un cuartel a las afueras de Madrid, pero lo que menos le gustaba de aquella aventura era la ropa color caqui que le recordaba a la Guardia civil y procuró no vestirla en todo el tiempo. Así que le hizo a mi madre teñirla de azul para que se pareciera un poco mas a la de falange. Aprovecho la formación militar para prepararse como policía secreta, aunque sin el beneplácito de mis padres que temían que los maquis le persiguieran. De la rabia que le dio la prohibición se alistó voluntario en las Canarias, y allí terminó los últimos meses del servicio militar. 
Mi hermano Julín se hizo mayor mientras tanto y se colocó a trabajar con mi padre en la compañía. Fue un chico de carácter amable, simpático, alegre y con 17 años se hizo novio de la que es mi cuñada, Rosi. Toda la vida estuvieron juntos, hasta que murió. Le gustaba llamarla Dama. Él, tan resuelto y vivaz, fue un hombre emprendedor al que nunca le dieron miedo los negocios y gracias a esto montó varios de éxito. Ganó dinero pero la vida no le duró demasiado. Mi hermano murió con 62 años nada más. Demasiado pronto. De él hablaré mucho más. 
Eleazar, el siguiente de los chicos, se metió a trabajar en el juzgado a los 15 años y allí estuvo varios. Era ayudante del secretario, pero después se fue a estudiar a Madrid para ser secretario de juzgado, pero aun había demasiado hambre en España y aunque mi madre le mandaba comida, no le daba para alimentarse por que los propios dueños de la casa que le alojaba se la quitaban para alimentarse ellos. Él aun cuenta que los cacahuetes se los comía con cascara incluida. En el tiempo que estuvo en le juzgado, hubo muchos días que regresaba a casa malo, porque en el pueblo era común que la gente se ahorcara. A él le tocaba hacer el levantamiento de los cadáveres, porque el Juez era paralitico y siempre le mandaba a el.
Mi familia, en conclusión, era normal. De los muchos del pueblo. Según transcurrieron los años tras la guerra, todo fue volviendo a su cauce. Yo comencé a ir al colegio, mi hermana se hizo modista, y todo iba mejor. Isabel, mi hermana, se hizo voluntaria tras la guerra. Iba a los comedores sociales a dar de comer a los que más lo necesitaban. 

Fuimos retomando costumbres, como la de ir al campo de merienda. Mi madre preparaba una taleguilla con pan y chorizo, o tocino, y disfrutábamos la tarde en los campos de alrededor., o ir con mi padre a rebuscar uvas. Los domingos por la mañana salíamos los dos y regresábamos al medio día con una bolsa de uvas que mi madre las estrujaba para hacer arrope, un dulce típico parecido a la mermelada.

Y así fueron pasando los años, mientras acudía a la escuela.
Mi colegio estaba cerca de la plaza, subiendo la cuesta de la iglesia. Tenía un patio muy grande y varios pabellones. De pequeña tuve una profesora, doña Dorotea, que daba las clases de infantil, y mas mayor a otra que siempre tenía sobre la mesa una vara y si contestabas mal daba un varazo sobre la mesa para asustarnos. Allí solo íbamos las niñas, los chicos iban a otro sitio. El colegio, al igual que ahora, era obligatorio, pero no todos los padres decidían llevar a sus hijos a la escuela, se necesitaba mano de obra en el campo y no se veía útil tener a un niño en clase.
Mi padre sabía leer y escribir, pero mi madre no, pero ambos siempre tuvieron interés en que todos fuéramos a la escuela. 
Acudí allí hasta los catorce años. En aquel entonces se estaba en la escuela hasta los 16 años, pero yo me salí a los 14. Primero por que comenzaron a exigir comprar enciclopedias y mi madre se negó, así que me puse a trabajar con mi hermana y no me dieron el certificado de estudios por lo que nunca tuve nada que justificara todo aquel tiempo.

jueves, 3 de junio de 2021

MIS PADRES


Mi padre nació en Villamanrique de Tajo, igual que mi madre. Él se llamaba Julio y ella Francisca. Ambos eran vecinos y prácticamente se conocieron al poco de nacer. Él era algo mayor que mi madre, apenas un año. Mi abuela por parte de padre se llamaba Isabel y siempre le tuvo un gran cariño a mi madre, incluso de pequeña, ya que ella solo fue capaz de parir varones pero ninguna hembra. Su marido se llamaba Natalio, de profesión yesero. Cuando mi padre cumplió doce años se lo llevo a trabajar con él. Las yeseras estaban a dos kilómetros del pueblo y nos contaba que una mañana yendo a trabajar montado en un borrico vio una sombra sombra salir del cementerio, por donde tenía que pasar. Con miedo y sin saber que hacer, pensó que si no llegaba al trabajo su padre le regañaría. contaba que el abuelo Natalio tenía un genio muy fuerte. Se armó de valor y siguió. Cuando llegó a la yesera su padre le preguntó si había pasado miedo por el camino, pero él le dijo que no. Entonces le contestó que se alegraba por ello ya que la sombra era él y tan solo fue una prueba de lo valiente que era. Así se las gastaban en aquellos tiempos con los niños.

    Mis abuelos maternos tuvieron una vida muy triste. Mi abuela Flora, de joven tuvo un novio enfermo y todos le indicaron que no se casara con él porque mucho no le iba a durar, pero el amor pudo con ellos y se casaron y como era de esperar apenas tres meses después murió. En ese tiempo se quedó embarazada de una hija, así que fue viuda antes que madre. Con el tiempo, cuando se recuperó, se casó con mi abuelo Bernardino, también viudo. Fueron felices durante nueve años y en ese tiempo tuvieron a mi madre, a mi tío Raimundo y mas tarde al tío Félix. Pero cuando mi madre cumplió los nueve años, mi abuelo enfermó de pulmonía y falleció a los pocos días. De nuevo se quedó viuda y con cuatro hijos. Entonces no existía la pensión de viudedad ni ayuda de ningún tipo, y solo le quedó una opción para sacar a los hijos adelante, ponerse de lavandera en casa de unos ricos del pueblo. Lavaba la ropa en el Tajo, fuera invierno o verano, y a mi madre la puso a servir en la casa del cura, pero un día pasó un globo y ella como niña se fue detrás de él y los pavos y las gallinas se escaparon del corral por que había dejado la puerta abierta y el cura se enfado tanto que la despidió. Mi abuela fue entonces a pedirle perdón para que la volviera a cogerla, necesitan el dinero para subsistir, pero el hombre dijo que no le salía de los cascarones y la mandó a casa. Mi madre contaba que muchas noches cenaban cebolla asada con pan. 

Pero salieron adelante. Con apenas quince años mi padre y madre se hicieron novios y se casaron cuando mi padre tenia 22 años y mi madre uno menos. Él siguió en las yeseras. El trabajo consistía en meter barrenas y sacar la piedra para luego cocerla en hornos y extraer el polvo de yeso. El trabajo era duro y cuando el abuelo Natalio murió se fue a trabajar a las salinas donde se ganaba un poco más y se trabajaba algo menos y allí colocó a barrer a mi madre. En ese momento ya había nacido mi hermana Isabel y mi hermano Joaquín. Pero no acabó ahí. Mi tío Félix se fue en busca de fortuna a Santa Cruz de la zarza y encontró un puesto de electricista, así que se lo dijo a mi padre para que fuera también. Le ofrecían dos pesetas y media, casa y luz. No lo dudaron ni un momento y se trasladaron al pueblo vecino con unas condiciones mucho mejores.

La casa que les dieron estaba en las instalaciones de las mismas oficinas. Eran viviendas que la compañía de luz construyó para los trabajadores. Era el momento en el que se estaban instalando las líneas de luz en España y se necesitaba mucha mano de obra. Fue allí donde nacieron mis otros dos hermanos, Julin y Eleazar. Pero según se fue creciendo la familia y los dineros lo permitieron se cambiaron a una casa mejor que fue donde nací yo.

Entre tantas penurias y tristezas, la abuela Flora decidió volverse loca y dejar de sufrir. Junto a toda la familia, cuando se trasladaron a Santa Cruz, también se vino ella. Mi madre le preparó una habitación en la panta de abajo, justo bajo el dormitorio, para poderla controlar por la noche. Hizo un agujero en el suelo  con una luz y desde ahí, ella se levantaba, encendía la luz y miraba por el agujero. Tenía la cabeza tan perdida que de las sábanas hacia tiras y se comía los trozos de yeso de la calle. A veces se escapaba y había que buscarla por el pueblo. Casi siempre aparecía en la casa de unos ricos donde en tiempos de juventud sirvió. Entre tanto mi tío Félix se quedó viudo de la tía Agustina. Fue entonces cuando le mandaron a Colmenar de Oreja de jefe de la luz y allí se enamoró de una mujer y se casó con ella a los tres meses justos de enviudar. Se llamaba Valentina. Un día vinieron a ver a la abuela Flora y le propuso llevársela para que mi madre descansara. Pero esta Valentina no pareció gustarle demasiado. Accedió y le montó un dormitorio en un torreón donde la tenían encerrada para que no escapara. Una noche se levantó y como no pudo abrir la puerta abrió el balcón, en pleno invierno, con frío, lluvia... Al día siguiente cuando subieron a buscarla estaba muerta. A esta mujer nunca se le tuvo simpatía. Se le culpó de aquella muerte y de la de la hija de Félix, Carmen, que enfermó con 16 años y también murió. En aquel la tiempo la gente se moría fácilmente.

miércoles, 2 de junio de 2021

Isabel

Mi hermana Isabel nació en Villamanrique de Tajo. Era la mayor de todos y vino al mundo con un agujero en el cielo de la boca. Se dieron cuenta cuando mi madre la puso al pecho y la niña no sabía mamar. A pesar de que el médico le recetó un tratamiento que le mejoró, siempre tuvo cierto problema a la hora de tragar cosas solidas como las pastillas, que se obligaba a masticar antes de tragárselas. 

Fuera de esta anécdota que no le influyó para nada en su calidad de vida, mi hermana fue una mujer de carácter fuerte, con muy poco miedo a nada y algo mandona. En aquel tiempo en el que a los padres se los trataba de usted, ella nunca tuvo problema en enfrentarse a ellos, a la vecina de enfrente y a todo aquel que se pusiera en su camino. Fue, ante todo, una mujer valiente que en tiempos de guerra salía a la puerta de la calle y miraba al cielo a ver como sobrevolaban los aviones previos a un bombardeo, pero que luego por las noches era muy miedosa. 

Nuestra casa era muy grande, pero mi hermana y yo compartíamos habitación junto con mi hermano Eleazar. Antes de irnos a la cama, siempre se le antojaba ir al baño. Para llegar allí había que bajar desde el comedor a otra estancia, desde allí bajabas una escalera hasta el portal y descender otro tramo hasta un sótano, un corral el baño. Todo eso en pleno invierno, a las once de la noche, era poco menos que una excursión. Unas noches le acompañaba mi madre, o mi padre, pero la mayoría de la veces me tocaba a mi acompañarla por que era incapaz de superar el miedo de llegar hasta allí. El retrete no era mas que una tabla con un agujero donde se hacían aguas mayores y menores y luego las gallinas lo picoteaban. No había más. Yo me enfadaba con ella porque no quería ir, y a veces hasta lloraba de rabia, por que le corría prisa y nadie la quería acompañar. Cuando llegábamos al retrete yo la esperaba en los sótanos cantando para que me oyera, casi siempre le cantaba Rascayú, y eso le daba mas miedo todavía. Nos llevábamos bien, era hermana pero también madre y amiga. Todo lo que le pidiera me lo daba. 


En realidad, en casa todos nos llevábamos bien. A veces reñía con mi padre jugando a las cartas por que tenía muy mal perder y aunque se jugaba con garbanzos, cuando perdía lloraba de rabia y se enfadaba. 


Isabel fue una chica menudita, mas bien bajita, y por esto se ponía tacones altos incluso en la casa. Nunca gastó zapatillas, siempre tacones para subir de altura. A mi madre le volvía loca el taconeo que siempre sonaba por alli. Con tacones encalaba la casa, lavaba la ropa o se sentaba coser. Cuando estuvo en el colegio tuvo una maestra que le dio clases de bordado y más tarde aprendió a coser. En mi casa la siesta era sagrada y nos obligaban a dormir aunque no tuviéramos ganas, y como ella no quería se metía en un cuarto y aprendió poco a poco a coser vestidos en miniatura. A los diecisiete años llegó al pueblo un sastre y ella se fue a pedirle trabajo, y la contrató, le puso un pequeño sueldo y fue allí donde terminó de aprender a sentar mangas y coser cuellos. Con ese hombre aprendió la técnica, ya que hasta el momento todo lo que sabía lo aprendió por su cuenta. 

Yo me llevaba con ella quince años. Muchas veces iba a verla a la sastrería y realmente aprendió tan bien el oficio que terminó poniendo su propio taller de costura. Fue allí donde me puse yo a ayudarla con los pedidos. Nos dedicamos a hacer vestidos para mujeres. Para esto íbamos a Tarancón a por unos figurines, que en realidad eran revistas de moda. Allí venían ilustrados trajes de chaqueta, vestidos y blusas. Cuando las mujeres iban al taller les dejábamos las revistas para que escogieran lo que querían, y le pedían consejo a ella de que color o que talle le quedaría mejor. 

Las telas las aportaban las clientes, pero los patrones los hacíamos nosotras. Sacábamos el patrón y a coser. Ella es la que me enseñó a mi, y la costura se convirtió así en mi principal afición, la que mas he disfrutado a lo largo de mi vida. Recuerdo a una vecina que de nombre Flora y no muy lista. Le cosíamos mucho, hasta los camisones. Una de las veces trajo una tela muy bonita para hacerle un vestido de manga larga y se lo hicimos, y antes de estrenarlo vino para decir que no le gustaba porque las mangas se habían quedado muy largas y no podía coger las botellas de vino para su marido. Otra vecina que tenía seis hijas, todos los veranos nos llevaba tres enormes piezas de tela para hacerle tres vestidos a cada una, solo con ellas ya hacíamos dieciocho vestidos. Y así, sin darnos cuenta, nos convertimos en las modistas de todo el pueblo.

La cuestión es que debido a esto, yo siempre iba de estreno. Cuando todas tenían un vestido para todo el verano, yo tenia cuatro o cinco, siempre estrenando y siempre a la moda. Ella no tanto, pero disfrutaba cosiendo para mí.

A ella lo que le gustaba en realidad era cantar. Cantaba saetas en semana santa y como las procesiones pasaban por la puerta, desde la ventana y sin que la viera nadie, paraban al santo y le cantaba. También cantaba jotas y coplas. Cantaba bien, además. Los amigos de mis hermanos tocaban varios instrumentos de cuerda, así que hicieron una orquesta y mis hermana se iba con ellos a cantar.

Tuvo varios muchachos en el pueblo que la pretendieron: un panadero, un cartero, y un hermano del sastre que la enseñó, que se enamoró de ella. En aquel entonces para hacerse notar que le gustabas, el muchacho en cuestión te seguían por la calle y si te gustaba hacías conversación y sino le ignorabas.

Yo creo que no le gustó demasiado ninguno. Quizá el panadero, con el que salía mucho de paseo o a bailar, pero no con demasiado ilusión. El era mas joven que ella y eso no le gustaba. No quería hacerse vieja antes que él.

Solíamos salir juntas casi siempre, pero la diferencia de edad hizo que cuando yo tenia muchas ganas de salir ella ya estaba de retirada.

Después de todo esto yo me casé, con veintiún años, y me marche a Bilbao. Ella se quedó en el pueblo y siguió cosiendo sola. Se quedo con mis padres, los tres solos por que todos se fueron casando y marchando.

Un verano se fue a Getafe a ver a mis hermanos, que ya habían emigrado a la capital y allí conoció a un muchacho andaluz que le hizo gracia, Ernesto, amigo de mis hermanos. Los siete días de fiesta estuvieron bailando juntos y alternando. Ella tenía en aquel entonces casi cuarenta años, moza vieja que se dice. Cuando regresó al pueblo, él empezó a escribirle y se enamoró locamente. Lo que nunca estuvo con ningún otro, con él se ilusionó de verdad. Empezó a visitarla los domingos y al final se hicieron novios. Cuando se casó ya tenia cuarenta y un años y se fueron de viaje de novios a Andalucía. En el viaje se quedó embarazada, pero como era muy mayor fue un embarazo complicado, al final no prosperó y perdieron la posibilidad de tener hijos. Ya nunca mas se quedó embarazada. Ella siempre quiso tenerlos pero no fue posible, un poco por edad y un poco por dejadez.

Tras la luna de miel se fueron vivir a Getafe y de ahí a Madrid. Ernesto se puso a trabajar en una tienda y ella de portera en una finca de Cascorro, pero terminó en Alcalá, donde ya habíamos emigrado toda la familia. Mis padres para no estar solos en el pueblo, mis hermanos por trabajo y yo porque regresé de Bilbao y fui donde ya se había ubicado toda la familia.

martes, 1 de junio de 2021

Mi vida en el pueblo

Mi pueblo era un pueblo con muchas fiestas. Allí se celebraban todos los santos habidos y por haber, desde la virgen del Carmen al sagrado corazón, y todas ellas con sus procesiones y sus romerías. el día de la Virgen de la Paz se hacía una romería a la que iba medio pueblo. Duraba todo el día y allá íbamos a una ermita a las afueras. Era tradición que cuando entraban a la virgen lo celebrábamos con una tarta gigante y el que más pujaba por ella se la llevaba. Lo cierto es que al final nos la comíamos entre todos. 

Mis amigas, en aquel entonces, eran las niñas que vivían mas cerca de mi casa. Hasta cumplidos los 17 o 18 años, en esa época, no salía al baile. Te dedicabas a jugar y poco más. Según fuimos creciendo cada una tiró por su lado y yo me eché otras amigas, lo normal. Recuerdo especialmente a una muchacha que se llamaba Eli. Sus padres de habían venido de Madrid al pueblo Serían los años cuarenta, y los tiempos de posguerra seguían siendo duros. 

Eli y su familia se instalaron muy cerquita de mi casa. Enseguida que llegó quiso hacerse amigas y fue entonces cuando me conoció a mi y a otra vecina que se llamaba Aurora. Fue Eli, a pesar de venir de fuera, la que me presentó a Aurora y las tres nos hicimos amigas. Aparte de ella, estaba Gloria y Eva y María Paz. Recuerdo en especial a estas, pero en el pueblo tenía muchas amigas. 

Aurora era una chica con mucho humor. Vivía cerca de mi, en la calle del cura, justo donde da a la plaza, y muchos domingos antes del baile nos quedábamos en la puerta critican


do a todo el que pasaba.

Solíamos hacer casi siempre en lo mismo. En diario salir de paseo y los domingos al baile. A Eli le gustaba ir a una vaquería a por leche. Estaba casi a tres kilómetros. Por el camino se nos iban juntando los muchachos y muchachas y al final terminábamos en la vaquería un montón de chavalería.

Los domingos quedábamos en misa de doce. No es que fuera obligatorio pero a la misa del domingo iba todo el pueblo. Dependiendo de cual te cayera mas cerca íbamos a San Miguel o a Santiago. A la salida siempre tomábamos el vermú en la plaza y allí me juntaba con mis hermanos, los vecinos y la gente joven del pueblo. La plaza tenía varios bares y siempre se terminaban llenando tras la misa. Al final, aunque hayan pasado muchos años hoy en día se hace mas o menos. 

También teníamos costumbre de ir al cine. Íbamos al cine del tío Boni, que nos costaba una peseta entrar, siempre los domingos después del baile que empezaba a las 4 de la tarde. El baile se hacia en fiestas en la plaza, pero el resto del año se hacia en un local enorme de dos plantas. Abajo estaba el bar y arriba la pista. Allí te sentabas con las amigas hasta que algún muchacho te sacaba a bailar. Si te gustaba le decías que si y sino le evitabas. Los bailes siempre eran agarrados, y no era plan de bailar con quien no te gustaba. Solía haber orquesta, y tocaban pasodobles, tangos, vals, boleros,  de todo un poco. Allí estábamos tres o cuatro horas, hasta las 7 u 8 de la tarde que íbamos al cine. 


Recuerdo un par de muchachos que a pesar de ser del campo, alternaban con nosotros y en vez de irse al baile con los del campo, se venían con nosotras. En el pueblo, las clases sociales estaban muy separadas: en la planta de abajo los de campo y en los de arriba los que no. En general no nos gustaba juntarnos, ni ellos con nosotros ni nosotros con ellos, pero estos dos si se juntaban con nosotras.

A mi no me gustaba ninguno de ello, pero si un tal Amalio, carpintero y que me pretendió. Ese chico era muy guapo, alto moreno y con buen porte. Me gustaba a mi y a todas. Bailaba bien, vestía bien. Le tiró los trastos a Eli, pero esta le rechazó aunque le gustaba por que no se quería ennoviar. Después me pretendió a mi y yo le seguí la corriente. Debe haber por ahí una foto que nos hicieron a traición y que me enfadó bastante porque me tenía cogida de la cintura y yo tenia la mano sobre su hombro. En ese tiempo me sentó mal porque me pareció casi obscena. Yo tendría 18 años y era indecente semejante foto. La verdad es que me gustaba bastante, y estuvimos alternando un tiempo, dos o tres años. Hubiera podido quedarme con él. Muchas veces he pensado como hubiera sido mi vida si le hubiera escogido. Con el tiempo el se casó con otra muchacha y nunca tuvieron hijos. 

Con Amalio todo acabó cuando me fui a Valencia una temporada. Fue después de la boda de mi hermano Joaquín, a la que acudieron unos primos de allí. Le pidieron permiso a mis padres para que me fuera con ellos un par de meses y sorprendentemente me dejaron ir.

De Valencia me sorprendió que los jóvenes se divertían de otra manera. Salíamos en bicicleta a los campos de naranjos en flor, y a los bordes de las carreteras repletas de violetas. Nos íbamos a un pueblo muy cerca de Alzira a tomar el vermú, todo en bici; otras veces nos juntábamos a cenar en un patio que tenía mi tía, y cada uno llevaba su cena y se compartía y ya se pasaba la velada desde la media tarde hasta las doce o la una.  Mi prima Paz tenía un noviete que se llamaba Santi, pero cuando llegué yo le guste más que mi prima, se fijo en mi y la dejó a ella. Así que mi prima me dejó de hablar durante todo el viaje y Santi empezó a llevarme a mi en la bici en vez de a ella. Mi prima se enceló muchísimo y me perseguía por la calle a ver si me veía con él.

Santi, era también un chico muy guapo, tanto que cuando lo conocí Amalio se me olvidó. Recuerdo regresar al pueblo en el tren,  llorando porque me lo había dejado allí. Él también se enamoró de mi, tanto que se vino desde Valencia en bicicleta a verme hasta el pueblo. Junto con mi primo se cogieron un tandem y viajaron hasta Santa Cruz.  Debió tardar dos o tres días en llegar. Estuvieron unos días allí y después se fue. Me escribió unas cuantas cartas pero no volví a verle mas.



:n aquellos tiempos también teníamos mascotas

En mi casa nos gustaba tener todo tipo de animales. Por allí había dos perros de caza y varios gatos para cazar ratones y en el corral un gorrino, dos cabras, gallinas y conejos. 

En una ocasión, por nochebuena, cuando yo acababa de cumplir cuatro o cinco años, mi padre compró un cordero para la celebración. Los pastores del pueblo vendían las crías y muchas veces no sabían si te estaban dado gato por liebre. En esta ocasión en vez de cordero le vendieron una cabra y entre eso y que era muy bonita, no quise que la mataran. No se como lo conseguí pero me hicieron caso y me lo dejaron como si fuera una mascota. Estos animales necesitan ser montados por el macho para criar y dar leche, así que cuando cumplió un año mi madre se la echo a un macho y al tiempo dio a luz a dos corderitos, que si que nos comimos, y el animal empezó a dar dos litros de leche a diario. Como la cabra había crecido y necesitaba salir, acordamos con el mismo pastor que nos la vendió que la recogiera con el resto del rebaño por las mañana para llevarla al campo.

El pastor pasaba por allí a primera hora, tocaba una trompeta y sacábamos a la cabra al portal para que se la llevara y a a vuelta igual. Las cabras son listas, hasta el punto de que pronto se aprendió el camino y con oír la trompeta ya salía sola en busca del pastor, después la dejaba en la puerta de la iglesia y regresaba sola a casa.

Aquel animal estuvo en casa por lo menos diez o doce años y se hizo vieja, y en honor a su fama fue perdiendo la cabeza y con eso se le fue olvidando regresar. Cuando la soltaba el pastor en la iglesia, el animal ya no sabia volver y cuando veíamos que no llegaba teníamos que recorrer medio pueblo en su búsqueda. Como era vieja mi madre decidió que ya no tenia edad para seguir criando y dejó de echarle al macho, así que dejó también de dar leche pero como la habíamos cogido cariño no la matamos. El caso es que como cada vez estaba peor y ya no hacia caso a nadie, un día que desobedeció, el pastor se enfado con ella y le pegó un palazo en la cabeza, y la poca cordura que le quedaba la perdió de vista.  Una noche se metió en cajón y no supo salir. Se metía por la casa, se subía por las escaleras, cada vez más loca. Con mucho dolor  mi madre decidió sacrificarla y al trocearla para comérnosla, por que entonces no se tiraba la carne nunca, vimos que el cerebro lo tenía completamente desecho, como una masa de liquida.

Nos quedamos sin cabra y sin leche, pero a cambio siguió con nosotros la Pepi, una perra blanca con manchas marrones que se llevaban mis hermanos a la caza. Era buena cazadora y siempre estaba por la casa. Cuando ellos volvían de la caza, ella siempre llegaba un poquito antes,  se subía a la casa con nosotros y se tumbaba en una de las mimbreras. Era la única a la que se le permitía convivir con la familia, a ella y a un gato que siempre estaba por el comedor y que se había criado con ella. Estaban hermanados, como si fueran de la misma especie. Cuando la perra volvía de caza, el gato le lamia las orejas y la cabeza y se tumbaban los dos juntos. Cuando llegaba la noche mi madre los echaba a los dos al sótano y dormían juntos, uno envuelto en el otro.

Un día mis hermanos se fueron de caza y por supuesto se llevaron a Pepi. Era una perra nerviosa que aun siendo buena cazadora a veces espantaba a los pájaros y a los conejos. Ese día, había una perdiz a punto de cazar y la perra la espantó. A mi hermano le dio tanta rabia que con misma escopeta que llevaba al hombro le pegó un tiro a la perra. Mi madre supo que algo había pasado cuando el animal no se les adelantó. Siempre se precedía a ellos, y mi madre se extrañó. Les preguntó por ella pero no se atrevían a decirnos que le habían pegado un tiro, hasta que a Eleazar se le fue  la lengua y se lo contó. A mi madre le supuso un gran disgusto y  casi dejo de hablar a mis hermanos por unos días. 

En verano, era costumbre ir a un cerro con un arroyo de agua cristalina. Nos íbamos como si fuéramos de excursión y allí merendábamos y echábamos el día. Vimos, en una de esas, a un  Alcotán con un ala rota y sin dudarlo lo cogimos y nos lo llevamos a casa. Los animales en mi casa siempre eran bienvenidos. Lo metimos en una jaula y mi hermana Isabel le puso una venda en ala para que se juntaran los huesos y se curara, y por todo esto mi hermano Eleazar y yo le cogimos mucho cariño al pájaro y él a nosotros también. Lo supimos porque aunque nunca más pudo volver a volar, de poco a poco venia el Alcotán desde la casa al colegio a buscarnos cada día. La llevábamos en el hombro como si fuera un loro y como alguno se acercara abría las las y picoteaba para defendernos. Como  todos los animales de mi casa aquel pajaro tampoco tuvo un final feliz. Una familia de Madrid, amiga nuestra, que venía todos los veranos al pueblo sin querer se lo cargó.. Fue una mañana que fui con uno de los hijos de esta familia a cuidar la huerta que mi madre tenía. Sali con el pájaro al hombro y el hijo de los madrileños a mi lado y este por agradar le dio un trozo de chocolate. Aquello fue como si le hubiéramos dado un veneno muy fuerte porque murió a los pocos segundos. El disgusto fue muy grande. No sabíamos como decírselo a Eleazar que ya estaba trabajando y le lloramos como si fuera una persona. En casa los animales nunca terminaban bien.

domingo, 30 de mayo de 2021

Joaquin



Mi hermano Joaquín fue toda la vida un alma libre. Tanto que apenas sabíamos en casa lo que pasaba con su vida,  y no por discreción sino por su forma de ser. De pura casualidad conocíamos, por que se le escapaba, que tenia una novia en Madrid o en Colmenar o en algún pueblo de los alrededores. El recuerdo que tengo de él, como el de todos mis hermanos, es muy bueno. A mi siempre me quiso muchísimo, no se si por ser la pequeña o porque congeniábamos bien, pero siempre nos quisimos muchos. No pasaba lo mismo con mi hermana Isabel, con la que se llevaba bastante mal. Él pasaba de todo, e Isabel siempre le estaba picando por todo. Joaquín, fue el segundo en orden de nacimiento, el primer varón de la casa y por eso fue acogido por mis padres con mucha alegría. Fue el primero que Nació en Santa Cruz, al muy poco tiempo de trasladarse allí. Con mis padres era difícil llevarse mal, tenían muy buen carácter ambos, pero él en particular, empatizaba muy bien con ellos. Además de esto, no se le ponía nada por delante, si quería hacer algo lo hacia, sin pedir permiso a nadie ni dar explicaciones. Era divertido y con una enorme afición por la música y tocaba con bastante destreza el Laúd. De soltero solía juntarse con mis otros hermanos en las casas de los amigos y allí ensayaban. Un señor mayor de nombre Agapito Gabaldón, mas borracho que una cuba, fue el que le enseñó a tocar. Mi hermano fue una persona muy social, dulce y cariñoso, con una gran capacidad de hacer amistades con todo el mundo.
Había una señora en el pueblo que ayudaba a todos los partos, Marcelina, a la que él le tuvo mucho cariño. En verano, cuando salía a cobrar la luz por el pueblo, pasaba a verla cuando tenía mucho calor y ella le preparaba un agua de anís y se sentaba con ella a hablar hasta que pasaba la tarde.  Igual que cuando le dolía algo, que siempre acudía a la tía Marcelina. Esa mujer le quiso como un hijo y él a ella.

Como ya he comentado con todos los hermanos se llevó bien menos con Isabel, aunque se quisieron


mucho y con el tiempo volvieron a congeniar. Tuvieron serios problemas porque ella, que al ser la mayor era muy fisgona y mandona, le abría las cartas que le enviaban las novias y después le contaba a mi madre intimidades que no debía contar. 

Lo cierto es que de joven, hasta que se casó, Joaquín fue un hombre que tuvo mucho éxito con las mujeres. En una ocasión se hizo

novio de una muchacha de Madrid que se llamaba Sofia y que  veraneaba con sus padres en Santa Cruz. Se hicieron novietes en verano y en invierno, como iba mucho a Madrid a cualquier recado o cuando el jefe le enviaba a llevar la recaudación, siguió visitándola. Tomaba un tren en el pueblo que tardaba un par de horas y allí él aprovechaba para pasar el día con ella hasta el tren de regreso a las 6 de la tarde.

Yo entonces era muy joven y apenas me enteré de nada. El tema es que, a la par que con Sofía, se echó a otra novia en Madrid que llamaba Rolindres y que por azares de la vida se convirtió en la novia oficial. Pero él no dejo a la anterior. Y no solo esa fue la casualidad sino que además ambas mujeres trabajaban de costureras en la misma tienda. Pero él lo desconocía. Un día  Rolindres le dijo a Sofia que estaba feliz por que esa misma tarde iba a ver a su novio. Sofia le indico que también iba a verla ella, así que decidieron juntarse los cuatro que en realidad eran tres.

Quedaron en una parada de metro y cuando las vio salir a las dos del brazo, tuvo que meterse al metro y salir corriendo a Santa Cruz. Así que las dos dedujeron que era el mismo y le dejaron. Y de todo esto en casa nos enteramos no porque el lo contara, sino por las cartas que abría Isabel.

No escarmentó y enseguida se echo a otra novia en Santa cruz, que se llamaba Pili y era tartamuda. Aquella mujer no era guapa ni de buena familia, pero a él le gustaban todas. Para esa familia mi hermano era un buen partido y le acogieron con ímpetu pero le mandaron a Colmenar a trabajar y allí conoció a Lucia, de la que se enamoró de verdad y con la que finalmente se casó y acabó su vida de soltero.

Lucia era hija única. Provenía de una familia acomodada. Su padre trabajaba en la eléctrica igual que mi familia. Cuando mi hermano llegó allí precisamente a quien primero conoció fue al padre de Lucia. Este matrimonio  había heredado tierras por ambas partes, y las tenían arrendadas por lo que vivían cómodamente.

En cuanto conoció a Pepe, su futuro suegro al que llamaban el tio pequeño porque media dos metros, enseguida hizo amistades con el y la familia, y lo cierto es que Lucia le gusto mucho mas que las anteriores. Noe s de extrañar. Era un mujer muy guapa, tenia porte y un aire especial, único. Estuvieron de novios muy poco tiempo, quizá un año o año y medio durante los cuales todos los domingos fue a visitarla en bicicleta hasta que le dieron traslado allí. 

Se casaron en Colmenar y se celebró la boda en una casa que tenían cerrada. Mi madre se llevó un cordero, tortas y garrafas de vino. Una furgoneta enorme cargada de comida y bebida. Fue mucha gente de ambos pueblos, la familia y el jefe y su señora que fueron los padrinos 

Al poco tiempo de casados, Lucia se quedó embarazada y transcurrieron los nueves meses de embarazo, pero en el parto la niña se asfixio. Aquello fue una desgracia para todos pero sobre todo para mi madre que lloró muchísimo por esa primera nieta perdida. Lucia lo pasó muy mal, tuvo serias infecciones por el mal parto. Asustados, un día nos fuimos mi madre, mi hermano Eleazar y yo a verlos a, y cuando la vio se dio cuenta de que debía verla un médico. Le exigió llevarla a Madrid para que la revisaran en la equitativa.


Pasaron bastantes años hasta que volvieron a poder tener hijos. Por suerte llegó Angelines y luego Carlos, y estoy segura que fueron muy felices durante todo su matrimonio. En Colmenar estuvieron cinco o seis años hasta que le trasladaron a Chinchón. Allí la compañía de la luz le ofreció un buen puesto y una casa enorme, con un bonito  patio empedrado y rodeado de columnas y parras que siempre daban sombra. 

Joaquín era el más alto de todos mis hermanos, delgado, con el pelo oscuro y muchísimo sentido del humos. Jamás lo perdió, ni el humor ni su forma de disfrutar de la vida. Siempre tuvo un chiste, o algo que contar. A su mujer la quiso muchísimo, y estoy segura que toda su vida estuvieron enamorados como al principio. Ambos fueron haciéndose mayores. Mi recuerdo de Lucía es que según fue madurando fue adquiriendo aun más porte del que ya traía. Guapa, muy guapa, siempre perfumada y bien vestida, pero sobre todo fue una mujer muy dulce. En Chinchón vivieron casi hasta el final.  Tuvieron varias casa. Angelines creció y estudió medicina y enseguida tuvo que marchar a trabajar a otras ciudades. Se construyeron una casa en la vega, con un molino y y mucho terreno.  Cuando Lucía enfermó tuvieron que marchar cerca de su hija a Málaga y allí acabaron sus días. Lucia falleció cinco o seis años antes que él. Joaquín se marcho un 24 de diciembre, en plena navidad tras un problema provocado por la diabetes, enfermedad que arrastraba desde juventud a los 86 años. Los dos volvieron para ser enterrados en Colmenar.

El día que nací yo

Nací en Santa Cruz de la Zarza, provincia de Toledo, el 26 de marzo de 1936 en el seno de una familia de clase media. Llegué al mundo al fin...