Mi hermana Isabel nació en Villamanrique de Tajo. Era la mayor de todos y vino al mundo con un agujero en el cielo de la boca. Se dieron cuenta cuando mi madre la puso al pecho y la niña no sabía mamar. A pesar de que el médico le recetó un tratamiento que le mejoró, siempre tuvo cierto problema a la hora de tragar cosas solidas como las pastillas, que se obligaba a masticar antes de tragárselas.
Fuera de esta anécdota que no le influyó para nada en su calidad de vida, mi hermana fue una mujer de carácter fuerte, con muy poco miedo a nada y algo mandona. En aquel tiempo en el que a los padres se los trataba de usted, ella nunca tuvo problema en enfrentarse a ellos, a la vecina de enfrente y a todo aquel que se pusiera en su camino. Fue, ante todo, una mujer valiente que en tiempos de guerra salía a la puerta de la calle y miraba al cielo a ver como sobrevolaban los aviones previos a un bombardeo, pero que luego por las noches era muy miedosa.
Nuestra casa era muy grande, pero mi hermana y yo compartíamos habitación junto con mi hermano Eleazar. Antes de irnos a la cama, siempre se le antojaba ir al baño. Para llegar allí había que bajar desde el comedor a otra estancia, desde allí bajabas una escalera hasta el portal y descender otro tramo hasta un sótano, un corral el baño. Todo eso en pleno invierno, a las once de la noche, era poco menos que una excursión. Unas noches le acompañaba mi madre, o mi padre, pero la mayoría de la veces me tocaba a mi acompañarla por que era incapaz de superar el miedo de llegar hasta allí. El retrete no era mas que una tabla con un agujero donde se hacían aguas mayores y menores y luego las gallinas lo picoteaban. No había más. Yo me enfadaba con ella porque no quería ir, y a veces hasta lloraba de rabia, por que le corría prisa y nadie la quería acompañar. Cuando llegábamos al retrete yo la esperaba en los sótanos cantando para que me oyera, casi siempre le cantaba Rascayú, y eso le daba mas miedo todavía. Nos llevábamos bien, era hermana pero también madre y amiga. Todo lo que le pidiera me lo daba.
En realidad, en casa todos nos llevábamos bien. A veces reñía con mi padre jugando a las cartas por que tenía muy mal perder y aunque se jugaba con garbanzos, cuando perdía lloraba de rabia y se enfadaba.

Isabel fue una chica menudita, mas bien bajita, y por esto se ponía tacones altos incluso en la casa. Nunca gastó zapatillas, siempre tacones para subir de altura. A mi madre le volvía loca el taconeo que siempre sonaba por alli. Con tacones encalaba la casa, lavaba la ropa o se sentaba coser. Cuando estuvo en el colegio tuvo una maestra que le dio clases de bordado y más tarde aprendió a coser. En mi casa la siesta era sagrada y nos obligaban a dormir aunque no tuviéramos ganas, y como ella no quería se metía en un cuarto y aprendió poco a poco a coser vestidos en miniatura. A los diecisiete años llegó al pueblo un sastre y ella se fue a pedirle trabajo, y la contrató, le puso un pequeño sueldo y fue allí donde terminó de aprender a sentar mangas y coser cuellos. Con ese hombre aprendió la técnica, ya que hasta el momento todo lo que sabía lo aprendió por su cuenta.
Yo me llevaba con ella quince años. Muchas veces iba a verla a la sastrería y realmente aprendió tan bien el oficio que terminó poniendo su propio taller de costura. Fue allí donde me puse yo a ayudarla con los pedidos. Nos dedicamos a hacer vestidos para mujeres. Para esto íbamos a Tarancón a por unos figurines, que en realidad eran revistas de moda. Allí venían ilustrados trajes de chaqueta, vestidos y blusas. Cuando las mujeres iban al taller les dejábamos las revistas para que escogieran lo que querían, y le pedían consejo a ella de que color o que talle le quedaría mejor.
Las telas las aportaban las clientes, pero los patrones los hacíamos nosotras. Sacábamos el patrón y a coser. Ella es la que me enseñó a mi, y la costura se convirtió así en mi principal afición, la que mas he disfrutado a lo largo de mi vida. Recuerdo a una vecina que de nombre Flora y no muy lista. Le cosíamos mucho, hasta los camisones. Una de las veces trajo una tela muy bonita para hacerle un vestido de manga larga y se lo hicimos, y antes de estrenarlo vino para decir que no le gustaba porque las mangas se habían quedado muy largas y no podía coger las botellas de vino para su marido. Otra vecina que tenía seis hijas, todos los veranos nos llevaba tres enormes piezas de tela para hacerle tres vestidos a cada una, solo con ellas ya hacíamos dieciocho vestidos. Y así, sin darnos cuenta, nos convertimos en las modistas de todo el pueblo.
La cuestión es que debido a esto, yo siempre iba de estreno. Cuando todas tenían un vestido para todo el verano, yo tenia cuatro o cinco, siempre estrenando y siempre a la moda. Ella no tanto, pero disfrutaba cosiendo para mí.
A ella lo que le gustaba en realidad era cantar. Cantaba saetas en semana santa y como las procesiones pasaban por la puerta, desde la ventana y sin que la viera nadie, paraban al santo y le cantaba. También cantaba jotas y coplas. Cantaba bien, además. Los amigos de mis hermanos tocaban varios instrumentos de cuerda, así que hicieron una orquesta y mis hermana se iba con ellos a cantar.
Tuvo varios muchachos en el pueblo que la pretendieron: un panadero, un cartero, y un hermano del sastre que la enseñó, que se enamoró de ella. En aquel entonces para hacerse notar que le gustabas, el muchacho en cuestión te seguían por la calle y si te gustaba hacías conversación y sino le ignorabas.
Yo creo que no le gustó demasiado ninguno. Quizá el panadero, con el que salía mucho de paseo o a bailar, pero no con demasiado ilusión. El era mas joven que ella y eso no le gustaba. No quería hacerse vieja antes que él.
Solíamos salir juntas casi siempre, pero la diferencia de edad hizo que cuando yo tenia muchas ganas de salir ella ya estaba de retirada.
Después de todo esto yo me casé, con veintiún años, y me marche a Bilbao. Ella se quedó en el pueblo y siguió cosiendo sola. Se quedo con mis padres, los tres solos por que todos se fueron casando y marchando.

Un verano se fue a Getafe a ver a mis hermanos, que ya habían emigrado a la capital y allí conoció a un muchacho andaluz que le hizo gracia, Ernesto, amigo de mis hermanos. Los siete días de fiesta estuvieron bailando juntos y alternando. Ella tenía en aquel entonces casi cuarenta años, moza vieja que se dice. Cuando regresó al pueblo, él empezó a escribirle y se enamoró locamente. Lo que nunca estuvo con ningún otro, con él se ilusionó de verdad. Empezó a visitarla los domingos y al final se hicieron novios. Cuando se casó ya tenia cuarenta y un años y se fueron de viaje de novios a Andalucía. En el viaje se quedó embarazada, pero como era muy mayor fue un embarazo complicado, al final no prosperó y perdieron la posibilidad de tener hijos. Ya nunca mas se quedó embarazada. Ella siempre quiso tenerlos pero no fue posible, un poco por edad y un poco por dejadez.
Tras la luna de miel se fueron vivir a Getafe y de ahí a Madrid. Ernesto se puso a trabajar en una tienda y ella de portera en una finca de Cascorro, pero terminó en Alcalá, donde ya habíamos emigrado toda la familia. Mis padres para no estar solos en el pueblo, mis hermanos por trabajo y yo porque regresé de Bilbao y fui donde ya se había ubicado toda la familia.